Las puertas de la Revolución Mexicana continúan abiertas (III parte y final)

Las puertas de la Revolución Mexicana continúan abiertas (III parte y final)

Hassan Pérez Casabona⃰

La fecha final del Coloquio Internacional convocado por la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), “La Constitución de Querétaro en su centenario: significación histórica y lecciones de la Revolución Mexicana para América Latina”, se dedicó a la evaluación de varios ejes, entre ellos la “Presencia latinoamericana en la Revolución Mexicana”.  En la mesa dedicada a esta cuestión, moderada por Alberto J. Nájera de la Universidad de Guadalajara, se expusieron: “Mariátegui y la Revolución Mexicana”, de Joaquín Santana (Universidad de La Habana); “México revolucionario en el pensar y la acción de Julio Antonio Mella”, de Caridad Massón Sena (Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello); “Interpretación, representación e imaginario de la Revolución Mexicana”, de Katiuska García de la Universidad de La Habana y: “La huella del cubano Julio Antonio Díaz y Otero en el Veracruz de la Revolución de 1910”, de Joney M. Zamora Álvarez, del Instituto de Historia de Cuba.

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Diego Rivera/ La sangre de los mártires revolucionarios fertilizan la tierra, 1927

 

El Dr. Santana, con una vasta experiencia en la impartición de diferentes asignaturas en la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología, relacionadas con el pensamiento latinoamericano y cubano, planteó que: “El proceso revolucionario mexicano no es algo fortuito u ocasional en Mariátegui, quien por el contrario escribió en numerosas ocasiones sobre lo que sucedía en la nación azteca”.

Las puertas de la Revolución Mexicana continúan abiertas (III parte y final)
José Carlos Mariátegui en el pincel de Bruno Portuguez Nolasco (óleo sobre lienzo, 2014)

 

“Una de las figuras que examinó con mayor detenimiento fue a José de Vasconcelos, quien pese a lo que derivó en una etapa posterior, es un intelectual de primer orden en el entorno latinoamericano. El revolucionario peruano se refirió a la idea de Vasconcelos del ´pesimismo de la realidad y el optimismo del ideal´, aunque abogó por el ´optimismo de la acción´. Mariátegui no compartió, eso es importante, todas las apreciaciones de quien fuera rector de la UNAM, en aspectos como el mestizaje. Luego fue más crítico con este personaje cuando aspiró a la presidencia de México, afirmando que Vasconcelos era más un metafísico que revolucionario o político”, aseguró.

El extraordinario pensador andino lo escribió de manera precisa para Variedades de Lima, el 22 de octubre de 1922, analizando el libro Ideología de Vasconcelos: “La época reclama un idealismo más práctico, una actitud más beligerante. Vasconcelos nos acompaña fácil y generosamente a condensar el presente, pero no a entenderlo ni utilizarlo. Nuestro destino es la lucha más que la contemplación. (…) Vasconcelos coloca su utopía demasiado lejos de nosotros. A fuerza de sondear en el futuro pierde el hábito de mirar en el presente. Conocemos y admiramos su fórmula: ´Pesimismo de la realidad; optimismo del ideal´. Pero observando la posición a que lleva al que la profesa demasiado absolutamente, preferimos sustituirla por esta otra: ´Pesimismo de la realidad; optimismo de la acción´. No nos basta condenar la realidad, queremos transformarla. Tal vez esto nos obligue a reducir nuestro ideal; pero nos enseñará, en todo caso, el único modo de realizarlo. El marxismo nos satisface por eso: porque no es un programa rígido sino un método dialéctico”.  [1]

“La Revolución Social en América no es una utopía de locos”. Julio Antonio Mella

Massón Sena, se adentró en aspectos de la vida de Julio Antonio Mella, una de las figuras  que articuló con mayor organicidad en el continente estar a la vanguardia en la producción intelectual y en la acción revolucionaria. Mella nació un 25 de marzo de 1903 en La Habana y murió asesinado en la intersección de las calles Abraham González y Morelos, en la capital mexicana el 10 de enero de 1929, por órdenes del tirano Gerardo Machado. Desplomado por los disparos de los sicarios enviados desde Cuba, en contubernio con el gobierno azteca de la etapa, el otrora destacado atleta Caribe pronunció en los brazos de su amada Tina Modotti una frase que reveló sus convicciones y la esencia de la conspiración que le arrancó la vida: “Muero por la Revolución”. [2]

