¿Glorias empolvadas?

¿Glorias empolvadas?

Daniel Martínez, periodista de Radio Reloj

Tan absortos estamos persiguiendo los resultados y empeños de nuestros deportistas, que tal vez hemos desterrado la siguiente interrogante de nuestra útil e insaciable sed periodística: ¿Se hace lo necesario para preservar el legado deportivo que nos escolta?

Urge desempolvar algunas proezas y protagonistas de la admirada historia del movimiento atlético cubano. Es cierto que numerosas decisiones, muchas llevadas a feliz puerto, se han encargado durante años de reconocer los resultados de millares de hombres y mujeres que decidieron hace más de medio siglo embarcarse en la feliz cruzada, que a pesar de hostilidades del vecino del Norte continúa cosechando éxitos.

No obstante esas luces, desafiantes de absurdas penumbras, nuestro deporte cojea en la preservación de una parcela de su historia. La Comisión de Atención a Atletas, los museos provinciales y otras instancias siguen su necesaria y particular batalla, no ajena de trabas y deslices, en pos de honrar a quienes entallaron esta tradición deportiva.

Pero tamaña labor resulta aún insuficiente, por difícil de digerir que parezca para los involucrados, pues el punto y final de esa esforzada y triunfadora historia todavía no se traza.

¿Una de las razones de mayor peso? La negada e imprescindible reapertura de un Museo del Deporte Cubano. Las principales autoridades, junto a sus equipos de trabajo, estudian y llevan a cabo significativas labores y proyectos que implican ingresos, tiempo y lucidez.

También es incuestionable que la economía en múltiples ocasiones se ha convertido en adversaria de importantísimo peso y decisión.

Sin embargo, hoy más que nunca, aunque sea una labor titánica, se vuelve imprescindible la necesidad de reabrir la galería histórica de nuestro movimiento atlético.

Ese gesto ratificaría la justeza del compromiso auténtico que se tiene con los deportistas y sus logros, muchos de ellos forjados a base de carácter y sacrificio, en medio de etapas difíciles, que exigían arrobas de lealtad y principios.

Desempolvar sus historias, además de un estimable reconocimiento, demostraría a las actuales y futuras generaciones que el rico legado deportivo no solo está bien custodiado, sino también listo para ser palpado, reverenciado y aplaudido.

Ello sería una victoria equiparable con los cientos de medallas y gestas que nuestros atletas han logrado en más de medio siglo de luchas y esfuerzos.

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