Todos los cinéfilos tomamos café

Todos los cinéfilos tomamos café

Por Frank Padrón

Café amargo significa la ópera prima en ficción de Rigoberto Jiménez, cineasta formado en la EICTV (Escuela Internacional de Cine y Televisión, de San Antonio de los Baños) y quien durante varios años trabajó en TV Serrana (instituciones ambas que junto al Icaic coproducen el filme); partió de una anterior película de Jiménez, el documental Las cuatro hermanas (1998) en torno a la existencia real de esas mujeres que le dan título, las cuales vivieron y envejecieron solas en la Sierra Maestra sin permitir que hombre alguno irrumpiera en su peculiar y cerrado mundo.

Excelente texto fílmico (sería muy oportuno que fuera exhibido ahora pues apenas es conocido), esos personajes que lo forman viajaron al mundo de la ficción en Café amargo realizado en el año 2012 y rodado totalmente en las inmediaciones del poblado de San Pablo de Yao (Buey Arriba), dentro del legendario contexto montañoso, como se sabe, de tan entrañable connotación en nuestra Historia.

Mas, a diferencia de lo que ocurre en el documental, la ficción nos muestra a un joven y apuesto médico, quien llega a la Sierra a fines de los años 50 del pasado siglo para colaborar con los rebeldes e irrumpe como una tromba en el cerrado círculo, hasta ahora rutinario y perfectamente ordenado de Lola, Gelacia, Pepa y Cira, quienes viven del café que cultivan y venden.

Admira en Café… la notable captación del ambiente, una progresiva atmósfera de angustia digna del mejor thriller que no solo va desarrollando con pericia narrativa el relato en su línea principal, sino en el medio que lo enmarca: las diferentes personalidades de las hermanas, trastornadas de un modo u otro por la presencia del intruso a quien tratan de salvar de la persecución implacable emprendida por la guardia rural.

Otro mérito es el hallazgo de un tono medio entre lo dramático (finalmente trágico) y lo humorístico; aunque predomina el registro serio, todo el trayecto se ve salpicado por pinceladas que convidan a la sonrisa, en un equilibrio muy difícil de hallar que Jiménez y los guionistas (Arturo Arango y Xenia Rivery) han conseguido. Cierto que hay elementos melodramáticos, pero se manejaron con tacto, se asumieron y proyectaron sin complejos, dosificadamente.

Quizá el desenlace de la historia (justo antes de su epílogo actual) peque un tanto de lugar común, sepa algo a clisé de género, pero no al punto de obnubilar los méritos de la obra.

Los recursos técnico-expresivos del filme, sobre todo los relacionados con la visualidad (la fotografía de José Manuel Riera captando con análogas precisión y belleza tanto la abierta espacialidad de la Sierra como el micromundo en la humilde choza de las protagonistas; la audacia de planos y encuadres que apoyan y condicionan las “subjetivas” de los personajes junto a una mirada más objetiva y plural; la gradación en los conceptos lumínicos…) se ponen en función de una plataforma ideica, conceptual de ostensible fuerza.

En primer lugar, la descentralización de un “habanacentrismo” que como sabemos ha permeado el cine cubano en términos generales: el protagonismo de lo rural aquí es algo para agradecer, pero sobre todo la presencia de la mujer desde una perspectiva que destierra tanto posiciones machistas como feministas: lo más cálido y rico de este Café (nada) amargo es lo humano de su narración más allá de sujetos y contextos, el sano afán de emplazar prejuicios y tabúes que sobreviven a pesar de las tantas décadas que pesan sobre la historia de marras.

Las actuaciones, fundamentalmente de las hermanas en la etapa de los 50 (Yudexi de la Torre, Iliety Batista, Danieyi Venecia, Yunia Jerez) logran la caracterización adecuada de sus tambien perfilados y matizados personajes, sin olvidar las fugaces pero intensas apariciones de las mujeres en la etapa actual (Adela Legrá, Coralia Veloz, Oneida Hernández, Mirelys Echenique) como también algunos desempeños masculinos (el joven doctor de Carlos Alberto Méndez o el villano de Raúl Capote).

Guajira afinada, armónicamente deleitable —para hablar en términos musicales, otro valor de la obra— Café amargo es una grata infusión cinematográfica que debemos beber como el criollo néctar, disfrutando hasta el último trago.

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