Mi felicidad está en hacer lo que hago

Mi felicidad está en hacer lo que hago

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Por el cobrizo de su piel y la tonalidad y tipo de pelo, cualquiera la hubiera considerado como una genuina mulata

Foto: Mikely Arencibia Pantoja

del oriente cubano, pero su modo peculiar de hablar viene a demostrar que Josefa es pinareña, del extremo más occidental del archipiélago, “y a mucha honra”, como se acostumbra a decir por Vueltabajo, la tierra del mejor tabaco del mundo.

Curtida desde pequeña en el trajín hermoso y difícil del veguerío y desde 1976 en los quehaceres de la cocina de su centro laboral, Josefa Acosta Ramos es pronta al chiste picaresco y también a las lágrimas, que le saltan de sus ojos pardos cuando recuerda con rabia que siendo poco más que una niña el dueño del taller donde deshebraba tabaco, intentó abusar de su incipiente encanto femenino. “Se creían hasta dueños de las personas, pero no pudo”, asegura hoy orgullosa.

Eran quince hermanos y vivían en una casa de tabaco con piso de tierra. Las camas eran —a su decir— cuatro palos con un cuero de res y, por sábanas, la familia sólo disponía de sacos de guardar harina, que iban turnando para que todos pudieran taparse un poquito. “Fíjese si éramos pobres que cuando a uno de los varones se le rompía el pantalón, había que amarrárselo con una soguita y si venía alguna visita, el muchacho no podía salir de la parte de atrás de la casa”.

Su conversación es fácil y llena de una sana picardía, pero no puede desprenderse del rencor que se le amarró en el alma por los sinsabores de una niñez llena de penurias. Y las lágrimas le vuelven a brotar cuando recuerda que a la escuela sólo pudo ir por un año, porque su único vestidito era de tela de saco de harina y aunque su mamá le había hecho unos vuelitos, no podía esconder totalmente el embrujo que ya asomaba en su pecho y los varones del colegio la querían toquetear. “Yo se lo dije a papá y él me dijo que no fuera más al colegio”.

Así de difícil fue la niñez de Josefa, aquella muchachita que con sólo 13 años tuvo que trabajar por 70 centavos diarios y que a los 16 años se fue a despalillar tabaco a un taller llamado El Campesino —a 6 kilómetros de su casa— y donde realmente aprendió el arte de trabajar la hoja de tabaco.

Cada día ella y una hermana más pequeña tenían que ir y regresar a pie, pues el padre sólo podía darle 10 centavos a cada una para todo el día. “Nos levantábamos a las 4 de la madrugada y nos echábamos los zapatos al pescuezo —para que no se gastaran tan rápido— y salíamos hasta la carretera. Claro, al taller sí llegábamos con los zapatos puestos.

“Había que cruzar un río y cuando este estaba crecido, ese día o no podíamos ir o no regresábamos a la casa. Recuerdo una vez que tuvimos que dormir en el portal de una bodeguita y el dueño nos dio un plátano macho y una latica de sardinas para que pudiéramos comer algo.”

Como siempre lograba mayor productividad que sus compañeras, poco a poco comenzó a ganar fama de muy habilidosa y perseverante en su quehacer. Era, al decir de todos, la más larga de su taller, la que más trabajaba. “Y eso no lo he perdido hasta hoy.”

Con 24 años, cuando nadie dudaba que era la muchacha más linda de toda esa zona de los vegueríos cercanos a la ciudad de Pinar del Río, se casó. “Pero seguí enfrascada en los trajines del tabaco”.

Las cosas que la hacen grande

Un día de 1976 pasaron preguntando quién quería hacerse cargo de la cocina en la empresa y Josefa levantó su mano. “Pero no deseché mi oficio de deshebrar la hoja de tabaco y desde entonces hago las dos cosas: el despalillo es voluntario y mi salario lo gano por la cocina. Yo todavía estoy muy fuerte para jubilarme, a pesar de mis 67 años”, sentencia.

Entonces me detalla cuántas cosas hace en un día de trabajo normal. Se levanta a las 4 y 30 de la madrugada, prepara la comida de su casa y de 5 y 30 a 7 y 30 de la mañana se va al despalillo a deshebrar hojas de tabaco. “A esa hora me traslado para el comedor. Termino allí sobre las 3 y 30 de la tarde y me reincorporo al taller hasta las 6 de la tarde”.

Así es cada día en la vida de Josefa, “sin fallar, porque en mi expediente nunca ha habido un certificado médico, ni una ausencia injustificada, ni nada que se le parezca”.

Un día se quemó el comedor de su empresa y Josefa sorprendió a todos. “Como vivía cerca, di la casa para comedor de mi centro; porque esa no es mi casa, es de Fidel, para lo que necesite la Revolución. Incluso todavía hoy está donada para lo que haga falta.”

A esas tareas que a diario desarrolla habría que agregar las muchísimas movilizaciones hacia otras labores del tabaco, en las zafras del café, su presencia en los Comités de Defensa de la Revolución, en la Federación de Mujeres Cubanas, “en cuantas cosas aparezcan, porque yo no he parado desde que Fidel triunfó”.

Por todo ello, siempre sus compañeros la escogían como la más destacada, y año tras año fue sumando lauros, diplomas y condecoraciones, tantos que desde hace mucho tiempo, literalmente no caben en las modestas paredes de su vivienda.

Un día, un buen día del año 2001, le dijeron que la iban a condecorar en La Habana, que tenía que ponerse bien linda y desde entonces en su pecho reluce la Estrella de Heroína del Trabajo de la República de Cuba. “Estuve llorando muchas horas, sin descanso, porque tanto honor no cabe dentro de mí”. 3

La observo gesticular y me pregunto cómo podrá hacer tantas cosas, mucho más ahora que me percato que las piernas ya no le responden mucho. “Yo pienso trabajar hasta el último día en que respire. Me incomoda que alguien me pregunte cuándo me voy a jubilar, pues parece que la gente no sabe que mi felicidad está en hacer lo que hago. ¡Vivo con mucha modestia, pero llena de felicidad!

 

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