Trabajadores

La doctrina Monroe desde la mirada martiana

La conocida como doctrina Monroe fue formulada en diciembre de 1823 y, desde entonces, ha sido parte siempre presente en el discurso de política exterior de los Estados Unidos, especialmente hacia América Latina, con los ajustes necesarios en cada coyuntura. Este asunto no pasó inadvertido para José Martí en su momento, quien en diversas ocasiones se refirió a su origen, contenido y aplicación.

Como resulta bastante conocido, el presidente James Monroe dio a la luz pública esta proyección de política exterior en un contexto muy especial: cuando la que había sido América española continental estaba culminando su proceso independentista. Entonces, ante lo que representaba el nacimiento de una amplia zona de repúblicas independientes en el hemisferio occidental y la presencia de una nación en crecimiento como los Estados Unidos, Inglaterra propuso a través de Lord Canning una declaración conjunta, por la cual se comprometían a reconocer esa independencia y, consecuentemente, que no se hicieran nuevas adquisiciones territoriales en esta zona. El gobierno estadounidense no respondió directamente, sino que formuló su posición en el mensaje al Congreso de su Presidente. en diciembre del año 1823.

A lo largo del tiempo se ha discutido quién fue el verdadero padre de la doctrina anunciada por Monroe, pues se atribuye al secretario de Estado John Quincy Adams y se alude a formulaciones realizadas por diversos políticos, en lo cual no se olvida la temprana perspectiva de Thomas Jefferson con su mirada hacia un futuro de expansión norteamericana en el continente. También se ha reflexionado acerca del alcance real de la doctrina y su aplicación o no en determinadas coyunturas. A fines del siglo XIX, Martí también se interesó por esta situación.

Entre las primeras alusiones martianas a la famosa doctrina, se encuentra su crónica acerca de la toma de posesión del presidente Grover Cleveland en 1885. Debe recordarse que cuando el cubano llegó a ese país por segunda vez, en 1881, fue conmocionado por el atentado al presidente James Garfield, su agonía y su muerte y, también, por el proceso que se siguió al asesino hasta su condena, asuntos que Martí observó de cerca en un primer acercamiento a los problemas de la sociedad norteamericana y los reflejó a través de sus crónicas periodísticas. Más tarde incorporaría en un artículo el comentario de que en aquel país, que se veía pleno de grandezas, en dieciséis años habían muerto dos presidentes asesinados, refiriéndose a Lincoln y Garfield. Por otra parte, después del último asesinato, esta era la primera vez que presenciaba unas elecciones presidenciales en aquel país y la toma de posesión de un presidente electo.

En ocasión del estreno de Cleveland, Martí reseñó el discurso inaugural, los aplausos que recibía y, como parte de ello, la referencia que hizo a la política exterior del siguiente modo: “Querellas extranjeras, no las tengamos con nadie. Ni nosotros en la casa ajena, ni en nuestra casa nadie. Sea nuestra política de independencia y de neutralidad: la política de Monroe, de Washington y de Jefferson: ‹Paz, comercio y honrada amistad con todas las naciones; alianzas comprometedoras, con ninguna›”.[1] En este caso, no hay reflexiones del autor acerca de esta formulación, solo la reprodujo; no obstante, en otros textos se aprecia reflexión o, al menos, la anotación de aspectos que pueden ser complicados o inquietantes.

En sus “Cuadernos de apuntes”, aparece uno al que pone una especie de título: “La doctrina Monroe”, seguido de una cita en inglés que sitúa su origen en la protesta a la interferencia de España en la independencia de sus antiguas posesiones y afirma que era un anuncio sobre la posibilidad de que Europa interfiriera en el status de los gobiernos en el Nuevo Mundo y su peligro.[2] Martí no añadió observaciones propias, solo anotó tales definiciones.

