Palabras, silencios y aguas que tributan

Palabras, silencios y aguas que tributan

Caridad González Sánchez, Premio Cucalambé 2016
Caridad González Sánchez, Premio Cucalambé 2016

 

La sostenida revitalización que acusa, en las últimas décadas, la poesía cubana escrita en estrofas de diez versos, es fenómeno artístico de una plurivocidad significativa, reveladora de un abanico autoral no menos plural, tanto en sus procedencias generacionales como en sus ubicaciones geográficas.

De ello parece dar fe, entre otros muchos termómetros posibles, el Premio Cucalambé, que en su etapa llamada iberoamericana, desde el año 2000 hasta la actualidad, suma 16 ediciones del certamen —no se convocó en el 2011— y ha reconocido con el máximo galardón a 17 escritores —cinco de ellos mujeres—, representativos de la mitad de las provincias del país.

Caridad González Sánchez (Santa Clara, Villa Clara) lo acaba de ganar en la versión premiada en la pasada 49 Jornada Cucalambeana. Es la quinta fémina que lo merece —antes lo alcanzaron María de las Nieves Morales (2002), de La Habana; Odalys Leyva (2008), de Las Tunas; Irelia Pérez Morales (2009), de Cienfuegos; y Liliana Rodríguez Peña (2013), de Las Tunas— y la primera persona de su provincia que lo conquista —en el 2010 el villaclareño Edelmis Anoceto había ocupado el tercer lugar de este Premio—, a pesar de ser esa región del país una plaza fuerte de la décima escrita cubana, de lo cual dan testimonio, por solo citar un ejemplo, los resultados en el también importante Premio Fundación de la ciudad de Santa Clara, que cada dos años convoca la modalidad de poesía en estrofas de diez versos.

Desde luego, que por mucho valor que concedamos a las competiciones literarias como referentes de la actualidad en determinada disciplina artística de las letras, es imposible olvidar que esas citas evaluativas pasan inevitablemente por una buena dosis de azar, por razones conocidas y que no viene al caso abordar aquí y ahora.

Súmese a eso un elemento que interactúa con esa dosis apuntada, de ineluctable subjetividad: los alcances estéticos de la actual décima escrita en el país obran la dicha de que en cada certamen, por lo general, los jurados tienen que decidir al final entre varias obras —casi siempre de diferentes modos de asumir el discurso poético, variopintas en cuanto a los rumbos tropológicos y diversas en el campo de lo ideotemático— que a tenor de sus valores pudieran merecer el lauro principal.

Otras veces he comentado, y reafirmo ahora, que cada libro que sale a la luz a resultas de un premio en esta preferencia de la escritura en versos es apenas la punta de un iceberg que deja sin remedio sumergidas otras muestras del quehacer decimístico, las cuales no solamente pudieran ser publicadas, sino que incluso es una pena que no puedan ser publicadas, en virtud de la selección que obligatoriamente hay que hacer a la hora de conformar los planes editoriales, con las actuales limitaciones materiales.

Volviendo a lo afirmado en los párrafos iniciales en cuanto a los modos de representatividad, un recuento de los 17 ganadores del Premio Cucalambé a partir de sus ubicaciones geográficas, arroja el siguiente saldo: Cinco de esos autores son de Las Tunas, 3 son de Granma, 3 de La Habana, 2 de Holguín, y uno per cápita corresponden a las provincias de Cienfuegos, Camagüey, Ciego de Ávila y Villa Clara. Son números, claro, que no dicen nada si no se los asocia con las consideraciones antes enunciadas, para terminar comprendiendo que esas cifras tienen valor de reflejo de un complejo universo en el que hay que sumergirse en busca de aspectos de mayor interés que los de las representaciones.

En cuanto a las procedencias generacionales, vale la pena repasar los resultados de la más reciente edición del propio certamen, porque casualmente son también reflejo —otro tipo de reflejo— de la confluencia de arroyos de diversas edades en el caudaloso río de la décima escrita de hoy mismo en Cuba: Al libro que obtuvo el galardón, Palabras del emigrante, de Caridad González Sánchez (nacida en 1945), siguieron —con categoría de mención— las obras Muertos, parábolas, silencios, de Alexander Besú Guevara (de Niquero, Granma, venido al mundo en 1970) y Aguas territoriales, de Alexander Jiménez del Toro y Raúl Leyva (de Las Tunas, nacidos en la década de los años 80). Todos son autores con destacada trayectoria y reconocimientos —sobre todo Besú, que ya atesora un Premio Cucalambé, el del 2007—, y la coincidencia —recordar que los jurados trabajan con libros firmados por seudónimos— solamente subraya la diversidad señalada.

Por supuesto que todo el que participa lo hace con la aspiración de ganar, y el premio es uno y no más de uno, pero pienso que para el escritor decimista, mílite de la causa común identitaria que nos une, más allá de los resultados específicos, más allá de si se estuvo entre los agraciados o no —incluso más allá de si se participó o no—, hay razones para seguirnos congratulando por la marcha de esta sostenida revitalización de la poesía en la estrofa de diez versos y de su expresión en certámenes como el Premio Cucalambé, adonde han confluido estas palabras, silencios y aguas que tributan al mismo caudal de la que consideramos identidad ella misma, porque ella nació primero / y nuestro pueblo después, para decirlo una vez más con Mirta Aguirre.

Por su parte la ganadora, Caridad González Sánchez, veterana en estas lides, tiene entre sus antecedentes el Gran Premio Décima al filo, el Premio del concurso nacional de glosas Canto alrededor del punto y el Premio Ala Décima 2011 con su cuaderno Diatriba, después de haber merecido dos lauros accesorios en ese certamen, así como Mención en el Premio Iberoamericano Cucalambé del 2010 con su decimario Adagio para cuerdas. Su primer poemario, Décimas en D Mayor para violín y piano (Santa Clara, Editorial Capiro, 2002), “se presenta como una suite donde se mezclan los sonidos musicales con la duda existencial”, al decir de la investigadora y poetisa Mariana Pérez Pérez. Otro acercamiento a su quehacer decimístico puede verse en la antología on line Arte poética. Rostros y versos, del poeta salvadoreño André Cruchaga.

De su volumen Palabras del emigrante, ahora laureado, y gracias a su gentileza, adelantamos este poema en décimas endecasílabas, dispuestas en formato de prosa poética, en el cual pareciera asentir a alguno de los presupuestos apuntados en el presente comentario:

HAY BARCOS QUE SE HACEN DE PAPEL

 los mares se disgustan, los reprenden, los poetas los roban y los venden para poder soñar.

¿Bajo qué piel dormitan sus mañanas? ¿Qué vergel destrozado los llevará al camino que detestan andar?

¿Será que un trino los hacía tenderse en otras ansias?

Orillas espumosas sin fragancias, postales que definen el destino.

 ¿Si esos barcos son punto de partida para seguir bogando en otra nube, entonces por qué lloran? Nunca tuve los vientos a la espalda.

Consentida, la noche nos silencia su mordida y es como un tibio escorzo entre la miel.

 Hay barcos que se hacen de papel.

Los poetas escapan, se desprenden de sus sueños y sin pudor los venden.

Hay barcos que se hacen de papel.

 

 

 

 

 

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