Semejantes a su tiempo y a nosotros

Semejantes a su tiempo y a nosotros

La anónima y solidaria labor que hacen los jóvenes integrantes del Destacamento de Rescate y Salvamento en La Habana. Foto: Agustín Borrego Torres
Jóvenes integrantes del Destacamento de Rescate y Salvamento en La Habana. Foto: Agustín Borrego Torres

 

La anónima y solidaria labor que hacen los jóvenes integrantes del Destacamento de Rescate y Salvamento en La Habana fue reconocida, hace poco, por una lectora en la sección Acuse de Recibo que mantiene cada día el querido colega José Alejandro Rodríguez (o mejor dicho, Pepe) en el periódico Juventud Rebelde.

Palabras hermosas las que dedica la anciana de 88 años, Olga Felipe, a esos muchachos. Aquejada de una fractura en la cadera —de la cual ya fue operada— los rescatistas han colaborado con su traslado y la bajaban, con mucho cuidado, desde un tercer piso.

“Resulta curioso que cuando le reconocemos verbalmente por su profesionalidad y ternura, invariablemente, y con la modestia que los caracteriza, dicen que solo cumplen con su deber. ¡Qué humildes y qué bien cumplen! ¡Y eso que dicen que la juventud está perdida!”, dijo la abuela.

Recuerdo cuando entrevisté a la colega Evangelina Chió Hernández —fallecida en el 2016—, a quien durante años hubo que realizarle hemodiálisis tres veces a la semana. Esos propios muchachos se convirtieron en sus hijos, porque no podía llamarlos de otra manera; Evangelina no tenía palabras para agradecer todo el cariño que le profesaban cada vez que acudían en su ayuda.

Fueron también ellos los que arriesgaron sus vidas en el salvamento de unos pescadores atrapados por un mal tiempo en la playa de Guanabo y los que partieron para participar en labores de rescate en Ecuador, el pasado año, luego del terremoto.

A lo mejor uno de esos muchachos le pasa por el lado y ni siquiera sabemos de las proezas que realizan; como quizás no llegamos a conocer que tal vez uno de los compañeros que viven en la cuadra o trabaja en la empresa, estuvieron un día entre los jóvenes combatientes que arriesgaron su vida en Angola o Etiopía.

Con razón la exclamación de Olga Felipe. En acto que pretende homogenizar a los jóvenes, algunos se han dedicado a repetir la frase: la juventud está perdida. Catalogan a todos por igual. Y si bien hay personas con pésimas conductas, otros por suerte en mayoría, tienen actitudes sobresalientes, que ponen por encima de sus intereses personales, los colectivos.

Los encuentro a diario; en los hospitales, en los centros de investigación, escuelas, complejos agroindustriales, fábricas… Peinan y visten a la moda —de acuerdo con sus preferencias personales— e incluso, pueden tener hasta un tatuaje (no muy de mi gusto) pero son oro puro.

No es menos cierto que el llamado período especial marcó la sociedad, que las carencias desvirtuaron a muchos y determinados valores fueron dañados: dígase laboriosidad, honestidad, disciplina, honradez, entre otros. También es real que no siempre la escuela, la familia y la sociedad conformaron esa conexión vital para la educación en valores.

Pero allí donde se ha sembrado con ahínco el bien, donde se ha alimentado el alma, han crecido hermosos sentimientos, han cuajado la solidaridad, el amor, la dignidad y lealtad.

¿A quién toca pues esa responsabilidad? La familia, la escuela y la sociedad tienen ante sí el reto de la educación de las jóvenes generaciones. Que ciertamente se parecerán a su tiempo, porque el individuo se forma y desarrolla en un contexto; pero además, nuestros hijos y nietos serán semejantes a nosotros. “La Educación y los educadores —al decir de la doctora Lissette Mendoza— tiene la misión de formar hombres y mujeres que vivan y actúen en correspondencia con los nuevos tiempos, pero que al mismo tiempo, sientan respeto y admiración, sean capaces de asombrarse y de buscar ‹la maravilla› y sobre todo de amar y de transformar”.

Igualmente, digo yo, es deber cívico de la familia, de los revolucionarios, de los padres y madres, formar y entregar a la sociedad hombres de bien, hacendosos, honestos, responsables y humanos. ¿Qué mayor premio puede recibir un padre o una madre que le digan: “Qué educado su hijo, es un excelente trabajador”?

Acompañarlos con la experiencia y saberes acumulados es la misión de los mayores, porque a los nuevos pertenece el futuro y su gran responsabilidad será darle continuidad a la Revolución, que esta siga siendo el proyecto humanista que tanta sangre costó; que siga siendo la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes que pensó y nos legó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

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