No exportamos todo lo posible

No exportamos todo lo posible

Uno de estos dos comentarios debió firmarlo un experto que trabaja en una importante entidad vinculada a la labor de las exportaciones, pero declinó hacerlo, porque —respondió en días pasados— “es un tema complicado y su desarrollo no está bien”. De nada sirvió que le argumentáramos que por esa misma razón queríamos abordar el asunto, la persona prefirió no opinar, lo cual permite entrever la alta sensibilidad y trascendencia que tiene hoy para la economía cubana que nuestras empresas puedan exportar más, y no lo hagan.

No obstante ello, durante la pasada Feria Internacional de La Habana tuvimos la posibilidad de intercambiar de primera mano con directivos y especialistas comerciales de entidades que exportan o podrían hacerlo. Pero antes de referirme a algunas de las barreras que pudimos identificar en ese intercambio, valdría la pena apuntar de forma sucinta la transformación que tuvo el panorama exportador de Cuba en las últimas décadas.

Quizás el principal rasgo de este proceso sería la disminución relativa de la importancia económica de nuestros rubros tradicionales frente a las exportaciones de servicios. Renglones como el azúcar, el níquel, los rones y el tabaco mantienen sin duda un peso significativo en los ingresos del sector externo, pero cedieron en trascendencia ante las exportaciones de servicios, sobre todo por el turismo y los programas de colaboración médica.

Las exportaciones de algunos de nuestros productos más emblemáticos deben su retroceso a muy diversas causas, que van desde la depresión de los precios del mercado mundial para algunas materias primas y alimentos, hasta nuestras propias insuficiencias y errores organizativos, sin desconocer el impacto negativo del bloqueo de los Estados Unidos, así como la descapitalización de la industria y el deterioro de la agricultura, como consecuencia de la crisis económica desde los años 90.

La actualización del modelo económico cubano, a partir de la implementación de los Lineamientos del Partido, busca revertir de forma gradual esta situación, con una apuesta por el incremento de la capacidad exportadora del país tanto en los sectores productivos como en los servicios.

Pero este es un propósito difícil de alcanzar, con los problemas estructurales que arrastra nuestra economía —por ejemplo, la dualidad monetaria y cambiaria que desestimula las exportaciones—, y en una coyuntura política internacional adversa que añade gran incertidumbre a tales exportaciones de servicios.

Aun en ese escenario tan complicado, todavía es mucho lo que podemos hacer. El director de exportaciones de una firma de rones me comentaba durante la reciente cita comercial en Expocuba sobre la relevancia de contar con las materias primas y otros recursos para garantizar sus ventas al exterior y en frontera. “En la práctica internacional, las bebidas espirituosas cada seis meses cambian las botellas o recipientes, nosotros no podemos”, decía, al abordar el viejo problema de la industria nacional de envases y embalajes.

Otra desventaja que aprecian los exportadores cubanos son las escasas posibilidades existentes para la promoción y la publicidad, en este mundo tan competitivo donde no basta la calidad intrínseca de un producto para garantizar su venta en otros mercados.

En la exportación de servicios, las potencialidades aún son mucho mayores que los resultados, si tenemos en cuenta la preparación técnica y profesional del capital humano.

Y habrá otras infinitas posibilidades para exportar y barreras que derribar que escapan a este análisis. Lo importante, entonces, por muy complicado que sea el tema, es no eludirlo.

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