Llamó la atención de los participantes la alusión de la investigadora al cuento publicado por el también creador de la Universidad Popular José Martí y la Revista Alma Mater, en el periódico El Machete, el 27 de agosto de 1927, titulado: “Aquí nadie pasa hambre”. En esa narración el fundador de la Federación Estudiantil Universitaria (organización que arriba este 20 de diciembre a su 95 aniversario y que surgió el calor del proceso de reforma iniciado en 1918 en la Universidad de Córdoba) desarrolla su visión mediante la literatura sobre dilemas asociados con el estallido revolucionario, en diferentes sectores de la sociedad. [3]

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Julio Antonio Mella desde el lente de Tina Modotti en México, 1928.

 

La joven profesora Katiuska García, en su interesante ponencia, hizo un recorrido por diversos tópicos relacionados con los acontecimientos tratados en el evento. “Las páginas de la Revolución continúan hoy más abiertas que nunca”, aseguró.

Sumergiéndose en aspectos que suelen quedar relegados por disímiles causas dentro de la docencia universitaria tradicional, explicó que durante aquel proceso se asumió la idea del cambio como paradigma. Señaló asimismo que existe consenso (se refirió a autores afiliados a diferentes escuelas y de procedencia diversa) en apreciar la significación de la Revolución Mexicana a partir de su carácter agrario, popular, nacionalista y antiimperialista.

“Es útil destacar el uso del símbolo y la imagen como canal directo de comunicación con las masas. La fotografía, la plástica, las primeras producciones audiovisuales fueron entremezcladas con lo que ocurrió en el plano histórico. Las imágenes de Pancho Villa y Emiliano Zapata, por ejemplo, se reprodujeron en todo tipo de formatos. Otro caso es el ferrocarril y el tren. Recordemos aquella frase de que abordo del vagón se amaba, se sufría y se conspiraba. En ese sentido la locomotora dejó de representar exclusivamente el desarrollo para convertirse en baluarte de la nación. Algo similar sucedió con el cine, la comida, y las indumentarias”. [4]

En el resumen aseguró: “Se trata de acercarnos a construcciones dentro de los imaginarios en las que se entretejen mitos y leyenda. Es algo que ocurrió con los principales actores de ese proceso. A Villa y Zapata se les concebía como híbrido de Robin Hood, Gengis Khan o Napoleón Bonaparte, especialmente por el papel de ellos en combates decisivos y otras hazañas. Me parece oportuno el pensamiento de Carlos Fuentes, de que mientras los pueblos luchen la Revolución Mexicana vivirá”, precisó.

Joney M. Zamora, incursionó en la vida de Julio Antonio Díaz y Otero, una personalidad relevante de las tablas cubanas y quien también ocupara importantes responsabilidades militares en México. “La vida de los artistas, expresó el joven investigador, es como un recipiente de peces. Ellos son centros de elogios y críticas a partir de las contradicciones que genera su propio trabajo”.

“Julito Díaz, como era conocido, nació en 1890 en La Habana y desde muy temprano se convirtió en una figura notoria del teatro vernáculo, luego de abandonar los estudios de derecho. Su debut profesional aconteció en el Liceo de Guanabacoa, en 1907. Más tarde presentó la obra El país de las legumbres, en el Teatro Habana. Después se enroló en la compañía de Arquímedes Pons, quien ya tenía gran prestigio en el mundo del arte. Con esa agrupación viajó a Puerto Rico y México. En este último país permaneció durante cinco años. Allí se unió a las tropas del general Sosa Jurado y llegó él mismo en Veracruz a ocupar el grado de general dentro de ese ejército”, reveló.

