Trabajadores

Y dio en el blanco…

Israel González Zabalo

Londres 2012 aparecía ante la familia del deporte cubano como la posibilidad de reconquistar el espacio perdido cuatro años antes. La meta: ocupar un puesto entre los primeros 15 lugares en el medallero.

Dos nombres daban una seguridad casi absoluta de obtener medallas doradas, el luchador grecorromano Mijaín López y la judoca Idalis Ortiz. El resto de las aspiraciones recaían en la actuación sobresaliente de algunas figuras especialmente en el boxeo, judo, lucha y atletismo.

A la postre el boxeo con Rosniel Iglesias y el dieciochoañero Robeisy Ramírez aportarían dos doradas a la delegación cubana.

Una figura aparecía inadvertida, un hombre de una veteranía envidiable en su aval como deportista, participaba en sus cuartos Juegos Olímpicos, en los que había obtenido lugares cada vez más cerca de la posibilidad de una medalla. Acumulaba actuaciones cimeras en eventos a nivel centroamericano y panamericano, era respetado entre sus colegas de todo el orbe y siempre lo tenían en cuenta en campeonatos mundiales y otras competiciones propias de su especialidad.

El mérito fundamental de este atleta es mantener un nivel competitivo óptimo ante las adversidades propias de su deporte, con un alto nivel de dependencia de productos especializados, solo asequibles a altos precios en el mercado mundial y sin ser el tiro uno de los deportes priorizados en nuestro país.

Leuris Pupo llegó a Londres con la intención de incluirse en la final del tiro deportivo en pistola rápida a 25 metros. Y llegó con equipamiento renovado, su pistola y municiones estaban a la altura del resto de los competidores procedentes de naciones como Rusia, China, Alemania, India, EE.UU., entre otras.

Esta vez la diferencia no estaría marcada por el desnivel en la técnica, sería la calidad deportiva la encargada de definir las medallas a repartir. En la clasificación el competidor ruso se presentó en un día espectacular con nueva marca olímpica, mientras que Leuris clasificó sin dificultad y alcanzó uno de los mejores registros de su carrera.

La final, en presencia de ocho tiradores, quedó pactada para el 18 de agosto, horario del mediodía en Cuba. No tuvimos el placer de ver en vivo el pulso sereno del holguinero, su competencia coincidió en horario con la final del judo de la campeona Idalis Ortiz. Por demás Leuris ya había cumplido y no estaba en los planes ni del más atrevido de los pronósticos, por lo tanto, el cronograma de la televisión nacional no puso sus ojos en él.

Ese día solo se esperaba el oro en el judo. Todos los medios de comunicación nacionales se hacían eco de la obtención de dos medallas de oro y muchos pensamos que había sido una confusión. Todos quedamos sorprendidos, nos preguntábamos quién era ese que había obtenido oro en tiro deportivo. Los narradores estaban carentes de argumentos sobre aquella sorpresa que constituía una de las más sobresalientes de los Juegos Olímpicos hasta esa jornada.

Llegaron las primeras imágenes y todos pudimos percibir que aquella medalla era nuestra. Ese mismo día tuvimos el privilegio de ver la competencia de forma íntegra. Leuris parecía no tener nervios, su rostro estaba sereno, todas las dianas a las que se enfrentó salieron mal paradas; entre cuatro y cinco disparos certeros, sus oponentes no fueron menos, de forma tal que para colgarse su metal áureo tuvo que superar la marca olímpica impuesta por el atleta ruso una jornada antes.

¡Ganó…!, ya la medalla era suya, sus gestos no fueron eufóricos; tal vez producto de la concentración tan alta que exige la competencia, se mantenía ecuánime. Pupo nos regaló la medalla de la incógnita en un deporte de poca tradición nacional, pero sin duda fue el héroe que dio en el blanco.