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Primer lugar: Un Guajiro Apasionado

Por Carlos Manuel Rodríguez García

Era un hombre de campo. Nació en 1906, en el ingenio azucarero Reforma, de Caibarién. Desde muy pequeño tuvo que ayudar a su  padre y hermanos en las labores de una finca que no era suya. El único entretenimiento era jugar a batear chapas con sus amigos, y a veces, con una pelota de trapo.

Siendo un mocetón comenzó a trabajar en la brigada de vías y obras del central, y después de chapear y reparar kilómetros de vías férreas, se iba a practicar con sus hermanos Chilo y Mingo, armados de guantes viejos, para estar en forma durante el juego dominical, partido que solo se suspendía por ciclón o por la zafra.

Se jugaba en un potrero y las bases eran piedras. Este hombre era el pitcher y mánager del equipo. Y siempre con el número 44 en la espalda.

A mediados de la década del 30, ya el equipito del guajiro, sin nombre aún, tenía cierta fama por los alrededores. Le solicitó al dueño del ingenio un pedazo de potrero frente a la carretera y comenzó a marcarlo. Muchos años después me enteraría que la pita de nylon que usé en mi niñez para empinar papalotes, fue con la que se tomaron las medidas al terreno.

Le chapearon la media luna, lo cercaron rústicamente, colocaron bases forradas de sacos y construyeron un pequeño graderío y dos dugouts de tablas de palma. Ya estaba lista la sede del equipo y poco después, en 1938, surgía el Deportivo Reforma, club amateur que ganaba más de lo que perdía, y que se vanagloriaba de la vez que tuvieron en el montículo como invitado a Catayo González (no sé si fue cierto).

Ya a finales de los 40, el guajiro insistía en continuar siendo el primer pitcher del equipo, y como también era el mánager, pues nadie lo contradecía. Un día funesto, con seis o siete carreras en contra, no quería entregar la pelota y entonces Oriol, Menelio y Mongo, los tres outfielders del equipo, se quitaron los guantes y se negaron a seguir jugando. Esa sería su última salida al box, pues se dedicó por completo a dirigir al equipo.

Después del triunfo de la Revolución, al organizarse la Liga de Béisbol Azucarero, el team cambió su nombre por Marcelo Salado, nuevo nombre del central, quedando campeón provincial en varias ocasiones.

A principio de los años 70, le piden que dirija el equipo del municipio en la serie provincial. No sé el año exacto, pero Caibarién ganó el campeonato. Esto significaba ser el mánager del equipo Las Villas, segundo de la región central, detrás de los legendarios Azucareros. Se reunieron los directivos del INDER con el viejo y le plantean la posibilidad de que fuera a Las Villas, pero como coach, pues le iban a dar la dirección a un joven que le conocía un mundo al béisbol. Su respuesta no se hizo esperar:

– Y si sabe tanto de pelota, ¿Por qué no ganó la provincial?

Era el broche de oro. No dirigió más. Pero siguió fiel a la pasión. Hasta su muerte en 1997 no se perdió un solo juego de la liga azucarera en el estadio que con tanto sudor construyó, ni dejó de seguir un partido del Villa Clara o Las Villas por radio, pues entre el glaucoma y las cataratas le robaron la luz de sus ojos. Disfrutó enormemente los tres campeonatos al hilo de nuestros anaranjados.

Este cincuentenario del azúcar hizo lo imposible para que sus hijos y nietos fueran peloteros, pero aunque no lo logró, sí formó verdaderos aficionados y conocedores. Me crié oyendo sus discusiones con Juan Hernández, su cuñado, furibundo industrialista. Por él conocí de jugadores heroicos como Huelga, Verdura, Alarcón, Changa y muchos otros. Así como de Marrero, el Premier, y de Daniel “el chino” Canónigo, primer pitcher en ganarle dos juegos a Cuba en un mundial.

En 1998, Israel Sierra, antiguo cátcher del Deportivo Reforma y presidente del Consejo Popular, logró que la Asamblea Municipal bautizara al estadio del batey con su nombre, Giraldo García Alberna, mi abuelo.

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