De las Vacas Gordas a las Vacas Flacas

De las Vacas Gordas a las Vacas Flacas

Mientras tanto, una ya inflada prosperidad, llevada por su desaforado impulso, seguía en ascenso de especulaciones y despilfarros, sin que los favorecidos y aupados hiciesen caso de los sombríos vaticinios de ciertos economistas –puritanos aguafiestas cuyas voces de sibilas calculadoras desentonaban en el confiado coro de quienes cantaban los gozos de una ficción cada día renovada. Porque en ficción se vivía. Sin percatarse de ello, (…).

(Alejo Carpentier: El recurso del Método)

La Danza de los Millones (o Vacas Gordas, como también se le llamó) que vivieron algunos sectores de la sociedad cubana durante la Primera Guerra Mundial parecía eterna. El precio del azúcar subía, se vivía una orgía de gastos, se tomaban préstamos sobre la futura zafra azucarera y seguían los grandes gastos alegres. El año 1920 se inició con excelentes augurios: ¡22 ½ centavos la libra en mayo!, pero siguió el momento del gran desplome.

La bonanza del azúcar había incentivado las inversiones en ese sector, de manera que en 1919 había en Cuba 209 centrales, de los cuales 71 eran cubanos y 68 estadounidenses, el resto eran españoles (41), cubano-españoles (13) y unos pocos franceses (5), ingleses (4), cubano-americanos (2), 2 haitianos, 1 suizo y 1 español-francés. Estas cifras completan su importancia con el peso de unos y otros en la producción: los de propiedad norteamericana produjeron el 51,3%, mientras los cubanos el 22,8% y los españoles el 17,3,[1] Es ostensible, por tanto, que las fábricas más eficientes y con mayor capacidad productiva eran estadounidenses, que así dominaban este rubro fundamental de la economía monoproductora cubana.

Según los datos que aporta Oscar Pino Santos, de los centrales adquiridos por el capital estadounidense entre 1914 y 1924, 27 fueron por compra, 10 por vía judicial y solo 10 por construcción nueva.[2] Es decir, que la mayoría ya existían y pasaron a manos norteñas en esa coyuntura.

El creciente dominio de la industria azucarera por el capital monopolista estadounidense se vio acompañado por el crecimiento del latifundio en manos de esos inversores. Las fábricas de azúcar iban de la mano con la adquisición de tierras para el cultivo de la caña, de manera que hubo empresas que llegaron a poseer miles de caballerías de tierra. La Punta Alegre Sugar Co., por ejemplo, que poseía unas 1 000 caballerías en 1915, en 1925 llegó a cerca de 10 000, entre propias, arrendadas y controladas; la Cuban American Sugar Co., tenía 11 613; la General Sugar Corp., más de 13 mil caballerías y la Cuba Cane Sugar Corp., más de 12 mil.[3]

Las ventas de azúcar se habían incrementado notablemente durante la guerra, pero Cuba vendía a precios controlados como aporte a la contienda; sin embrago, al firmarse la paz cesaron tales controles y Estados Unidos no negoció la compra global de la zafra siguiente. En esa circunstancia, se produjo una ola especulativa que disparó el precio del dulce rápidamente. Si bien no se calculaba que se mantuvieran los 22 centavos por libra de mayo, se consideraba que habría un precio promedio de 15 centavos, por lo que se tomaron préstamos sobre esa base. La Asociación de Hacendados de Cuba creó una Comisión de Ventas que retuvo el producto para provocar el alza de los precios, pero Estados Unidos tomó otra decisión: comprar, de manera urgente, a otros abastecedores.

Por otra parte, al cesar la situación bélica se normalizó el transporte y la producción mundial del dulce que, incentivada por los precios, creció vertiginosamente; de ahí que la ola especulativa que siguió al final del conflicto bélico desapareció rápidamente: los mercados se saturaron y el precio comenzó a bajar de manera brusca a partir de junio. En septiembre estaba a nueve centavos, en octubre a seis y en diciembre llegó a tres. Se hizo presente una crisis económica muy fuerte.

Enrique José Varona dijo entonces en carta al director de la revista Cuba Contemporánea:

(…) No previmos el agotamiento, el colapso que había de seguir al frenesí de la guerra. Quisimos echar, y echamos, la casa por la ventana.

El productor y el comerciante y el banquero no se contentaron con las grandes ganancias que se les entraban por las puertas, y se dieron a la especulación, esa lotería tan riesgosa y falaz como la que se pregona por las calles. El billete salió una vez y falló la segunda y definitivamente. Nos empeñamos sin reparo ni previsión, contrajimos deudas enormes, y no hemos podido pagar.

La consecuencia, que resultaba ineludible, ha sido el descrédito. La administración ha perdido el crédito, los negociantes han perdido el crédito. No pasa día sin que se marque por la catástrofe ruidosa de un banco, de una compañía, de un hombre de negocios. Y el remedio que más se preconiza es apelar en mayor escala al crédito. Es decir, a lo que no se tiene.[4]

La crisis de posguerra tuvo una afectación tal que el balance comercial resultó desfavorable para Cuba en menos 79 342 000 pesos en 1921. Esta crisis no era un problema exclusivo de Cuba ni solo azucarero, fue parte de los reajustes de posguerra, pero en el caso cubano tuvo efectos dramáticos. Las fabulosas cifras de exportación y de saldo comercial habían desaparecido.