A sabiendas de que, con independencia de sus méritos en el campo artístico, se trata de una figura insuficientemente conocida fuera de estos circuitos Zamora prosiguió brindando elementos sobre dicha personalidad. “Las vivencias en México avivaron su espíritu crítico, en una etapa tan convulsa como la década del 30 del siglo pasado. Estuvo en el Teatro Alhambra hasta 1935 y allí presentó La toma de Veracruz y otras obras con música de Eliseo Grenet y Eduardo Anckerman. Después se trasladó al Teatro Martí”.

“Su vida está llena de capítulos aún por estudiar, incluyendo su proyección social más allá de las tablas, considerando que contribuyó a que se materializaran varias de las reivindicaciones principales del gremio al que perteneció.  Díaz defendió  a muchos de sus compañeros que fueron torturados durante la tiranía machadista. Fue fundador y primer presidente de la Asociación Cubana de Artistas Teatrales, entre 1933 y 1934. Falleció en nuestra capital en noviembre de 1958. Fue en ese momento en que se conoció lo que había realizado en México durante la revolución”, añadió.

En el final de sus palabras comentó un hecho sui géneris, recogido por la prensa, que pone al descubierto la influencia que tuvo este artista devenido militar sobre sus compañeros de labor. “Adolfo Otero, quien compartió con él durante años en los menesteres teatrales se emocionó tanto con lo que se contó de Julito Díaz en la despedida de duelo, que sufrió un infarto mortal en la propia necrópolis. Pienso que en México, Díaz canalizó inquietudes que no pudo llevar a efecto en su tierra natal. La nación azteca fue un escenario propicio para ese espíritu aventurero y le proporcionó, al mismo tiempo, el combustible necesario para trazarse nuevas metas. Es vital recurrir a la psicología de un personaje para intentar comprender su comportamiento”, apuntó.

“Hay quien cree se puede ser liberal aséptico sin tocar  al imperialismo. Es una postura errónea”. Ana Cairo Ballester

Dolores Guerra, de la directiva de la ADHILAC-Cuba e investigadora del Instituto de Historia de Cuba, condujo la penúltima mesa concebida dentro del programa oficial del evento, dedicada a: “La cultura latinoamericana y el impacto de la Revolución Mexicana”. La reconocida profesora de la Universidad de La Habana Ana Cairo Ballester, Premio Nacional de Ciencias Sociales, tomó como punto de partida para dialogar con los presentes el trabajo: “Los últimos días del presidente Madero, de Manuel Márquez Sterling”; Greyser Coto Sardina, del Instituto de Historia de Cuba, habló sobre: “La representación de la imagen de la mujer en Cuba y México (1916-1931)”, mientras que Benito Alvisa Novo, de la Universidad de La Habana, lo hizo acerca de: “La Constitución de Querétaro en el Diario de la Marina”. Verónica Álvarez Sánchez, de la Universidad Nacional Autónoma de México, cerró con: “La Revolución Mexicana, tres visiones de una lucha cotidiana”.

Las puertas de la Revolución Mexicana continúan abiertas (III parte y final)
La Dra. Ana Cairo Ballester, segunda de derecha a izquierda, mientras presentó su ponencia. Foto del autor.

 

La doctora Cairo Ballester disertó no solo sobre Márquez Sterling, sino sobre la historia de los vínculos entre Cuba y México. “No puede desconocerse que a Márquez Sterling se le negó la carta de aceptación para desempeñarse en México porque escribió críticas sobre Porfirio Díaz. Después, ese texto se erigió en su mejor presentación como embajador ante el gobierno de Francisco I. Madero”.

En otro momento de su exposición reflexionó, motivada por la intervención desde el público de la Dra. Leonor Amaro Cano, acerca de la presencia del liberalismo como corriente de pensamiento en nuestra geografía. “El liberalismo no ha muerto en ese momento, si bien concebido como liberalismo doctrinal se presentaba de manera abstracta. Para mí lo esencial es comprender la verdadera naturaleza del tema. Hay quien cree se puede ser liberal aséptico sin tocar  al imperialismo. Es una postura errónea”.