En el tomo titulado “Fragmentos” se incluye una anotación en inglés en la cual, es evidente, que hay una reflexión acerca de la doctrina Monroe, cuando Martí afirma la culpabilidad de ese país, con la doctrina Monroe en una mano lanzando contra la pared a los pueblos débiles, mientras con la otra mano toman de su bolsillo la codiciada concesión de supremacía, el decreto de su perpetua servidumbre firmado por estos pueblos. A esto añadió que esa vil concepción no podía haber entrado en una verdadera mente americana.[3]

El Maestro reflexionó también acerca del origen de la doctrina, de la discusión sobre su gestor, de ahí que en 1884 planteara que el diario Harper pintaba a “aquel suave y sensato presidente Monroe, que dio forma durable a la doctrina en que se excluye a los países europeos de toda intervención en los americanos, aunque el famoso senador Carlos Sumner mantiene que el pensamiento fue del inglés Canning, y Charles Francis Adams quiere que haya nacido de su propio padre.”[4]

En momentos posteriores, volvería Martí sobre el tema de la doctrina Monroe, sus gestores y sus expresiones, en valoraciones o apreciaciones generales, en lo cual presentó cómo la reflejaba la prensa de los Estados Unidos; de manera que se puede percibir el interés por este asunto y las implicaciones de su proyección en la política hacia el continente latinoamericano; sin embargo, en 1889 esto se tornaría cuestión de particular importancia.

Si bien la doctrina Monroe estuvo presente en las apreciaciones tempranas de Martí sobre los Estados Unidos y su política exterior, como se ha expuesto aquí, sería en ocasión de la convocatoria y celebración de la Conferencia Internacional de Washington, celebrada entre 1889 y 1890 y reconocida como la primera conferencia panamericana, cuando dedicó una mayor atención a este asunto. Sin duda, aquella reunión, aquel “convite” como lo llamó, que hizo el gobierno estadounidense a nuestros pueblos, constituyó un momento de alerta acerca del inminente peligro. Por ello escribió para la prensa continental:

¿A qué invocar, para extender el dominio en América, la doctrina que nació tanto de Monroe como de Canníng, para impedir en América el dominio extranjero, para asegurar a la libertad un continente? ¿0 se ha de invocar el dogma contra un extranjero para traer a otro? ¿0 se quita la extranjería, que está en el carácter distinto, en los distintos intereses, en los propósitos distintos, por vestirse de libertad, y privar de ella con los hechos, ‒o porque viene con el extranjero el veneno de los empréstitos, de los canales, de los ferrocarriles? ¿0 se ha de pujar la doctrina en toda su fuerza sobre los pueblos débiles de América, el que tiene al Canadá por el Norte, y a las Guayanas y a Belice por el Sur, y mandó mantener, y mantuvo a España y le permitió volver, a sus propias puertas, al pueblo americano de donde había salido?[5]

En una coyuntura como la que se dio con la Conferencia Internacional de Washington, Martí analizaba aquella invitación para denunciar los propósitos expansionistas, de dominio, que latían tras el convite norteño y volvía la mirada a la doctrina Monroe, invocada por el Gobierno anfitrión, para mostrar su rostro verdadero. Con ello ponía en evidencia la actitud norteamericana ante conflictos de países latinoamericanos con su antigua metrópoli, como se había dado en Santo Domingo, sin que se aplicaran sus postulados que debían enfrentar el retorno de la antigua metrópoli, ante lo cual el vecino norteño no actuó. También ponía en evidencia la pasividad ante posesiones europeas en su cercanía, circunstancias que mostraban el verdadero fondo de aquella definición de política exterior.

Como es ostensible, José Martí pudo desentrañar de manera temprana los resortes de esa doctrina y mostrarlos para alertar a nuestros pueblos, a la que denominó certeramente “nuestra América”.

 

[1] “Inauguración de un Presidente en los Estados Unidos” en José Martí: Obras completas. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2002, T 10, p. 174.

[2] Ídem., T 21, pp. 262-263.

[3] Ídem., T 22, p. 287.

[4] ñIdem., T 23, p. 21

[5] Ídem., T 6, p. 61.