El rápido descenso de los precios del azúcar provocó una reacción en cadena, especialmente en la actividad bancaria: los depositantes acudían a retirar sus depósitos, los bancos exigían el pago de los préstamos concedidos y los deudores no podían liquidar sus deudas. El 6 de octubre se produjo un pánico bancario y el caos fue tal que el 10 de octubre el gobierno decretó una moratoria bancaria, que se prorrogó el 1º de diciembre hasta el 31 de enero. Había estallado la crisis de posguerra y se acudió, una vez más, a un experto norteamericano: el 6 de enero llegó Enoch Crowder como enviado especial del presidente norteño, acompañado de Albert Rathbone, ex subsecretario del Tesoro quien, de hecho, asumió funciones de secretario de Hacienda por dos semanas, al cabo de las cuales redactó un memorándum con sus recomendaciones y partió para Nueva York, desde donde envió la factura de $50 000 por sus servicios.

El resultado de esta presencia fueron las llamadas “leyes Torriente”, osea, la Ley de Liquidación de la Moratoria del 27 de enero de 1921, y la creación de la Comisión de Legislación Bancaria y la Comisión Temporal de Liquidación Bancaria por leyes del 31 de enero. El efecto de tales medidas fue la quiebra en cadena de bancos en el mes de marzo y, en mayo, el cierre de la mayoría de los bancos cubano-españoles. Como símbolo de aquel momento terrible quedó el suicidio de José López Rodríguez, español conocido por el sobrenombre “Pote”, dueño del llamado Banco Nacional.

Esta crisis caía sobre una población que había crecido de 1 572,797 habitantes en 1899 a 2 889,000 en 1919, con una fuerte inserción de inmigrantes españoles, antillanos y de otras regiones en menor medida, lo que hacía más complejo el conjunto de contradicciones dentro de la sociedad. La frustración y los conflictos sociales se expresaron, entre otros síntomas, en el crecimiento del índice de suicidios, que en 1922 llegó a ser el más alto del mundo con 400 por millón de habitantes, así como el incremento progresivo de la delincuencia, con una tasa de homicidios de 32,6 por cien mil habitantes en 1920.[5]

La crisis de 1920 a 1921, iniciada por la caída de los precios del azúcar, marcó de modo indeleble a la sociedad cubana. El historiador estadounidense Leland Jenks valoró la importancia de esta crisis diciendo que “ningún episodio de la historia de Cuba ha sido tan dramático, funesto y complejo como este.”[6] Julio Le Riverend, por su parte, destacó lo que esta crisis reveló acerca de la economía cubana en general:

(…) no hay en la historia republicana de Cuba hechos más ilustrativos de la debilidad de nuestra estructura económica que los que caracterizan a la crisis deflacionaria de 1920-21. Ellos son los que ponen a la luz del día las graves consecuencias que tenía la estrecha vinculación de la economía cubana con la economía norteamericana a causa de la producción y el comercio particularmente exclusivo de azúcar.[7]

La situación de la industria azucarera provocó la crisis de la economía cubana en su conjunto, poniendo en evidencia los problemas de la estructura económica y, por tanto, su debilidad, pero también completó la supeditación al capital norteamericano. La banca estadounidense se adueñó casi completamente de ese campo.

Bancos en Cuba: cubanos y extranjeros

(1916-1925)

              Años         Bancos nacionales     Bancos extranjeros

1916                       122                          26

1920                       320                           74

1925                       67                             93

Tomado de: Alberto Arredondo: Cuba: tierra indefensa. Ed. Lex, La Habana, 1945, p. 319

Por la vía de la ejecución judicial, hubo empresas endeudadas cuyas propiedades pasaron a los bancos acreedores, fundamentalmente norteamericanos como el National City Bank of New York que adquirió por esta vía 10 centrales.

Se iniciaba una época muy conflictiva para la economía cubana, sujeta a la monoproducción y monoexportación azucarera, dependiente de un mercado que dejaba de crecer para el dulce cubano. Sería un problema a resolver para las distintas fuerzas de la sociedad cubana.

[1] Luis Valdés Roig: El comercio exterior de Cuba y la Primera Guerra Mundial. Imprenta “Avisador Comercial”, Habana, 1920, pp. 206 y 217

[2]Oscar Pino Santos: Cuba Historia y Economía. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1984, p. 384

[3]Pino Santos. Ob. Cit., pp. 430, 431 y 435

[4]En Cuba Contemporánea. La Habana, julio de 1921. A IX, No. 103, Tomo XXVI, p. 198

[5] Ver el análisis de Jorge Ibarra Cuesta en: “La sociedad cubana de las tres primeras décadas del siglo XX” en Instituto de Historia de Cuba: Historia de Cuba. La Neocolonia, organización y crisis. Editora Política, La Habana, 1998.

[6]Leland H. Jenks: Nuestra colonia de Cuba. Edición Revolucionaria, La Habana, 1966, p. 216.

[7] Julio Le Riverend: Historia económica de Cuba. Ed. Nacional de Cuba, La Habana, 1965, pp. 236-237.

 

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