Fontán: un hombre para respetar

Fontán: un hombre para respetar

Cuando el 6 de febrero de 1958 Gerardo Abreu, Fontán, fue apresado por esbirros del régimen batistiano ninguno de los combatientes clandestinos a él subordinados abandonó su escondite. Tal era la confianza de aquellos hombres en quien tenía la responsabilidad de dirigir las Brigadas Juveniles y Estudiantiles del Movimiento 26 de Julio (MR-26-7) en La Habana.

Así lo afirmó Ricardo Alarcón de Quesada, quien se desempeñaba al frente de las brigadas de los estudiantes, al expresar: “(…) estábamos convencidos de que lo iban a matar rápidamente: primero, por el odio feroz que los esbirros del régimen sentían hacia su persona, y segundo, porque no iba a decir absolutamente nada.

Nadie tenía la menor duda de que no hablaría; ni siquiera dio la dirección de donde vivía, ni tampoco su nombre, porque lo publicado en la prensa indicaba la aparición del cadáver de un joven a quien le decían Fontán, junto al Palacio de Justicia”.

Al propagarse la noticia de su detención, de manera espontánea, en un intento por salvarle la vida, el estudiantado de la segunda enseñanza inició un movimiento de protesta que, tras la aparición del cadáver, en la mañana del día 7, se transformó en una huelga por más de tres meses.

Cariñoso hijo y hermano

Nacido en Santa Clara, el 24 de febrero de 1931, Gerardo Abreu, quien llevaba el apellido de la madre, Hortensia, vivió en una constante penuria que en vano ella trataba de mitigar lavando y planchando para particulares.

En 1942 la familia, entonces compuesta por Hortensia, Gerardo, Elaisa, Magaly y Diana —Roberto, el menor, nació después—, se trasladó a La Habana en busca de mejores oportunidades. Pero no resultó y todos regresaron al terruño natal, excepto Gerardo, que quedó al amparo de una familia que le aseguraba techo, comida y cinco pesos mensuales por cuidarle la casa, dinero que siempre destinaba a la madre y los hermanos, los que visitaba con frecuencia.

Una vez que pudo independizarse, a la par que realizaba los más disímiles trabajos dio rienda suelta a su sensibilidad artística al darse a conocer como Gerardo Marín, el alma del verso negro. Por entonces ya se le habían unido Elaisa y Magaly, quienes contaron que entre los hermanos había fuertes lazos de cariño y comprensión, así como que Gerardo, en su condición de mayor, se consideraba un poco padre de los demás y jamás dejó de apoyarlos en cuanto podía.

“Él era muy respetado por todos nosotros, inclusive por Mama. A veces ella nos castigaba por cualquier motivo y Gerardo intervenía: ‘No, Hortea, como la llamaba, eso no es así’. Le explicaba, nos levantaba el castigo y ella no se oponía”, rememoró Magaly.

Por la senda de la Revolución

Gerardo Abreu, el niño negro y pobre, en su empeño por abrirse paso en La Habana para ayudar económicamente a su familia, conoció y desafió la honda tristeza que provoca la soledad.

En la medida en que crecía comprendía con mayor profundidad los males que aquejaban a la nación cubana, por lo cual, tras el golpe de Estado propinado por Fulgencio Batista Zaldívar el 10 de marzo de 1952, no dudó en incorporarse a la Juventud Ortodoxa, en cuyas filas conoció a Antonio López Fernández, Ñico, relación en la cual este influyó significativamente en su formación política e ideológica.

Junto a Ñico trabajó intensamente en la organización de las Brigadas Juveniles del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, luego del regreso de este a Cuba después de dos años en el exilio; y en la fundación de esa organización una vez excarcelados los moncadistas.

Por el arrojo y valentía de Fontán, seudónimo adoptado por Gerardo en su quehacer clandestino, al partir rumbo a México para sumarse a la expedición que allí preparaba Fidel Castro Ruz, Ñico lo dejó al frente de las referidas brigadas en La Habana.

Confiada a él tal responsabilidad, intensificó su labor en el reclutamiento de compañeros, propaganda revolucionaria, recaudación de fondos y acopio de armas y recursos de todo tipo para enviarlos a la Sierra Maestra. Hombre dado a predicar con su ejemplo, participaba en las acciones por él organizadas, en las cuales siempre velaba porque no murieran personas inocentes.

Estuvo presente en la huelga de agosto de 1957 con motivo del asesinato de Frank País, en los preparativos del levantamiento del 5 de septiembre de ese año en Cienfuegos; y en acciones en la capital como la noche del 8 de noviembre, entre otros importantes hechos.

Hombre a carta cabal, la mejor prueba de que no dijo absolutamente nada, según Alarcón de Quesada es que “estamos vivos, porque él sabía dónde yo estaba; también dónde se encontraban los jefes de brigadas de los barrios y otros, pues si bien para muchos era una leyenda, él conocía a prácticamente todos porque las organizó paso a paso, barrio por barrio. Algo en realidad impresionante”.

Nota: Las citas fueron tomadas de entrevistas realizadas por la autora a Elaisa y Magaly, hermanas de Fontán, en febrero del 2000; y en septiembre del 2016. al doctor Ricardo Alarcón de Quesada, compañero de lucha.

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