Sobre uno de los asuntos discutidos de manera previa, emitió igualmente sus consideraciones. “El asesinato de Mella tiene que ver con el pacto político entre Machado y Plutarco Elías Calle. Diego Rivera, con su enorme prestigio, resultó clave para desmontar la idea de que se trató de un crimen pasional, como quisieron presentarlo”. [5]

Acerca  del libro Los últimos días del presidente Madero, escrito por Márquez Sterling,  el cual es considerado un clásico por la historiografía mexicana, dijo: “En realidad se publicó por vez primera en 1914 y luego se reeditó en 1917 y 1927. Es importante plantear que en junio de 1926 se envió una numerosa delegación cubana a México encabezada por el vicepresidente Carlos de la Rosa (el cual se reunió con el presidente Plutarco E. Calle) y la cual integró, entre otros intelectuales,  Alejo Carpentier”.

“La edición que tengo en mis manos corresponde a 1960 y fue realizada por los trabajadores de la Imprenta Nacional, específicamente para el hermano pueblo azteca. José Antonio Portuondo, figura cimera de las letras cubanas, era el embajador entonces en la capital mexicana y promovió la reimpresión del texto. El personal diplomático nuestro lo distribuyó entre trabajadores y amigos. Tengamos en cuenta que el 26 de julio de 1959 vino como invitado especial a la celebración, por el aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el expresidente Lázaro Cárdenas, el cual se hizo acompañar por una gran cantidad de periodistas y figuras de diferentes sectores”.

“Uno de los méritos de Márquez Sterling es que abogó por escribir sobre los acontecimientos históricos. Desde ese prisma esta obra nos ofrece retratos de primera mano sobre diversas personalidades mexicanas. De ahí que perdure como testimonio excepcional para acercarnos a aquellos días”, aseveró.

Coto Sardina se refirió a elementos afines en cuanto a la representación de la imagen de la mujer en la prensa cubana y mexicana entre 1916 y 1931. Tanto en Carteles, Social, Excélsior, Bohemia y otras publicaciones se intentaba presentar una mujer moderna, aunque ello generó críticas en determinados espacios. “La idea era reflejar féminas jóvenes, bellas, con cortes de cabello atrevidos que establecían rupturas con el pasado. Toda una imagen fresca que evidenciaba nuevos aires sociales. Eran enfoques que, sin dejar de referirse a la mujer hogareña, apostaban por toques de modernidad”, precisó.

Alvisa Novo, por su parte, habló sobre la manera en que se divulgó el proceso constituyente en el Diario de la Marina, un órgano de prensa que bajo la impronta de su dueño, Nicolás Rivero, se adhirió invariablemente a una línea editorial extremadamente conservadora.

“Las noticias internacionales se publicaban generalmente entre las páginas 5 y 9. Predominaban asuntos norteamericanos y europeos. De América Latina, México es el campo principal en los escritos, aunque en modo alguno recibió la temática constitucional un abordaje diario. Es fácil percatarnos que los artículos se redactan desde una perspectiva  que, invariablemente, favorece a los Estados Unidos. Al gobierno de Carranza, por ejemplo, se le califica de facto, como si el de Porfirio Díaz hubiera sido un ejemplo de legitimidad. En ello tiene mucho que ver la participación en la sede habanera de este medio  de varios exiliados mexicanos”, aclaró.

Sobre esta cuestión escribió un experimentado investigador: “La agencias intentarían imponer su hegemonía sobre el mercado de la comunicación mediante la oferta de una visión sesgada y falsa del fenómenos histórico latinoamericano, aunque más tarde se pudo contar con fuentes alternativas de información”.  [6]

El último panel, coordinado por Edelberto Leiva Lajara, tuvo como motivación el examen de: “La cuestión religiosa en el proceso revolucionario mexicano de 1910 a 1917”. Enrique López Oliva y William Ferrer Entenza, de la Universidad de La Habana, presentaron las ponencias, respectivamente: “El factor religioso en la Revolución Mexicana” e “Influencia de la Juventud Católica mexicana en el proceso de la Revolución Mexicana”. Marisa Pérez Domínguez, del Instituto Mora, de México, reflexionó sobre: “El Arzobispo de Yucatán frente a la Ley de Cultos” y Armando González Roca, del Museo Municipal de Guanabacoa lo hizo acerca de: “Los caballeros de Colón, el conflicto político religioso en México y la presencia en Cuba del Dr. René Capistrán Garza”.

