La música del lanzador Manuel Alarcón

La música del lanzador Manuel Alarcón

El Cobrero, como popularmente se le llamó a Manuel Alarcón, se ganó en siete temporadas el cariño y el respeto de la aficiPor Javier Perera, estudiante de Periodismo

“El Cobrero, como le decían al difunto Alarcón, fue un lanzador como pocos que he visto. Lanzó siete u ocho Series Nacionales, ahora no recuerdo exactamente, pero lo que sí recuerdo era la valentía para enfrentar a cuanto bateador de fuerza y tacto existiera, sobre todo a Lazo, Chávez, Osorio y Urbano, todos del temible equipo Industriales de aquella época. Soy industrialista a muerte, pero te repito que solo dos peloteros me obligaban a ir al Latino, ellos fueron Anglada y Alarcón, aquello era un espectáculo. Maldita la hernia que lo retiró un día y lo puso a cantar boleros, por allá por Granma, de donde él era”, son las palabras de Gustavo, un anciano de 70 años que frecuenta de vez en cuando el Parque Central, panteón popular de la afición beisbolera capitalina.

La huella que Manuel Alarcón Reina dejó en nuestro béisbol, tan abundante de estrellas para idolatrar o repudiar, todavía después de más de nueve lustros de su retiro sigue patente. Este polémico lanzador resultó venerado y a la vez rechazado, como estrella que fue. El Cobrero le llamaban sin ser de El Cobre. Solo una tradición familiar y luego la merecida loa de todo un pueblo, le estamparon con tachuelas doradas este gentilicio que lo inmortalizó para siempre. Su escondite en la música después de un anticipado retiro, lo hizo sin penas ni glorias en cabarés que lo recibían a él y a su grupo.

Algunas de sus historias dan a entender que fue un tipo conflictivo. Lejos de saber los motivos reales de sus dos sanciones –una de cuatro meses y la otra de un año- y de su única expulsión en un partido que no jugó, en defensa de él digo que respondió a ellas con una actitud ejemplarizante, sin quitarse de encima el polvo de la culpa. Dentro del terreno ató corto a sus bateadores rivales, empujado por ese temple que desde niño le enseñó su padre, “un guajiro que no creía en sueños ni en strikes en la esquina de afuera”, como dijo Leonardo Padura, pero que celebró a golpe de ron tres grandes éxitos de su hijo.

Alarcón escenificó en persona al más recio temperamento, al más jovial jugador y al más querido pelotero de su época. Como la pieza que no le puede faltar a un puzzle, era él para el béisbol de la década de los 60, el mismo que comenzaba a dar sus pasos primarios en un panorama nuevo y que tenía como característica destacada, más allá de la visible calidad de sus integrantes, el vivir una pelota caliente y donde el alma era dejada en el terreno. Esos ingredientes, agresividad y entrega, se los puso a nuestro mayor espectáculo deportivo hoy, el nacido el 19 de febrero de 1941, en la finca El Aguacate, próxima al poblado de Canabacoa, situado en la elegancia misma de la Sierra Maestra.

Al rememorar sus inicios en el deportes de bolas y strikes, safes y outs, se pone sobre la mesa cuánto gustaba este deporte en Cuba, hasta en los estratos más humildes.  Fue rápido su tránsito por el equipo del central Sofía, los elencos Veguitas, Manzanillo y Bayamo, pertenecientes a la liga intermunicipal, hasta que debutó en la primera Serie Nacional con su sempiterna novena de Orientales, con la cual se regaló 41 victorias, 529 ponches y un significativo promedio de carreras limpias de 1,82. Pero también Alarcón le impregnó a esos años mozos de nuestro béisbol un sabor muy agradable y conveniente a los encuentros Orientales-Industriales, que con rapidez se ganarían el adjetivo de históricos, al igual que los duelos entre él y Manuel Hurtado.

Era obvio que un lanzador con esas aptitudes no demoraría en integrar el anhelado equipo Cuba. Aunque tuvo solo tres eventos oficiales, su debut llegó en los Juegos Centroamericanos de Jamaica 1962. Sin embargo, la justa que lo marcó fue la cita panamericana de Winnipeg 1967, cuando derrotó a los estadounidenses en la fase clasificatoria un simbólico día 26 de Julio y luego cayó en la final en par de ocasiones frente a los rivales de marras, amén de un último desafío en el que los mantuvo a raya.

Después de regresar de una gira por Italia y alistándose para una cuadrangular en México, El Dios de Cobre de los Orientales, como le llamó Padura, se dio cuenta de que su ciclo como deportista había terminado. Transcurría el año 1968 y la hernia discal ya era insoportable. Esa maldita hernia de la que habló Gustavo, fue el artífice de cortarle el brillo al estelar lanzador. Lo que pudo ser un cúmulo fructífero de casi 20 Series Nacionales, quedó en apenas siete.

Manuel Alarcón ya no mandaría más a cerrar La Trocha y que saliera el Cocuyé, no haría más ese sugestivo wind-up ni enseñaría el tan gustado número 17, no saldría más a buscar el sexto ponche a su amigo Urbano González, que solo 57 veces resultó vencido en home. La música fue el bálsamo ante el ocio de un hombre acostumbrado al ajetreo. Se le solía ver en centros nocturnos deslucidos y faltos de esplendor en sus cantantes. Se contentaba con tararear temas románticos, pero su felicidad –y él, más que nadie lo sabía- no estaba encima de una tarima, sino en los aplausos de más de 20 000 aficionados en un estadio de pelota.

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