Cuba en la VII Conferencia Panamericana: una voz diferente

Cuba en la VII Conferencia Panamericana: una voz diferente

En diciembre de 1933 se celebró en Montevideo la VII Conferencia Panamericana que tuvo matices especiales. La coyuntura de aquella reunión marcaba una situación compleja para las bases del panamericanismo nacido en la Conferencia de Washington en 1889/90. El primer cuarto del siglo XX había estado bajo la política del gran garrote (big stick) estadounidense y la diplomacia del dólar, con sus secuelas de desembarcos de marines, ocupaciones y controles de aduanas y finanzas, fundamentalmente en Centroamérica y el Caribe. Pero los finales de la década del 20 y los inicios de la del 30 trajeron movimientos de rechazo en países latinoamericanos, además del impacto de la gran crisis económica mundial de 1929. Esto provocó modificaciones.

En 1928 se había celebrado la VI Conferencia Panamericana en La Habana, donde el tema de la intervención había sido uno de los asuntos polémicos. Orestes Ferrara, delegado por Cuba, había alineado en la posición de Estados Unidos para impedir la aprobación de la no intervención como principio. En su discurso, Ferrara había afirmado: “(…) la palabra ‹intervención›, en mi país, ha sido palabra de gloria, ha sido palabra de honor, ha sido palabra de triunfo; ha sido palabra de libertad: ha sido la independencia.”[1] En ese momento, se logró posponer el tema. Sin embargo, el año 1933 sería diferente.

La VII Conferencia se reunió en medio de un complejo ambiente continental signado por la emergencia de acciones y movimientos populares en toda el área, en algunos casos antimperialistas, como los sucesos de El Salvador de 1932 encabezados por Farabundo Martí y el Partido Comunista, la lucha encabezada por Augusto César Sandino en Nicaragua desde 1927, el incremento del movimiento independentista en Puerto Rico con la presencia emergente del prestigioso líder Pedro Albizu Campos y el proceso revolucionario en Cuba de los años 30. Otros movimientos y acontecimientos similares se producían en Suramérica.

Las palabras de Roosevelt el Día Panamericano (12 de abril de 1933), mostraban el nuevo discurso que se estrenaba en aquella coyuntura:

Las cualidades esenciales del verdadero panamericanismo deben ser las mismas que las que distinguen a un buen vecino, o sea, la comprensión mutua y, a través de ella, una apreciación benévola de los puntos de vista del otro. Solo de esta manera podemos aspirar a construir un sistema cuyas piedras angulares sean la confianza, la amistad y la buena voluntad.[2]

Por tanto, la Conferencia tenía lugar cuando Estados Unidos debía demostrar la validez del nuevo discurso que había presentado y que se expresaba en términos de un cambio hacia una convivencia de “buenos vecinos”.

En el momento de la conferencia, en Cuba se había producido una ruptura del poder oligárquico y el gobierno provisional, presidido por Ramón Grau San Martín, envió la representación isleña. La delegación cubana estaba integrada por Ángel Alberto Giraudy, Herminio Portell Vilá y Alfredo Nogueira, quienes llevaron una voz discordante en algunos aspectos de la agenda, especialmente a través del primero como jefe de la delegación. En la sesión inaugural, Giraudy habló a nombre de todos los delegados en respuesta al discurso del delegado uruguayo, En su intervención, el también Secretario del Trabajo cubano se refirió a la necesidad de justicia para el hombre y para la mujer, asunto que estaba en la agenda de la reunión, y llamó a adoptar una declaración que regulara las relaciones internacionales en los cambios de gobierno. Giraudy fue también vicepresidente de la segunda comisión que tendría a su cargo el tema “Problemas de derecho internacional”.

