Agustín Bejarano: La Cámara del Eco

Agustín Bejarano: La Cámara del Eco

Olympus VI, técnica mixta sobre lienzo, 156 x 434 cm
Olympus VI, técnica mixta sobre lienzo, 156 x 434 cm

Agustín Bejarano Caballero (Camagüey, 1964), irrumpió de nuevo en el circuito capitalino de galerías de arte con una suntuosa muestra de pinturas y grabados que, bajo el título de La Cámara del Eco, hace algunas semanas presentó en el  Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño, en homenaje al desaparecido crítico, ensayista y escritor, doctor Rufo Caballero Mora (Cárdenas, 1965-La Habana, 2011), “la voz más sobresaliente del universo artístico en Cuba”, al decir de la intelectual María de los Ángeles Pereira.

La presentación  se  concibió 25 años después de que el reconocido pintor, grabador y dibujante realizara en esa misma institución la exposición Corte Final, cuyas palabras al catálogo fueron hechas por Rufo, entonces incipiente erudito, quien partió en plena efervescencia literaria, a los 45 años de edad.

De aquel texto el artista seleccionó la frase La Cámara del Eco como título de esta exhibición, en directa alusión metafórica de una reflexión que también rememoraba los extraordinarios y tempranos éxitos del creador que ya en ese tiempo había motivado opiniones muy favorables en torno a su antológica serie Huracanes (1987-1989), y sus lauros como estudiante del Instituto Superior de Arte, amén del Gran Premio en el Salón Nacional de Grabado (1997).

Valorada por Bejarano como una demostración eminentemente “simbólica”, las piezas instaladas en la sala del segundo piso del tricentenario edificio, se dividen en dos segmentos. El primero fue denominado Memorias, con trabajos —grabados, dibujos y pinturas— representativos de etapas precedentes; y el segundo —el más deslumbrante, por sus novedosos giros expresivos y conceptuales— está constituido por tres cuadros (técnicas mixtas sobre lienzo) de grandes formatos reunidos en la serie Olympus, que asimismo abarca dípticos y trípticos.

Sobre estas últimas creaciones descansa el mayor peso de la monumental muestra, atendida como uno de los acontecimientos más trascendentales del arte cubano en lo que va del año 2018,  tanto por la novedosa ingeniosidad de las composiciones recreadas en la historia y el arte de la antigüedad, como por su ardid expresivo, que en última instancia echa anclas sobre elementales asuntos que tienen que ver con nuestra insularidad y los problemas, dichas, alegrías y penas de la sociedad cubana contemporánea.

En estas obras igualmente sobresalen las ya probadas dotes de excelente dibujante de este pintor, quien establece una suerte de argucia “cultural”, valiéndose del protagonismo de  trascendentales íconos universales para finalmente provocar en el espectador reflexiones de alcance individual y colectivo, que también pueden traspalarse a otras situaciones en disímiles latitudes. Pero, como expresa el connotado crítico y ensayista David Mateo en las palabras al catálogo de La Cámara del Eco, “rehuyendo de lo doctrinario, de la especulación dogmática e `ilustrada´, para erigirse sobre sustratos o capas vivenciales, sobre inquietudes, observaciones y suspicacias, que quizás algunos de nosotros habíamos considerado retóricas o desestimadas”.

Desde hace algún tiempo considerado como uno de los maestros de la plástica iberoamericana más sobresalientes de entre milenios, Bejarano, tal y como expresó  Rufo —quien hasta su fallecimiento siguió paso a paso su producción plástica— establece en sus tesis pictóricas claridad y turbidez, orden y caos en una misma dimensión de los presentimientos personales.

En los lienzos que conforman Olympus, como en toda su obra anterior, puede distinguirse ese irrenunciable interés por armonizar el presente con el pasado, por descubrir y analizar el tiempo actual sobre la base de las remembranzas que fecundan en su mente las memorias personales y familiares, la historia, la cultura y la filosofía. Sus trabajos, enigmáticos y místicos, evocan al hombre desde su  magnitud humanística —a veces, de nuevo, sobre la cuerda floja que representa la vida toda— hasta sus diversos niveles de pensamiento, de acción, de conciencia. Compleja conjunción de emblemas, de signos que, derivados del estudio y la observación del pintor, establecen un conceptualismo plástico que emana del contrapunteo entre lo clásico y lo contemporáneo, para luego de recrear sus ideas sobre la autodestrucción del mundo —incitada por la ambición, el odio y la intolerancia— concluir en discursos aleccionadores, optimistas y esperanzadores.

Admirable homenaje al inolvidable Rufo, de este artífice, quien en cada una de sus nuevas series se revela, tal ha dicho, como un navegante que busca nuevas tierras; para ser más él y negar lo anteriormente hecho.

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