La jornada conclusiva contó con la asistencia de René González Barrios, presidente del Instituto de Historia de Cuba.

El autor es Profesor Auxiliar del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana.

 

Notas, citas y referencias bibliográficas.

[1] José Carlos Mariátegui: “Ideología por José Vasconcelos”, en: Marxistas de América, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1985, p. 91.

[2] Mella sostuvo una intensa relación con la revolucionaria italiana Tina Modotti.  Una de las más destacadas escritoras latinoamericanas reconstruye los instantes finales del cubano junto a ella. “Lo único real en la calle es el olor a pólvora en la manga quemada de su chaqueta y entre sus brazos la cabeza de Julio murmurante: ´Pepe Magriñá tiene que ver con esto´. Julio desangrándose, y en un supremo esfuerzo: ´Muero por la revolución´. –No, Julio, vas a estar bien, Julio, ahorita –lo besa en la frente. Las rodillas de Tina se empapan en sangre, Julio no pesa. Se le va, ya casi no es él”. Sobre el amor que se generó entre ambos añade: “La primera vez que Tina y Julio se quedaron solos en la redacción de El Machete, el cuerpo entero de ella entró en expectativa, como perro de caza que de pronto aguarda perfectamente quieto en su tensión. Tina trató de apretar sus labios que se entreabrían, de acallar los latidos bajo su ombligo, supo que no podría erguirse sino hasta que él se alejara, sus piernas no la sostendrían, él la condujo al cuartito llamado ´el archivo´. Se amaron de pie, luego sobre los periódicos caídos. Ninguno de los dos se preocupó de que alguien entrara  a la sala de El Machete. Olvidada de sí misma Tina se sintió Julio. Ella era Julio, él era Tina, ella era el deseo de Julio, lo mismo que él sentía, lo sentía por sí misma. Julio era lo más fuerte de Tina, lo más vigoroso, iba más allá de ella misma. Tina lo miraba y se veía en sus ojos, y detrás de él estaba la Tina a la que aspiraba. ´Quiero ser eso que está detrás de tu cabeza, Julio, quiero ser la forma en que me miras´. Julio era su vía de acceso al conocimiento, la mejor concepción de sí misma”. Elena Poniatowska: Tinísima, Ediciones Era, México, 2001, pp. 10 y 38.

[3] Tomando como centro la figura de don Manuel, al que cataloga en el comienzo del cuento como “revolucionario sincero e industrial progresista”, Mella se vale de la sátira para reflejar algunas de las contradicciones que generó el proceso revolucionario.  En el final de la historia aseguró: “Allí estaban los vengadores del hambre y de la miseria del otro grupo; los vengadores de los que traicionan sus intereses de combatientes, agotando sus energías, que debían ser revolucionarias, con el alcohol; los vengadores de los que sufrían por don Manuel y por los muchos don Manueles que existen. ´La lucha final´ ¿cuándo será? La estrella roja con la hoz y el martillo, como símbolo de una sociedad nueva; la figura porcina de don Manuel, como emblema del régimen burgués; el montón de seres sobre el montón de podredumbre, como gestación de los vengadores implacables, y el grupo de proletarios, como los conductores de la revolución social: todo esto lo vi claramente, superpuesto y a la vez, como una combinación cinematográfica de varios cuadros”. Julio Antonio Mella: “Aquí nadie pasa hambre”, en: Raquel Tibol: Julio Antonio Mella en El Machete, Casa Editora Abril, La Habana, 2007, p. 311.

