Que San Antonio sea siempre sinónimo de humor

Que San Antonio sea siempre sinónimo de humor

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Los artistas durante la confección del mural en la Bienal. Foto: Heriberto González Brito

 

Israel Castellanos Jiménez (Iscajim)

Durante una de las sesiones de trabajo de la XX edición de la Bienal Internacional del Humor, de San Antonio de los Baños, se escucharon voces muy prestigiosas con más señalamientos críticos que elogios; reconocieron el tesonero esfuerzo que realiza el equipo de trabajo del Museo del Humor, encabezado por Isel Chacón, y lamentaron que las personas con autoridad para resolver gran parte de los problemas mencionados o escuchar las nuevas ideas aportadas, no estuvieran allí presentes.

En más de una ocasión he expresado, incluso en la prensa, algunas sugerencias, que no he visto prosperar, pero que sigo considerando positivas y hasta indispensables para el futuro de la Bienal y sobre el rol que le toca desempeñar en esto a las altas esferas políticas y estatales del municipio, la provincia y la nación, y a más de un ministerio.

Sabemos que el momento económico del país es desfavorable; mas no olvidamos que en peores circunstancias Fidel dijo que la cultura es lo primero que debemos salvar, y no se puede olvidar tampoco que estos encuentros cada dos años son un hecho cultural de alcance internacional, con casi medio siglo de existencia en los que está envuelto el prestigio de Cuba.

Coincido en que hay que buscar la forma de que los murales colectivos pintados allí cada dos años por descollantes maestros del humor gráfico nacionales y extranjeros, no se tapen con pintura para hacer el nuevo. Paredes en ese terruño no deben faltar donde hacerlos y que perduren.

Allí se mencionó que las Bienales necesitan un mayor patrocinio. Esto es un tema sensible, pero que pudiera ser estudiado y resuelto.

En mi opinión San Antonio debe ganarse durante todo el año la condición de Villa del Humor, y no solo sentirlo así cuando se desarrolla alguno de estos encuentros. Las paredes, las vidrieras de las tiendas, todo debería impregnarse de este espíritu.

Hay una gran preocupación colectiva en el sector por el estado de conservación de los originales que se almacenan en los fondos del Museo del Humor. La zona es muy húmeda y la casona donde radica es muy vieja. Aparte de eso no descartemos que un incendio u otro siniestro destruya tanta historia cubana y universal allí atesorada. Hay que digitalizar todo ese material. Y mejorar la conservación de los originales.

Es muy bueno que a la entrada del pueblo haya un monumento al Bobo y al Loquito, pues sus autores nacieron ahí, pero San Antonio es la Villa del Humor de Cuba entera. En Argentina existe una amplia avenida donde se han levantado esculturas de los personajes de las tiras de Mafalda y de otras historietas famosas del país. En San Antonio podría haber un paseo dedicado a rendir homenaje escultórico a personajes emblemáticos de nuestro humor gráfico: Pucho, Liborio, la Criollita, Elpidio Valdés, el Capitán Plin, Chuncha, El Mejor Amigo (de Ñico), el Gordo y el Flaco (de Blanquito), etc.

Otra idea es la posibilidad de hacer a este municipio sustentable a partir del turismo como Villa Cubana del Humor. En algunas naciones podemos hallar tiendas especializadas en la venta de artículos humorísticos de los más diversos tipos y materiales. Recordemos que en La Habana Vieja existió una llamada Casa de los Trucos, donde se podían encontrar infinidad de objetos para bromas. En San Antonio podría haber una tienda similar que incluyera además obras en diversos formatos de caricaturistas cubanos, discos y videos de humoristas, originales de nuestros maestros del humor gráfico, etc.

Numerosos humoristas y artesanos artistas podrán tributar a este esfuerzo. Sería fuente de empleo, mejoraría la imagen turística de la Villa y aportaría fondos para sufragar las Bienales y nuevas inversiones en este mismo empeño.

Durante las Bienales que reúnen gran cantidad de público, se venden más productos alimenticios y otros de uso personal que objetos relacionados con el humor, lo que incentivaría el sentido de pertenencia de los lugareños al apelativo que lleva la villa y elevar el interés de los visitantes por esta peculiaridad del territorio.

Mucho más podría hacerse porque, sin duda, la risa convoca. Lo que hay es que responder con fuerza a esa convocatoria.

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