Patria y cultura

Patria y cultura

Gran privilegio el de este país: su político más preclaro fue también uno de sus más grandes poetas.

En José Martí confluyen dos condiciones que algunos han querido considerar excluyentes. Hay quien afirma que el hombre de acción le restó méritos al hombre de letras.

Es posible que sin la “carga” de sus responsabilidades al frente de la organización de una guerra, el Maestro hubiera podido dedicar más tiempo a la creación puramente artística. Pero entender esto como una fría ecuación es desconocer las claves de un pensamiento y una ética que no asumían la vida a partir de estancos estériles. Lo útil es esencialmente bello.

Lo bello tiene que ser útil. Tras la aparente simpleza del planteamiento se erige una dualidad fructífera.

No hay que separar al Martí ciudadano del Martí artista. El extraordinario itinerario del Héroe Nacional ofrece pruebas suficientes de que la lucha por la independencia era asimismo para él un empeño creativo, de marcada vocación humanística.

No era la lidia inmisericorde, vapuleada por mezquinos intereses. Tenía que ser gesta de absoluta emancipación del hombre. Y no estaría nunca completa sin la savia espiritual de un pueblo: su cultura.

Ahí está la explicación más diáfana del adagio repetido una y otra vez: la cultura es el alma de la nación.

Es mucho más que el alma, es la nación misma.

No se puede desligar la patria (que no es primordialmente un concepto geográfico) de su idealización. La patria se concreta en la expresión de sus hijos, que al expresarla la recrean, en un proceso permanente que singulariza y explica.

Por eso la Revolución que arrancó en octubre de 1868 es primero que todo una revolución cultural: marcó la consolidación de una identidad, de un “ser” y un “querer ser”, de una comunión de ideas y aspiraciones que consolidaron la nacionalidad.

Ya hacía tiempo que habíamos dejado de ser españoles y africanos de ultramar: era la eclosión de lo cubano.

El iniciador de esa guerra, Carlos Manuel de Céspedes, fue además un hombre de gran cultura y sensibilidad: un intelectual, al igual que muchos de los hombres que estuvieron en la vanguardia misma de la contienda.

El pueblo de Bayamo entonando junto a Perucho Figueredo el himno que llamaba al combate es una de nuestras más hermosas metáforas.

Puede que el afán poético haya redondeado la leyenda. No importa. La memoria emotiva de un país está formada por los hechos y las ensoñaciones de esos hechos.

El caso es que ese himno devino símbolo principalísimo de un afán, y con el tiempo caló en la gran mayoría de los cubanos: nos reúne en un sentimiento. ¿Quién queda impasible cuando se escuchan sus notas en la ceremonia de entrega de medallas de una competición deportiva internacional?

Ese es uno de los rasgos de la cultura: teje un entramado apretadísimo entre los individuos, que puede ser incluso más poderoso que los lazos de sangre.

Por supuesto que hablamos de cultura en su expresión más amplia, la que integra los saberes y concreciones de la humanidad. Pero si nos refiriéramos exclusivamente a la cultura artística y literaria no cambiaría la perspectiva.

No hay arte absolutamente desligado de su contexto, por más “puro” que pueda parecer. Las implicaciones universales de una expresión artística nacen siempre de una experiencia, que en buena medida es una experiencia común.

No significa, claro, que todo el arte tenga que ser militante, “político”, “patriótico”, “social”… Debe primar siempre la libertad creativa, que garantiza la recreación del espectro de la vida, desde las visiones personalísimas hasta el acervo compartido.

Pero el arte siempre parte de un compromiso y se asume con el convencimiento de que va a influir en la sociedad, como ente transformador, crítico, cuestionador… o con el mero interés de alumbrar belleza, que ya es razón de peso.

El Día de la Cultura Cubana, que se celebrará el próximo 20 de octubre, evoca un hecho histórico concreto: la primera vez que el pueblo cantó su himno. La música, la lírica, el arte como símbolos de redención.

Nuestra cultura se forjó al calor de la gesta. Es cultura de resistencia. Reafirmación de los mejores valores de la humanidad.

Así la entendió siempre el Apóstol. Y el Apóstol sigue marcando el camino.

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