Cuando se aprobó la Enmienda Platt

Cuando se aprobó la Enmienda Platt

El 12 de junio de 1901 se realizó la última votación en el seno de la Asamblea Constituyente que dio por resultado la aprobación de la Enmienda Platt por 16 votos contra 11. Era la conclusión de un proceso altamente complejo que se había iniciado meses antes. Se consumaba la imposición de este apéndice a la Constitución cubana en el contexto de la ocupación militar de la Isla por el ejército estadounidense.

El fin de la guerra de independencia cubana, con la intervención de Estados Unidos en 1898, dejó al país en condiciones de devastación y con la presencia de una ocupación extranjera que se suponía era parte de la ayuda amiga del vecino, al menos así se presentaba después de la aprobación de la Resolución Conjunta del Congreso estadounidense. Desde el 1º de enero de 1899 comenzó oficialmente esa ocupación ante la cual muchos se mostraron agradecidos, aunque no pocos fueron suspicaces acerca de los verdaderos móviles de esa acción.

El desarrollo de los acontecimientos, que incluía la evidencia de la voluntad independentista del pueblo cubano, llevó a que el gobierno de Estados Unidos decidiera implementar nuevos mecanismos de dominación, de ahí que el 25 de julio de 1900 se publicara la Convocatoria a la Convención Constituyente de Cuba. El documento establecía la elección para delegados a la Asamblea y definía sus obligaciones: […] redactar y adoptar una Constitución para el pueblo de Cuba, y como parte de ella proveer y acordar con el Gobierno de los Estados Unidos en lo que respecta a las relaciones que habrán de existir entre aquel Gobierno y el Gobierno de Cuba y proveer por elección del pueblo, los funcionarios que tal Constitución establezca y el traspaso del Gobierno a los funcionarios elegidos.[1]

La Asamblea inició sus labores el 5 de noviembre de 1900 y aprobó la Constitución el 21 de febrero de 1901. Comenzaba entonces la discusión de la parte que había levantado muchas suspicacias: acordar las relaciones entre los dos países. Lo primero fue crear una comisión para elaborar un proyecto, que estaba integrada por Juan Gualberto Gómez, Manuel Ramón Silva, Enrique Villuendas, Gonzalo de Quesada y Diego Tamayo. El gobernador Leonard Wood les hizo saber con presteza las instrucciones emitidas por el secretario de la Guerra, Elihu Root, que contenían cinco de los que después serían artículos de la Enmienda Platt. La comisión elaboró un informe donde se hablada de lo inaceptable de algunas de aquellas estipulaciones y afirmaba: Nuestro deber consiste en hacer a Cuba independiente de toda otra nación, incluso de la grande y noble nación americana […].[2] Este informe fue aprobado el 27 de febrero de 1901.

La parte norteamericana no quedó a la espera: el 26 de febrero, el presidente de la Comisión de Relaciones con Cuba, Orville H. Platt, presentó al Senado una enmienda a la Ley de Créditos del Ejército que recogía los artículos que debían incorporarse como apéndice a la Constitución cubana. El Senado y la Cámara la aprobaron rápidamente y el 2 de marzo fue sancionada por el Presidente. Era ley para ese país.

Cuando este documento fue conocido en Cuba hubo reacciones mayoritarias de absoluta oposición. En el seno de la Convención algunos, como Manuel Sanguily, plantearon su disolución, otros propusieron pedir aclaraciones, otros expresaron su total rechazo. Aquel atentado a la soberanía de la república por nacer, provocó una profunda indignación y desató una fuerte reacción en todo el país. Hubo intentos de aplacar esa ira por funcionarios norteños, también la Asamblea buscó caminos para el entendimiento. Se dieron explicaciones en el sentido de que la Enmienda tenía la función de preservar la soberanía cubana, y fue Root precisamente quien ofreció esa interpretación a los comisionados de la Asamblea que viajaron a Washington.

