La “Llave del Golfo” en el interés de Estados Unidos

La “Llave del Golfo” en el interés de Estados Unidos

La posición geográfica de Cuba ha resultado un factor de primera importancia en el interés de los imperios por esta isla a lo largo del tiempo. Tiene un lugar estratégico, por ello José Martí plasmó en el artículo tercero de las Bases del Partido Revolucionario Cubano el propósito de fundar en Cuba una nación capaz de cumplir “en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala.”[1] No por gusto se le ha llamado la “·Llave del Golfo” y en el escudo nacional aparece su representación.

Esta posición despertó tempranamente el interés de Estados Unidos. El presidente Thomas Jefferson lo dejó bien establecido en 1805, cuando dijo en notificación al ministro de Inglaterra en Washington, según afirmó el británico:
“En caso de hostilidades consideraba que la Florida Oriental y Occidental y sucesivamente la Isla de Cuba, cuya posesión era necesaria para la defensa de la Luisiana y la Florida (…) sería una conquista fácil.”[2]

Jefferson volvería reiteradamente sobre la idea de adquirir a Cuba, especialmente cuando España estaba enfrascada en el conflicto con Napoleón Bonaparte., a partir de la presencia francesa en la península, lo que a su juicio facilitaría el consentimiento del emperador francés a que Cuba pasara a Estados Unidos. En aquella época, el presidente norteño entendía que el dominio sobre Cuba era posible puesto que podían defender esa posesión sin una marina, asunto que limitaba entonces los propósitos expansionistas.[3]

En 1810 el presidente Madison retomó esa idea: “(…) la posición de Cuba da a los Estados Unidos un profundo interés en el destino … de esa isla que … no podrían estar satisfechos con su caída bajo cualquier gobierno europeo, el cual podría hacer de esa posesión un apoyo contra el comercio y la seguridad de los Estados Unidos.”[4]

Estas expresiones de las figuras cimeras de la historia de Estados Unidos, en su momento de fundación como estado nacional, tendrían formulación como política concreta en la década del veinte del siglo XIX. La situación se había tornado complicada en el continente pues las colonias españolas habían iniciado un proceso independentista que ya daba sus frutos para esa tercera década, lo cual hacía más compleja la pretensión continental de los Estados Unidos. Ya en 1911 el Congreso estadounidense había aprobado una Resolución que declaraba “Estados Unidos no pueden ver sin seria inquietud que alguna parte de dicho territorio (de la Florida) pase a manos de cualquier potencia extranjera:”[5] Se tomaba en cuenta la presencia francesa en España y el inicio de la independencia de la América Hispana para enunciar el principio de “no transferencia” de manera temprana.

La década del veinte traería definiciones importantes pues había que fijar posición ante las nuevas repúblicas que surgían al sur del continente. No es casual que en diciembre de 1823 se diera a conocer la llamada “Doctrina Monroe” que enunciaba la manera en que el joven estado planteaba su posición continental frente a los apetitos de otras potencias, aunque los Estados Unidos no tuvieran aún fuerza suficiente para hacerla cumplir. En ese año se había llegado previamente a una definición respecto a Cuba, cuando el secretario de Estado, luego presidente, John Quincy Adams elaboró las Instrucciones a su ministro en Madrid, con fecha 28 de abril de 1823. El inicio del documento presenta la situación de Cuba y Puerto Rico respecto a España y la importancia de su posición geográfica, especialmente de Cuba:

(…) Pero las islas de Cuba y Puerto Rico aún permanecen nominalmente, y hasta tal punto realmente, bajo su dependencia, [de España] que todavía goza aquella del poder de transferir a otros su dominio sobre ellas y, con éste, la posesión de las mismas. Estas islas por su posición local son apéndices naturales del continente (norte) americano, y una de ellas [la isla de Cuba], casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser, por una multitud de razones, de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión. (…)[6]

A partir de esta explicación y de declarar que Cuba tenía una posición dominante en el Golfo de México y en el Mar de las Antillas, ponderar su lugar en mitad del camino entre la costa meridional norteña y la isla de Santo Domingo, la importancia del puerto de La Habana por su ubicación y características, a lo que añadía consideraciones sobre la naturaleza cubana y de sus habitantes,  pasaba a señalar los intereses de aquel país

sobre esta isla al decir que “no hay ningún otro territorio extranjero que pueda comparársele”, por lo que definía la política a seguir con Cuba, entonces colonia española, para el futuro mediato:

Son tales, en verdad, entre los intereses de aquella isla y los de este país, los vínculos geográficos, comerciales y políticos formados por la naturaleza (…) que cuando se echa una mirada hacia el curso que tomarán probablemente los acontecimientos en los próximos cincuenta años, casi es imposible resistir a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad.

Esta era la mirada hacia el futuro, pues el propio Adams reconocía que aún no estaban preparados para la anexión de Cuba, pues había obstáculos que impedían la extensión de los dominios dejando el mar por medio; sin embargo, se enunciaba lo que se conoce como “política de fruta madura”:

Pero hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera,
dejar de caer en el suelo, así Cuba una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana (…), mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno.

Estados Unidos había definido la política hacia Cuba para unos cincuenta años a la vista, que estaría en la base de su relación con la Isla: esta debía quedar en manos de España hasta que el país del Norte estuviera en condiciones de “admitirla en su seno”.

[1] José Martí: Obras Completas. Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, T I. p. 279

[2] Citado por Fred J. Rippy. Rivalry of the United States and Great Bretain over Latin America. Baltimore, 1929, p. 72 En Herminio Portell Vilá: Historia de Cuba en sus relaciones con Estados Unidos y España. Jesús Montero, editor, La Habana, 1938, T I, p. 142

[3] En Ibíd., p. 158

[4] Emilio Roig de Leuchsenring: Los Estados Unidos contra Cuba Libre. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, 1959, T I, p. 30

[5] Herbert Mathews: The United States and Latin America. Prentice Hall, Inc. Englewood Cliff, N J., 1959, p. 123

[6] El documento completo esta reproducido por Philip S. Foner: Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, T I, pp. 156-157

 

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