Julián González Toledo: La cultura es el sostén de la nación

Julián González Toledo: La cultura es el sostén de la nación

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Julián González Toledo, ministro de Cultura. Foto: Del autor
Julián González Toledo, ministro de Cultura. Foto: Del autor

En medio de las múltiples actividades por el Día de la Cultura Cubana, que se celebra hoy, el ministro del sector Julián González Toledo acepta responder algunas preguntas del periódico Trabajadores.

Comencemos hablando de la inserción de la cultura en el actual proceso de cambios que vive el país. ¿Pudiera llegar a ser rentable la actividad artística? ¿Pudiera llegar a prescindir de los subsidios?

En términos macroeconómicos, la cultura es absolutamente rentable, porque es el sostén de la nación. Claro, cuando vamos a ámbitos más específicos, resulta evidente que cada expresión artística tiene sus diferencias. Algunas pueden vivir de sus ingresos y otras no. La inteligencia de las instituciones está en poner el presupuesto en función de lo mejor del arte, independientemente de su “rentabilidad”.

En Cuba contamos con un desarrollo extraordinario en materia cultural, sustentado en el talento indiscutible de los creadores y consolidado por el sistema de enseñanza artística. Es fruto de una vocación bien definida del proceso revolucionario: ofrecerle a la población una cultura integral.

La polémica ahora mismo es si ese sistema cultural se puede autofinanciar. Yo estoy convencido de que, como está concebido, es imposible. Un ejemplo: el ballet no va a ser rentable nunca. No lo es en ninguna parte, siempre se necesita del apoyo del estado o de patrocinadores. ¿Significa que debamos prescindir del ballet? No.

Lo que sí se puede, lo que hay que hacer, es reducir los gastos en la mayor medida posible, lo que no implica que haya que afectar la calidad de las propuestas. Todo lo contrario, hay que procurar más calidad. Eso se llama eficiencia.

Tenemos que aprovechar también el potencial de algunas manifestaciones: la música, las artes plásticas… incluso, el circo. Con los ingresos de esas artes se puede garantizar en alguna medida su desarrollo.

Desde la institución se pueden establecer jerarquías; hay que establecerlas, de hecho. No se trata de hacer más actividades, sino de hacer buenas actividades. Por eso hay que lograr que los creadores participen junto con las instituciones en la gestación de las programaciones.

¿Cómo establecer esas jerarquías? ¿Quién va decir que esto es mejor que aquello?

Ya sabes que ese es un asunto complejo, particularmente en el arte. Por eso hay que lograr que la mayor cantidad de personas participen a la hora de diseñar una programación. No solamente el ministerio y sus instituciones, también la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), la Asociación Hermanos Saíz (AHS)… Cuando se colegia una decisión, es menor el margen de error.

Algunos podrían pensar que establecer jerarquías significa prohibir…

No se trata de eso, ese no es el camino. Es algo que hemos estado discutiendo en varias provincias en las últimas semanas. El arte es muy diverso y hay muchas tendencias. Está claro: hay público para todo, pero también podemos orientar a ese público. Y no va a ser prohibiendo, por supuesto. Será promoviendo lo mejor y comprendiendo las particularidades de cada propuesta.

A un concierto de Los Van Van pueden asisitir 5 mil personas. No podemos aspirar a reunir ese número de espectadores en un recital de poesía. Pero esa lectura de poemas también tiene un público, y hay que protegerlo. Además, no se puede descontar el hecho de que algunas manifestaciones, que en algún momento fueron minoritarias, si las promovemos bien, terminen por convertirse en fenómenos para mayorías.

Pero la oferta cultural no es solo una responsabilidad del ministerio y sus instituciones. Hay otros actores…

Hay demasiada gente decidiendo en las programaciones artísticas. Gente no siempre preparada, sin una formación especializada. No pocas áreas recreativas, espacios del turismo o la gastronomía, simplifican sus propuestas culturales, hacen concesiones a la calidad a partir de una visión muy pedestre de “lo popular”.

Por eso es tan importante el funcionamiento de las juntas de programación en cada territorio. Es una responsabilidad del gobierno local. Y en esas juntas deben participar todas las instancias que tengan que ver con la programación artística: desde los creadores hasta los administrativos de la gastronomía. Ahí las instituciones de la cultura, la Uneac y la AHS podrían funcionar como asesores.

Lo que pasa es que esas juntas, lamentablemente, no se están viendo como un elemento esencial en la conformación de la propuesta artística. Y aprovechando esa circunstancia, mucha gente se va por la tangente.

Hablemos ahora de la relación de las instituciones de la cultura con los artistas. ¿Cómo está planteado ese vínculo?

