Jamás estuve dispuesto a perder

Jamás estuve dispuesto a perder

Cinco años pasaron ya desde que a Popó le sustituyeron su riñón enfermo por uno sano, y goza de buena salud. | foto: Vicente Brito
Cinco años pasaron ya desde que a Popó le sustituyeron su riñón enfermo por uno sano, y goza de buena salud. | foto: Vicente Brito

Nacer, crecer, reproducirse y volver al polvo… una ley quebrantada por la muerte cuando decide mostrarnos su rostro a destiempo. Alexis García Elma aprendió, con solo 29 años, a esquivar los tajos de la guadaña al diagnosticársele un fallo renal que amenazaba con poner términos a su existencia.

“A mí nunca me había dolido ni una muela; era un joven sano hasta el día en que comencé con malestares. Tras hacerme varios análisis, los índices de creatinina aparecían alterados y de ahí pasaron directo a hacerme hemodiálisis, porque mis riñones estaban inservibles”.

Más de una década después, Popó, como le conocen en su pueblito “hasta los perros”, habla de la vida pendiendo de un hilo y de los ojos insomnes por la probabilidad de no volver a despertar en aquel paisaje rudo, estático, pero sobre todo, suyo.

Espera desesperada

Hasta Guasimal, la tierra madre que todavía le arrulla, llegaba tres veces a la semana el carro dispuesto por el Estado para trasladar a Alexis García hasta el hospital provincial Camilo Cienfuegos, de la ciudad de Sancti Spíritus, donde le practicaban las hemodiálisis. Debía recorrer unos 30 kilómetros en cada jornada en su viaje de ida, e igual cantidad en el regreso, para librar la batalla que comenzó con unos riñones maltrechos y continuó con muchos adeptos que decidieron pelear por, y junto a él.

“Fue un período difícil; ni siquiera podía tomar agua, solo dos vasos diarios. Seis años estuve en el proceso de hemodiálisis. Ver cómo corre el tiempo y tú a la espera de una nueva oportunidad es desesperante, sobre todo porque alrededor van muriendo personas con tu misma condición y siempre puedes ser el próximo.

“Médicos, enfermeras, todo el personal de la sala de nefrología del hospital espirituano resultaron un apoyo insustituible, no solo por la dedicación en su trabajo y en la técnica que debían aplicar, sino porque sentía que el hecho de respirar un día más también era una preocupación de ellos; agradezco a mi familia y a muchos amigos que en esos momentos difíciles y decisivos estuvieron a mi lado, me tendieron la mano”.

Existen tres métodos para garantizar la supervivencia de quienes sufren padecimientos renales: la diálisis peritoneal, la hemodiálisis y el trasplante. De acuerdo con el doctor Jorge Pérez-Oliva, director del Programa enfermedad renal, diálisis y trasplante, del Instituto Nacional de Nefrología, “este proceso recibe el nombre de cuidado integral, pues el paciente requiere tratamientos para disminuir las fallas en los riñones, mientras llega la posibilidad de implantarle un nuevo órgano”.

Aguardar largos períodos y someterse a constantes análisis comienza a ser rutina de los diagnosticados con la mencionada enfermedad; una dolencia capaz de afectar al 16 % de la población mundial en cualesquiera de sus etapas.

“Tienes que dar vuelco a tu proyecto de vida, cuidarte como gallo fino porque puedes tener una única oportunidad y debes estar listo para tomarla. A mí me chequeaban mensualmente, los doctores insistían en que los candidatos a trasplante no podían tener ni una muela careada. Tenía que mantenerme sano como una manzana”.

En efecto, el Programa enfermedad renal crónica: diálisis y trasplante ofrece seguimiento a los aspirantes, porque la base de una cirugía exitosa está en desarrollar correctamente los métodos durante el proceso previo a la colocación de los órganos en las personas seleccionadas.

La batalla mejor librada

“Muchas veces corrieron conmigo para trasplantarme, pero los intentos resultaban fallidos por uno u otro motivo. Era frustrante cuando algo así pasaba, como si te apagaran la luz al final del túnel y comenzara todo otra vez; de nuevo en el punto de partida.

“En esos seis años de espera experimenté muchos sentimientos porque soñaba con tener unos riñones que me respondieran; sin embargo, no dejas de pensar en que alguien murió y eres responsable de mantener una parte de quien en un acto de nobleza decidió sentirse útil más allá de la vida. Es un compromiso con esa persona y con su familia”, afirmó Alexis García.

“La donación altruista de órganos ha favorecido el trasplante renal; la tasa es de 14 por millón de habitantes y la supervivencia de estos pacientes se ha elevado a partir de la aplicación de nuevos conocimientos y de tecnologías más novedosas”, informó el doctor Jorge Pérez-Oliva.

Capítulos que se escriben con héroes anónimos y vidas después de la vida; eso es el largo camino de quien lucha contra un cuerpo que decidió marchitarse a medias. En el horizonte, nuevas esperanzas y en el pasar de los minutos, desesperos involuntarios. Estas historias están compuestas de alegrías ligadas al dolor, de generosidad ilimitada y familias enteras, de una noticia añorada que guarda tras de sí el dolor de otros.

“Ni siquiera lo podía creer cuando vi la ambulancia frente a la casa. Esta vez tenía que ser la definitiva. Había aparecido un donante compatible y me trasladarían hasta el Hospital Universitario Arnaldo Milián Castro, de Santa Clara, para operarme. A esas alturas ya no tenía ni miedo, estaba loco por superar esa etapa”, relata Popó con el brillo en los ojos de quien agradece el nuevo despertar.

Recuerda cada detalle del equipo médico que él mismo cataloga como excelente. Los 20 días de ingreso que le siguieron al trasplante, el peligro de la hemoglobina baja que le obligara a volver al quirófano y, sobre todo, el nombre de aquella doctora, de las manos que le hicieron volver a nacer:

“Milagros, su nombre es Milagros”, precisó Alexis con cara de complicidad, como si quisiera preguntar: “¿Parece casual, no?” La doctora lleva el nombre de la providencia e hizo realidad lo que parecía imposible.

Cinco años pasaron ya desde aquel 8 de noviembre en el hospital villaclareño y Popó se siente “entero”. Volvió a los trajines cotidianos, “gracias a Dios y a la Revolución”. Con gusto presume que no ha presentado complicaciones de salud y sigue al pie de la letra las indicaciones médicas.

El sinuoso límite entre vivir y morir le hace aprovechar al máximo los minutos y horas. Anualmente le chequean su estado físico para que no gane terreno nunca más el peligro que le amenazó. Popó lleva en el cuerpo su trofeo de guerra: 14 puntos que más allá de una cicatriz representan caminos de ida y vuelta; las marcas de una batalla bien librada y que jamás estuvo dispuesto a perder.

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