Sol Palmeras no olvida el 23 de agosto de 1997

Sol Palmeras no olvida el 23 de agosto de 1997

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Más mil turistas diarios como promedio hospeda un sitio cuya estabilidad económica quiso frustrar un atentado terrorista en agosto de 1997. Foto: Noryis
Más mil turistas diarios como promedio hospeda un sitio cuya estabilidad económica quiso frustrar un atentado terrorista en agosto de 1997. Foto: Noryis

Las mismas manos que el  6 de octubre de 1976 hicieron estallar en Barbados el DC-8 de Cubana de Aviación, han intentado destruir  a  Cuba. Cualquier destello de prosperidad, cualquier fulgor, el más mínimo atisbo de triunfo, todo lo ha querido Luis Posada Carriles, todo lo quiere la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA).

A ese terrorismo orquestado dentro y fuera de los Estados Unidos no les bastó asesinar, entre otros,  a los jóvenes esgrimistas. 20 años después de aquel crimen, otras bombas quisieron frustrar el despegue de la industria turística de esta Isla.

El 23 de agosto de 1997 un explosivo C-4 de más de 65 gramos estalló  en el hotel Sol Palmeras, en el balneario de Varadero, de la provincia de Matanzas. Al menos dos trabajadores cubanos y cuatro turistas españoles pudieron ser víctimas mortales.

Una camarera concluía la limpieza, un custodio estuvo a punto de revisar el sitio donde habían colocado la bomba y aquellos huéspedes acababan de pasar por el lugar, es la historia que la mayoría repite.

Lázaro Lugones Cárdenas era el jefe de los custodios. Recuerda que por esos días se hablaba de bombas que serían colocadas en instalaciones económicas como estas. “Recibimos la orientación de esmerar la vigilancia de las áreas, a mí me tocó la del lobby.

“Ya había revisado cada rincón y solo faltaba el pasillo. Allá iba cuando me distraje unos segundos en la puerta, y en el mismo instante en que fui a abrirla, ocurrió… Sentí un estruendo y quedé envuelto en una nube oscura.

“Vi cristales caer, el falso techo desprenderse…  A tres metros estuve de la muerte, a esa distancia se encontraba el jarrón de barro donde pusieron el explosivo. Se nos escaparon”, sigue siendo su lamento.

Informes aseguran que en 1995 en esta propia instalación descubrieron una bomba que no llegó a explotar,  pero puso en peligro la vida de cientos de huéspedes y empleados. Cuentan que al igual  que en 1997, la colocó otro hombre contratado y financiado por Luis Posada Carriles y la FNCA.

Unos 10 años después, un artículo del diario Granma (11 de mayo de 2007) reseñó llamadas telefónicas que refrendaban la participación de Posada Carriles y la fundación asentada en Estados Unidos. Esta decía: “Paco y ahora dos explosiones más, una la metimos en el Hotel Sol Palmeras de Varadero, uno de los nuevos esos de los españoles y la otra en una discoteca en plena Habana «.

Querían apagar este sol

“¿Qué los trajo hasta aquí? Querían apagar este sol que ya brillaba demasiado”, asegura Arnaldo Díaz, secretario general del buró sindical. “La primera empresa mixta establecida en Cuba se creó precisamente para construir el Sol Palmeras”.

Desde que fuera inaugurado por Fidel el 10 de mayo de 1990, la instalación ha tenido un magnífico desempeño. Siete años como Vanguardia Nacional, los últimos tres de manera consecutiva, resumen un andar que lo convierte en referente de calidad.

“Lo que aquí sucede es especial. Hemos estado en otros de la Sol Meliá, pero este posee una magia singular. Es la gente, la comida, el trato. La alegría que se respira por todas partes. De seguro volveremos”, coincidieron  Isabel Ernestina y Luisa Celestina, dos visitantes de Argentina, país que junto con Alemania y Canadá conforman sus tres principales mercados emisores.

En el último trienio, se registran más de 25  millones de ingresos anuales, resultado de una ocupación diaria de 94 por ciento, lo que equivale a mil 120 turistas diarios como promedio, apunta el subdirector general, Irán Ramos Sánchez. “Nos alienta que en los últimos años crezcan las recepciones de Inglaterra, Rusia, Uruguay y toda Latinoamérica, más el mercado nacional, que en los meses de verano impacta favorablemente en la ocupación”.