El artista es una persona con una sensibilidad particular, una capacidad de hacer cosas que conmueven. La institución tiene que tener eso muy claro. Hay que tratar de ofrecerle las condiciones necesarias para que haga su trabajo, y garantizar que el público pueda tener acceso al resultado de su obra. Porque ahí se cierra el círculo de la creación.

Voy a ponerte un ejemplo, en Cuba hay varios teatros que ofrecen una programación estable y de buen nivel. Estoy pensando en el Terry, en Cienfuegos; o en La Caridad, de Santa Clara. ¿Cómo se ha logrado? Muy sencillo: son lugares en los que hay una confluencia efectiva entre los artistas y la dirección de esas instituciones.

Aquí en La Habana está el centro cultural El Sauce. Allí las propuestas artísticas siempre son de excelencia. ¿Por qué? Porque los creadores y la administración trabajan y diseñan la programación de conjunto. Y se obtienen ingresos.

Foto: Del autor
Foto: Del autor

¿Y hasta qué punto las instituciones pueden marcar pautas, establecer límites en la creación?

En Cuba está garantizada la libertad creativa. Basta con ver lo que sube a los escenarios, lo que se publica, lo que se exhibe en las galerías. La realidad de este país es muy compleja. Y esa realidad, con todos sus matices, está en la escena. Los artistas están cubriendo un espectro amplísimo, desde una notable altura conceptual, estética, metafórica…

El arte no es un ente meramente decorativo; es transgresor, irreverente, polémico. Puede llamar la atención sobre determinadas situaciones. Claro, no tiene por qué darle soluciones a esos problemas.

La mayoría de los escritores y artistas cubanos hacen un arte comprometido con su realidad y con el pueblo. Y las instituciones los acompañan, no diciéndoles lo que tienen que hacer.

De encauzar, de mostrar caminos en la creación debiera ocuparse —se ocupa— la crítica artística y literaria. Es imprescindible que exista más crítica en todos los medios. Nos hace mucha falta.

En los más recientes congresos de la AHS y la Uneac hubo profundos debates sobre la política cultural. ¿Cómo es el diálogo con esas organizaciones?

La Uneac y la AHS son la conciencia crítica de las instituciones de la cultura. Reúnen a la vanguardia de la creación artística. Tenemos siempre oídos agudos, para estar al tanto de todos sus planteamientos, que muchas veces van incluso por delante de las percepciones de las propias instituciones.

Las dos organizaciones contribuyen notablemente a la definición y validación de las jerarquías artísticas. Sin “encartonamiento”, sin “reunionismo”.

La Uneac nos ofrece una radiografía que va más allá de la cultura, una visión de todo el entramado social. Gracias a la AHS tenemos una proyección de futuro. El desenfado de los jóvenes artistas, esa irreverencia, nos oxigena. No digo que no haya puntuales incomprensiones, pero el diálogo es fluido.

¿Y con la Brigada de Instructores de Arte José Martí, que este lunes, por cierto, celebra su décimo aniversario?

La misión de la Brigada José Martí es formar públicos, captar artistas aficionados, promover el arte entre niños y jóvenes, defender las tradiciones en las comunidades… Tenemos la responsabilidad de entrenarlos, de ofrecerles mejores condiciones de trabajo, de prepararlos para que en un futuro puedan dirigir las propias instituciones culturales. Ese es uno de los retos: hay que lograr mayor estabilidad en el trabajo de los instructores. Ante nuevas opciones laborales, hemos sido testigos de cierto éxodo.

También es imprescindible mejorar las condiciones de las casas de cultura, el escenario principal de su trabajo.

Ese es otro tema: las casas de cultura. Muchas muestran un considerable deterioro. ¿Cómo lograr que no se afecte el trabajo cultural en los territorios?

El estado de las casas de cultura depende en buena medida del compromiso de las autoridades locales. Cuando hay una comprensión de su importancia se lucha por mejorarlas. Ejemplos hay en Guantánamo, en Holguín, en Santiago, en Villa Clara…

En los objetivos de la Conferencia del Partido se habla de la necesidad de desarrollar la cultura en las comunidades. El rol de los gobiernos locales es imprescindible. La misión va mucho más allá de las competencias del ministerio, tiene que ser un trabajo conjunto.

Ahora cada municipio está actualizando su programa de desarrollo cultural. Contar con ese programa es muy importante; puede que sea perfectible, pero es un punto de partida.

Cada territorio tiene sus características, no se pueden aplicar fórmulas generales. Por ejemplo, muchos centrales azucareros dejaron de moler, las dinámicas culturales de esos pueblos cambiaron significativamente. Hay que analizar caso por caso.