[4] La fotografía, por ejemplo, fue introducida en México por profesionales franceses en el año 1845. Sobre la temática de la representación iconográfica de los temas tratados por la profesora García pueden consultarse múltiples textos. Uno de ellos es Aquel espacio cautivo. Fotos estereoscópicas de la Ciudad  de México de 1896 a 1913, el cual incluye textos de Gabriel Breña Valle y fue publicado por el Banco de Crédito y Servicio S. A., BANCRESER, en 1991.

[5] En una documentada investigación sobre el asesinato del joven dirigente revolucionario, dos investigadores cubanos señalan: “Entre los meses de octubre, noviembre, o en los primeros días de diciembre de 1928, Gerardo Machado y Santiago Trujillo tramaron el asesinato del líder continental antiimperialista. (…) La persona seleccionada para organizar el crimen, fue José Magriñat Escarrá, más conocido como Pepito. Era miembro del Partido Conservador y se había desempañado como jefe de la escolta presidencial de Menocal y, durante la campaña electoral de 1924, cometió varios crímenes”. Con respecto a las maniobras que se urdieron luego de perpetrar el asesinato, exponen: “Los compañeros y amigos de Julio Antonio Mella se prepararon para denunciar el crimen, se organizaron manifestaciones, tanto contra la dictadura cubana como contra la policía mexicana que se estaba prestando a la farsa de que era un crimen pasional. Los manifestantes llegaron hasta el interior de la embajada de Cuba y los estudiantes pidieron hablar con el embajador, solicitud que fue denegada. Indignados penetraron al interior del edificio. Varios de ellos pronunciaron vibrantes y enérgicos discursos condenando al gobierno de Cuba”. Sobre el sepelio, relatan: “En México, el 12 de enero, cerca de mil quinientas personas participaron en el entierro de Mella. En la manifestación se encontraban miembros del Comité Central del Partido Comunista, del Centro de Socorro Rojo Internacional, de la Liga Antiimperialista de las Américas, del Comité de Defensa Proletaria, del Comité de Socorro Obrero, de la Liga Nacional Campesina y de la Confederación Minera de Jalisco. Encabezando la manifestación se encontraba Diego Rivera”. Adys Cupull y Froilán González: Julio Antonio Mella en medio del fuego: un asesinato en México, Ediciones Abril, La Habana, 2006, pp. 110; 135 y 141.

[6]Acerca de la manera en que el inicio revolucionario fue visto por el gobierno cubano de esa fecha plantea este estudioso: “Las conmociones derivadas del proceso revolucionario mexicano repercutieron de diversa manera en los países caribeños, de acuerdo con la cercanía y la frecuencia de sus contactos con México, pero sobre todo dependiendo de la situación y momento histórico de cada isla. Cuba volvió a ser, por su contigüidad e interrelación con México, la república en donde más clara y fuertemente se dejaron ver las simpatías y preocupaciones por el fenómeno histórico que sacudió siglos de la historia mexicana. (…) El estallido revolucionario del 20 de noviembre de 1910 coincidió con una etapa complicada para el gobierno cubano. (…) Por eso, en la primera oportunidad que se le presentó –lo cual sucedió el 20 de febrero de 1911- el presidente Gómez (José Miguel –HPC-) le hizo llegar a Porfirio Díaz un mensaje de afecto, agradecimiento y admiración. En tanto el ministro Godoy informó a su cancillería que Gómez, luego de confesarle que leía con interés todo lo relativo a ´la insensata intentona de sedición´ en México, le había manifestado su deseo de que ésta fracasara ´por completo a la mayor brevedad posible´, y a lo cual agregó, según Godoy, ´que como gobernante de un país latinoamericano no podía menos que demostrar su reprobación por los actos injustificados e ilegales de los promotores del movimiento´. Obviamente, el ver arder las barbas del vecino le aconsejaba poner en remojo las propias”. Salvador E. Morales: Relaciones interferidas. México y El Caribe. 1813-1982, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, 2002, pp. 213-214.

 

 

 

 

 

 

 

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