En la VII conferencia, como parte del nuevo discurso, el secretario de Estado, Cordell Hull, invocó a Bolívar y al Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 como el nacimiento del panamericanismo y trabajó por consolidar el sentido panamericano para lo cual, entre otras acciones, se creó el Instituto para la enseñanza de la Historia de las Repúblicas Americanas. El objetivo de este Instituto era establecer un modelo común encaminado a desvanecer las apreciaciones críticas e inamistosas hacia otros países de la región por su actuación en el pasado, y destacar cuanto contribuyera a la inteligencia y cooperación interamericana. Por tanto, se atendió la educación como campo para construir (o reconstruir) la hegemonía norteamericana.

En aquel cónclave, Estados Unidos tuvo que aprobar la “Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados”. En este documento se logró definir el asunto de la no intervención pues su artículo cuarto reconocía la igualdad jurídica de todos los estados, el octavo reconocía textualmente que: “Ningún Estado tiene derecho de intervenir en los asuntos internos ni en los externos de otro”, y el onceno era aún más explícito:

Los Estados contratantes consagran en definitiva como norma de su conducta, la obligación precisa de no reconocer las adquisiciones territoriales o de ventajas especiales que se realicen por la fuerza, ya sea que ésta consista en el uso de las armas, en representaciones diplomáticas conminatorias o en cualquier otro medio de coacción efectiva. El territorio de los Estados es inviolable y no puede ser objeto de ocupaciones militares ni de otras medidas de fuerza impuestas por otro Estado, ni directa ni indirectamente, ni por motivo alguno, ni aún de manera temporal.[3]

Estados Unidos no pudo eludir la firma de la Convención, pero introdujo una enmienda especial con la afirmación de que mantenía todos los derechos “generalmente reconocidos” con lo que no renunciaba a nada efectivamente y así quedó recogido en el artículo duodécimo: “La presente Convención no afecta los compromisos contraídos anteriormente por las Altas Partes Contratantes en virtud de acuerdos internacionales.”[4]

En las discusiones de la conferencia, la delegación estadounidense realizó una reserva muy significativa, por la cual reiteraba lo que había dicho en la discusión plenaria, en el sentido de que la política y actitud de su país en las relaciones hemisféricas difícilmente podrían hacerse más claras y definidas de lo que eran desde el 4 de marzo, es decir, desde la asunción de la Presidencia por Roosevelt cuando había anunciado la “buena vecindad”, a la vez que afirmaba su oposición a cualquier injerencia en la soberanía de otros. La reserva añadía que el presidente había manifestado en las últimas semanas su voluntad de negociar con el Gobierno cubano el Tratado Permanente que estaba en vigor desde 1903.[5] Esta reserva fue incluida en la firma de la Convención y después en la ratificación

Esta especificación con el caso cubano muestra la situación de aquel momento. El delegado cubano, Ángel Alberto Giraudy había intervenido el 13 de diciembre en la discusión de la Convención en respuesta al delegado colombiano, quien había afirmado que la nueva política de Estados Unidos se advertía en la no intervención en Cuba. Frente a esto, el cubano denunció con fuerza la política que estaba siguiendo Estados Unidos en el caso cubano:

Pero no es posible permanecer callado cuando se afirma que los Estados Unidos no quieren intervenir en Cuba, porque esto no es cierto (…) si no es intervención el consentir que en un pueblo inerme un representante de los Estados Unidos soliviante a parte del pueblo contra el gobierno; si no es intervención el consentir que el embajador Welles propicie una revolución en Cuba en contra de los intereses vitales del país –y no lo afirmo yo, sino que el ilustre representante del Uruguay en La Habana, un hombre de circunspección tal como el señor Fernández y Medina, acaba de afirmarlo–, si no es intervención rodear la Isla inerme de una escuadra pavorosa para tratar de imponerle un gobierno que no queremos consentir, si eso no es intervención, entonces no hay intervención en América, señores delegados.

(…) en nombre del pueblo de Cuba, en nombre de la libertad sojuzgada, en nombre del derecho pisoteado, y en nombre de la virtud escarnecida, proclamo aquí que los Estados Unidos están interfiriendo en los problemas de Cuba, (…).[6]

Por otra parte, la afirmación de las intenciones de negociar el Tratado Permanente, estaban condicionadas por las declaraciones de Roosevelt en Warm Springs el mes anterior, cuando había expresado claramente que eso se haría cuando existiera un gobierno que evidenciara estabilidad, con lo que se descalificaba al existente.

