Felipe Alarcón en el Centro Hispanoamericano de Cultura: La creación como íntimo ambiente de alucinación

Felipe Alarcón en el Centro Hispanoamericano de Cultura: La creación como íntimo ambiente de alucinación

Serie Crónicas en blanco y negro (I). Técnica mixta sobre cartulina. 100×70 cm, año 2013.

 

La obra del pintor cubano-español Felipe Alarcón Echenique (Casablanca, 1966) ha logrado consolidarse como un complejo y abarcador universo de razonamientos y valoraciones críticas y filosóficas en torno al hombre, al medio en que sus semejantes —los de aquí y los de allá— enfrentan el difícil ejercicio de vivir. De ahí que sus cuadros irradien, en especial, una perseverante preocupación por lo humano, por las pasiones, miedos, alegrías, proezas, problemas y aventuras del existir cotidiano, para finalmente trascender como crónicas del tiempo de este artífice. Alarcón es acreedor de importantes lauros en prestigiosos concursos de artes plásticas en la India, España, Cuba, Francia y Rusia; entre estos el Premio de la Crítica en la Bienal de Venecia, que le permitió exponer en esa ciudad, y el Premio Internacional El Hombre de la Mancha 2016, con su serie ADN.

Bajo el sugerente título Recreaciones del Quijote cervantino con ADN cubano, desde el pasado viernes 6 de abril Alarcón presenta parte de sus obras en el Centro Hispanoamericano de Cultura, donde hace poco fue curador de la exitosa muestra colectiva Múltiples miradas desde Extremadura en La Habana, con dibujos, pinturas, grabados e instalaciones de 11 artistas —entre ellos él— cultivadores de diferentes manifestaciones de la plástica radicados en esa Comunidad Autónoma del país ibérico.

Con esta exposición reitera su acariciado anhelo de poner a consideración de la crítica y del público cubanos sus iconografías, caracterizadas por su expresividad simbólica y mística, serena, pero también, en ocasiones, contorsionada, entretejido de ideas que aparecen y desaparecen del lienzo o la cartulina para protagonizar coloridos espectáculos de formas y signos matizados por el equilibrio y los movimientos.

Ante sus pictografías, el espectador se siente inevitablemente atraído por apasionados discursos que evocan —y provocan— disímiles sensaciones, culmen del arte propuesto por Alarcón, quien en la efervescencia del acto creador prescinde del mundo natural, para extraer de este la idea, el concepto, la razón. Sus alegorías a fin de cuentas constituyen enjundiosas meditaciones sobre la vida, y su entorno existencial. Consideraciones estéticas que percibimos como conglomerados de metáforas visuales en las que se examinan las realidades más íntimas y distintas, en un clima de furor poético que revela marcada conexión con el surrealismo clásico.

En tales narraciones pictóricas, deja fluir, inevitable e incontenible, su fecunda vocación por la lírica escrita. Por ello, su pintura incita asimismo al encantamiento por la calidad y limpieza del dibujo y las líneas, y el refinado uso del color, solidez de una técnica que le posibilita obtener sorprendentes transparencias. En su diversidad expresiva se combinan estilos y corrientes estéticas que transitan desde el surrealismo, el pop, la figuración y la abstracción. Trabajo de precisiones y detalles que emana desde los ámbitos activos de su psiquis, del inconsciente.

Es evidente que ya en plena madurez artística él disfruta del acto de pintar sumergido en un íntimo ambiente de meditación y alucinación. Audacia ensayística que se expande más allá de los límites de la apariencia, en una praxis que, como aseguró el pintor alemán nacido en Suiza, Paul Klee (Münchenbuchsee, Suiza,1879-Muralto, Suiza, 1940), intenta reafirmar que “la cosa es más que el exterior que se nos presenta ante los ojos”.

Graduado en La Habana de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro y del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona (licenciatura en Educación Artística), Felipe es miembro de la Asociación Española de Pintores y Escultores, y presidente de la Asociación de Creadores Iberoamericanos. Hombre sencillo, incansable, emprendedor y febril amante del Caribe insular, donde dio sus primeros pasos en el arte y comenzó a hacer trascender su obra en diferentes confines del mundo.

Uno de sus trabajos más sonados —y mejor logrado— de los últimos años, tanto en las valoraciones de los críticos como entre las de sus admiradores, es Picasso, amor y suicidio (técnica mixta, 240x100cm, 2014), un homenaje a la agudeza del cubismo del genio español. El artífice concierta un discurso plástico en el que, como torbellino de ideas ancladas en su natal terruño, y en donde ahora vive, desde las transparencias, los dibujos y las formulaciones pictóricas —sobre todo en las más acentuadas hacia el centro de la pieza— fluyen disímiles sentimientos y emociones con fuerte carga expresiva.

Este creador ha obtenido, además, otros premios de relevancia internacional, entre estos el de la Asociación de Pintores y Escultores de Madrid (con Sueños bipolares. Número III de la serie dedicada a Salvador Dalí); el del II Salón de Pequeño formato de Acea (Federación Internacional de Artistas Plásticos), con sede en Barcelona (El paso del tiempo); y el Premio Alfonso Arana, en Francia (Nosotros).

Serie Crónicas en blanco y negro (III). Técnica mixta sobre cartulina. 100×70 cm, año 2013.

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