¿Cómo mantener todas las instituciones de la cultura en los municipios? El sistema de instituciones culturales está llamado a un proceso de reordenamiento. Menos instituciones, menos lastre burocrático. En algunas poblaciones se pueden concentrar los servicios: un mismo centro puede reunir la biblioteca, la sala de conciertos, la galería…

Tenemos reservas organizativas para ser más eficientes.

Hablemos del bloqueo económico de los Estados Unidos. Se suele pensar que la cultura es uno de los sectores menos afectados…    

Es una falsa percepción. El bloqueo es una realidad que nos afecta tremendamente, aunque no se hable mucho de eso. Comencemos con algo tan elemental como los instrumentos de música, el equipamiento de los teatros, el material escolar para la enseñanza artística… Pudiéramos comprarlos en los Estados Unidos, pero el bloqueo no lo permite, tenemos que invertir mucho más dinero para adquirirlos en mercados más lejanos.

Afecta también la circulación y promoción de nuestros artistas. Los que viajan a los Estados Unidos van en intercambios culturales, con muchas limitaciones. Por ejemplo, no pueden recibir pagos por sus actuaciones, apenas las dietas.

Todos los artistas norteamericanos que quieren venir a Cuba están sujetos a aprobaciones y licencias. No todos pueden venir. Y también se niega la posibilidad de que miles de turistas norteamericanos vengan aquí a disfrutar de lo que más nos distingue, que no son las playas ni el clima, sino la cultura.

Obviamente, se afecta el diálogo cultural histórico entre los dos pueblos…

Por supuesto. Aquí siempre se leyó y se lee lo mejor de la literatura norteamericana; se escuchó y se escucha la mejor música, se ve el mejor cine de ese país y también el peor, por cierto. Algunos temen que esa avalancha sepulte la cultura nacional, yo estoy convencido de que nuestra cultura es muy fuerte, puede resistir ese embate y se puede beneficiar de lo mejor de ese entramado. De la misma forma, la cultura norteamericana pudiera beneficiarse mucho más de nuestros aportes si los vínculos se normalizaran.

Algunos artistas cubanos residen en el extranjero, ¿cuál es la política hacia ellos?

Es inclusiva, tiene que ver con la visión integradora de nuestra cultura. No pocos creadores abandonaron el país por razones económicas o personales; tienen las puertas abiertas. Más allá del derecho de regresar que tienen como ciudadanos, también pueden acceder a los espacios culturales. Hay algunos ejemplos. Han vuelto a cantar, a actuar para su público, para recibir el aliento de la nación.

Por supuesto, vivir en el extranjero no es un mérito, como tampoco es un demérito. Es importante la calidad de la propuesta. Los recibimos con los brazos abiertos, siempre que no renuncien al espíritu de este pueblo y no ignoren su compromiso, de más de medio siglo, por alcanzar la mayor justicia social posible. A noventa millas está la mayor potencia económica y militar de todos los tiempos. Esa potencia nos bloquea, pretende aislarnos. No se pueden ignorar esos efectos.

O sea, que aquello de que la cultura cubana es una sola, independientemente del lugar donde residan sus creadores, ¿es más que una frase hecha?

Las bases de la cultura cubana están en Cuba, eso es obvio. Están en el día a día de este pueblo. El cubano que se mueve por el mundo, que reside en cualquier país, arrastra o lleva consigo —queriéndolo o no— ese legado inmenso. Hay muchos artistas que como parte de su carrera viajan, se presentan en escenarios internacionales, conocen otras realidades, residen en el extranjero durante periodos de tiempo. La cultura cubana se ha nutrido de esas experiencias, desde sus años fundacionales.

Piensa en nuestros grandes artistas, en los imprescindibles: Alicia Alonso, Wifredo Lam, Alejo Carpentier, Benny Moré, Virgilio Piñera, Rosita Fornés, Chano Pozo, Vicente Revuelta vivieron en otros países y es evidente que su obra es auténticamente cubana.

Para cerrar, qué quisiera destacar en este 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana.

Hay que reconocer a los miles de escritores y artistas que crean su obra y la ponen a disposición de nuestro pueblo. Ellos y el público que recibe sus creaciones son la razón de ser del trabajo de nuestras instituciones; pero también hay que reconocer a los trabajadores del sector, que a veces con muy pocos recursos, hacen una labor destacada en la promoción y difusión de los valores artísticos.

En Cuba, la cultura no es un privilegio de una elite, es un derecho de todos, y puede hacer —y de hecho lo viene haciendo— una contribución sustancial a la calidad de vida de nuestra gente.

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