La situación con Cuba era complicada, la isla estaba rodeada por 29 buques de guerra norteamericanos, por lo que el gobierno roosveltiano debió justificar esta acción, para lo cual había enviado Instrucciones a sus misiones diplomáticas y consulares en América Latina y otros países de Europa y Asia, con la siguiente explicación:

Este Gobierno, en vista de las condiciones de disturbios en Cuba, ha enviado barcos a ese país solamente como medida de precaución y no hay la perspectiva de intervenir o interferir en los asuntos internos de Cuba. Es nuestro deseo formal que los cubanos por sí solos resuelvan sus propias dificultades y que puedan formar un gobierno capaz de mantener el orden. Nosotros no hemos intentado, ni lo haremos, influir en los cubanos en cualquier manera, a escoger los individuos para el gobierno.[7]

Sin duda, había un contexto muy diferente a la conferencia anterior, en 1933 el discurso cubano se atrevía a enfrentar la voz de la gran potencia lo que obligaba a maniobrar de otra manera.

Esta VII Conferencia aprobó otros mecanismos como la creación de símbolos de la Unión Panamericana que incluían la construcción del faro conmemorativo de Colón en República Dominicana y la bandera interamericana, y también se buscó establecer determinados referentes identitarios del panamericanismo a través del pensamiento de figuras simbólicas como Simón Bolívar.[8] Al mismo tiempo, reiteraba el reconocimiento al descubrimiento científico en bien de la humanidad de Carlos J. Finlay.

En el mensaje anual de Roosevelt al Congreso, en enero 3 de 1934, se refería a esta Conferencia en los siguientes términos:

La delegación que representó a los Estados Unidos ha trabajado en estrecha cooperación con las otras Repúblicas Americanas reunidas en Montevideo para hacer de esa conferencia un sobresaliente éxito. Espero que hayamos esclarecido a nuestros vecinos que buscamos juntos evitar en el futuro la expansión territorial y la interferencia de una nación en los asuntos internos de otra. Además, todos estamos procurando la restauración del comercio por vías que eviten la construcción de un amplio y favorable balance comercial de una sola nación a expensas de débitos comerciales de otras naciones.[9]

Sin embargo, ese mismo mes se producía un golpe de Estado en Cuba, en el cual la embajada estadounidense había tenido una función fundamental. Sin duda, el gobierno presidido por Grau tenía múltiples contradicciones en su interior, pero representaba una voz discordante en el contexto continental, que resultaba inadmisible.

[1] En Miriam Fernández (comp.): Selección de Lecturas Pensamiento Político Cubano II. Universidad de La Habana, Ciudad de La Habana, 1986, p. 204

[2] Citado por Jorge Núñez, “Los Estados Unidos contra América Latina XXV. La era de Roosevelt”, en Nueva (separata) s/e, s/f

[3] Los documentos de la VII Conferencia Panamericana están tomados del sitio http:// biblio2.colmex.mx/coinam/coinam_1889_1936 (consultados el 7 de febrero de 2013)

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] El texto de este discurso puede verse en Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1980, T IV, primera parte, p. 160 .

[7] Benjamin Sumner Welles Hora de decisión. Ed. Suramericana, Buenos Aires, 1941, p. 238

[8] Por acuerdo resolutivo, se autorizó a la Unión Panamericana que elaborara una Memoria de las ideas de Bolívar y después de otros estadistas que llevaran a la cristalización de tales ideas en el Pacto de Confederación Americana y todo lo que “pueda suministrar luz sobre las ideas bolivarianas y sus posibilidades prácticas”.

[9] www.presidency.ucsb.eduhttp://www.presidency.ucsb.edu (consultado el 7 de febrero de 2013)

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