Huéspedes como Antonio Pilggi, un canadiense que por 72 veces se ha hospedado aquí, hablan de la aceptación de un lugar que constantemente recibe piropos en las redes sociales de la internet, gracias también a la elevada profesionalidad del equipo de animadores que lidera Raynier Sanz.

Querer lo que se hace

Como una familia, un colectivo que quiere lo que hace, comprometido con dar lo mejor día por día, así califica Ramos Sánchez a los hombres y mujeres que dirige. “Siento orgullo de un sitio donde la cultura de trabajo forjada con los años, contagia al  nuevo que llega. Eso es vital para lograr óptimos resultados. El triunfo nuestro radica en la gente que tenemos”.

Zulima Candales, subdirectora de Recursos Humanos, está convencida de que ninguna entidad progresa sin la inteligente gestión de los empleados. “Es vital atenderlos, el contacto con la familia, visitarlos en caso de enfermedad o de cualquier problema, responder a sus quejas… No se les debe dejar solos en ninguna circunstancia. Es una práctica a la que no renunciamos, aunque hay ciertas áreas que debemos perfeccionar en pos de mayores éxitos”.

Quizás ello explique la estabilidad típica de la fuerza laboral. Entre los 701 trabajadores, unos 30 son fundadores, y otra buena parte sobrepasa la década de vínculo laboral.

Siguen ahí hombres como Pedro Luis Pérez, participante en la construcción del hotel, Manuel Ayllón, a sus 68 años responsable de la belleza de los jardines, o Roberto Hernández Álvarez, un joven que se ufana de haberse formado como trabajador entre tantos buenos ejemplos.

Un respeto general inspira la instalación. Hace 24 años, la misma edad de Sol Palmeras, Eduardo Calderón decora de manera gratuita muchos de los espacios. “Es mi agradecimiento infinito al lugar que me acogió como artesano, parte inseparable de mi existencia”.

No es cuento, el sindicato trabaja

Mientras anota la cifra en el inventario de costumbre, Abel Suazo lo afirma. “No es cuento, aquí el sindicato sí trabaja”, y se detiene unos segundos para enfatizarlo a su manera: “Es lo máximo en este hotel. No hay fallos…”, dice.

Opiniones como estas son comunes. El prestigio ganado por la organización lo relacionan con la manera en la que Arnaldo Díaz conduce el quehacer sindical.

Delegado al XX Congreso de la CTC, admite que existe gran unión entre los factores, sin que eso reste fuerza al sindicato, “todo lo contrario”, aclara. “Cuando hay que discutir y no estar de acuerdo, pues lo hacemos. Sin embargo, todos vamos en pos de un objetivo, que las cosas salgan lo mejor posible y haya satisfacción, tanto en los trabajadores como en los turistas”.

Importancia capital le concede a los numerosos intercambios con los empleados, impulsados por la dirección del hotel, muy independiente a las asambleas de afiliados y de representantes. “Todos los días realizamos consejillos para ver qué salió mal y corregirlo en el acto”.

En actividades de alto valor humano también destaca Sol Palmeras. Ya cumplieron con los seis mil dólares para el programa Mi aporte por la vida, destinado a la compra de medicamentos de infantes enfermos de cáncer, y recolectaron unos 400 artículos que regalaron a pequeños aquejados de esa enfermedad y a otros sin amparo filial.

La autoridad conquistada por el sindicato la reitera Dionisio de Armas, un fundador que llegó joven a la instalación y “me he puesto viejo con ella”, y sonríe. “A Arnaldo y su equipo debemos bastante, también a la dirección. Palmeras ha marcado su historia.  Lo que aquí sucedió motivó la apertura de otros hoteles. Esperamos que nuestro querido Fidel Castro Ruz sienta orgullo de nosotros.

“Sabemos que aún queda para llegar a la excelencia total, pero de algo estamos seguros. Nada, ni siquiera una bomba, nos detendrá.  El Sol Palmeras sigue vivito y coleando”.

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