En los días en que se discutía la Enmienda por los constituyentistas cubanos, hubo muchas expresiones de repudio desde los sectores populares. La poesía muestra esos sentimientos. “Ramitos” decía en “Las carboneras”: Piensa el pobre campesino/ Que humilde la tierra labra/ Que nos cumplan la palabra/ Que nos ofreció el vecino./ Hay que proceder con tino/ Y evitar nuevas quimeras/ Que haya alianza verdadera/ Que eso nos dará la vida/ Pero en mi Cuba querida/ No queremos Carboneras.[3]

Otra décima, “Lo que pide el pueblo cubano/ al pueblo americano/ ¡Cuba independiente sin carboneras!”, también mostraba ese sentimiento de rechazo con un llamado al “pueblo americano”:

Que no mancille su honor

con un hecho tan infame

para que el mundo proclame

su nobleza y su valor.

Que no convierta el amor

en odio, pasión horrible,

que la infamia aborrecible

de Platt no llegue a ser Ley,

que hasta el mismísimo Hatuey

su protesta haría tangible.

Y frente a la imagen poderosa del interventor, recordaba:

Que acabe la Intervención

es lo que quiere el cubano,

que para aliado y hermano,

ya son las pruebas bastante

que si Goliat fue un gigante

era David un enano![4]

Bonifacio Byrne escribió el 27 de mayo “Lasciate. Elegía a Cuba” donde rechazaba la imposición que se quería hacer. Byrne decía: ¿Conformarnos? ¡Oh, no! No se conforma/ la tímida gacela a que la inmole/ el hambriento león, ni el toro hirsuto/ a inclinar la cerviz. ¡Los que han sabido/ quebrantar sus cadenas, no serviles/ aceptarán la esclavitud! Inútil/ que disfrazada llegue, bajo el manto/ con que cubre la vil hipocresía/ su aleve faz desde que el mundo es mundo.

Frente a esa situación, el poeta exclamaba:

¡Es la de Áyax una actitud gallarda!

Enseñándole el puño al firmamento,

la protesta en el labio y en los ojos,

y el rencor, como víbora, enroscado

en el fondo del alma, sin eclipses,

repudiando la mano que nos tiende

−¡mano de mercader!− la tenebrosa

Codicia ruin, sin corazón ni entrañas.[5]

Muchos poetas, editados o no, reflejaron el sentimiento popular, que se expresaba también en manifestaciones y otras variadas formas; pero las presiones fueron muy fuertes. Algunos de los asambleístas se sumaron a la opinión de que si se aprobaba aquel documento cesaría la intervención, de ahí que después de muchas discusiones, el 28 de mayo se aprobó la Enmienda por 15 votos frente a 14; pero añadiéndole las explicaciones que había dado Root. Entonces del imperio llegó la imposición final: había que aprobar la Enmienda sin aclaraciones, de lo contrario no habría retirada de las fuerzas de los Estados Unidos. La terrible disyuntiva quedó planteada, así lo reconoció Manuel Sanguily:

Estoy convencido de que no hay un solo americano que no quisiese que fuera absolutamente suya la Isla de Cuba, como quisiera yo que fuese mía la hermosa casa que está construyendo mi vecino.

(…)

Para la Convención no hay más que dos caminos: o se rechaza toda o se acepta toda, so pena de no ver realizado lo que desea, la independencia de Cuba, acaso de comprometerla para siempre.[6]

En tal dilema, el 12 de junio se realizó la votación definitiva. Es cierto que hubo patriotas que votaron a favor convencidos de que era la única manera de terminar con la ocupación, también es cierto que la Enmienda Platt se convirtió en un puñal clavado en la nación cubana; pero también hay que recordar la resistencia del pueblo cubano en circunstancias tan adversas. Comenzaría entonces otro combate: la lucha por su derogación y la plena independencia.

 

 [1] Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1969T II, pp. 70-71.

[2] Ibíd. pp. 104-117.

[3] La nueva lira criolla. Guarachas, canciones, décimas y canciones de la guerra por un vueltarribero, 5ta edición aumentada. La Moderna Poesía, La Habana, 1903, p. 259. (Subrayado en el original)

[4] Ibíd., pp. 177-178.

[5] Urbano Martínez Carmenate: Byrne El verso de la patria. Ediciones Matanzas, 2012, p. 147.

[6] En Cuba y América, abril de 1901, A V, No. 99, p. 555

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