Trabajadores

De nada valdría…

Caricatura: Alfredo Martirena

Imposible abarcar en unas pocas líneas la lista de “males” que nos agobian cada vez más sin que se perciba la efectividad de las medidas para su eliminación o donde a todas luces la desidia encontró cobija; pero puedo asegurar un criterio personal: de poco serviría la bonanza económica a que aspiramos si continúa la costumbre de robar, de esquilmar a los demás, de llegar tarde o salir más temprano del trabajo, de pensar primero en “resolver” que acceder a lo que necesito mediante la honestidad del trabajo.

Si los buquenques se fortalecen cada día más en el transporte público, si la mayor parte de los mercados agropecuarios alteran descaradamente los precios y el pesaje sin que nada, o muy poco suceda, si en tantos jóvenes se fortalece la creencia de que el dinero es el único sinónimo de empoderamiento.

Si medicamentos necesarios se siguen obteniendo fácilmente a través de aquella persona que los pregona de puerta en puerta —a veces es vox pópuli—; si sigue creciendo aquello de “imagínate tú, para qué discutir”, si no reaparece el añejo concepto de que el cliente siempre tiene la razón. Si estos males se mantienen, como dije, de poco servirán los avances.

Pero hay más. De muy poco valdría la añorada bonanza económica si no aprendemos a respetar el sueño y la tranquilidad de los demás, si no puedo adquirir una sola cerveza Cristal de botella —a veces de lata— en el Mercadito porque las 120 cajas que allí llegaron ya las “compraron” los dueños de las paladares de la zona, quienes las venden muy subiditas de precio.

Sin duda, las evidentes dificultades por las que atraviesa la economía nacional constituyen caldo de cultivo para muchos de esos fenómenos, pero no nos podemos llamar a engaño y minimizar su nocivo efecto con razones que se sustenten en los innumerables logros del país en los últimos casi 60 años.

Sería errado pensar que si la nación dispusiera de suficientes bienes de consumo nadie “trapicheara” un poco de aceite comestible, ni un poco de café, ni un par de tenis según la moda actual; ni que el taxista abusador no tuviera que mostrar su felonía, ni que el bodeguero aprovechado no le “tumbaría” al cliente parte de lo que con mucho esfuerzo a este “le toca” en forma normada.

La vida demuestra otras cosas, mucho más después que para no pocos “la lucha” se ha convertido en vía expedita de éxito. Qué explicación tiene que los equipos que recogen los desechos sólidos no dejen en pie ninguno de los quicios de las esquinas de la ciudad. O que alguien descargue con evidente despreocupación, a cualquier hora del día y sin importar lo concurrido o no del lugar, sus deseos aparentemente irrefrenables de orinar. Pero nada sucede, y los responsables campean por su respeto. ¿Por qué permitir tal atentado a la moral y a las buenas costumbres?

Poco a poco esos fenómenos se posicionan más y más, y su peso se hace insostenible en las espaldas de la población. Su erradicación se hace cada vez más difícil, aunque para algunos parecieran cosas sin importancia. Pero son males que hay que desterrar, so pena de arriesgar peligrosamente la ética y otras columnas que deberán sostener el andamiaje a que aspiramos.