La Constituyente de 1900-1901 en el debate de la nación

La Constituyente de 1900-1901 en el debate de la nación

La ocupación militar de Cuba por Estados Unidos comenzó oficialmente el 1ro de enero de 1899, con lo que se iniciaba la búsqueda de una fórmula de dominación sobre la Isla que contemplaba, por parte de algunos grupos decisores, la anexión; pero en 1900 el poder interventor tuvo que buscar una vía nueva para lograr su objetivo pues la resistencia cubana hacía imposible esa solución. En tal circunstancia, se decidió convocar a elecciones para delegados que tendrían la obligación de redactar y aprobar una Constitución para Cuba y, como parte de ella, acordar con el de Estados Unidos las relaciones que debían existir entre este y el Gobierno cubano (aún no existente). Era la Orden No. 301. Independientemente del rechazo generalizado a la inclusión de las relaciones como parte de aquella labor, se llevó a cabo el proceso electoral.

Las normas dispuestas por el gobierno de ocupación militar buscaban privilegiar el voto conservador por la vía de restringirlo; es decir, que solo tenían derecho a ejercer el sufragio los varones, mayores de 21 años, que tuvieran un capital mínimo de 250 pesos, que supieran leer y escribir o que hubieran integrado el Ejército Libertador. De manera que muchas de las personas con la edad requerida no tenían acceso a las urnas. Además, se había introducido otro elemento para dar mayor espacio a las fuerzas conservadoras: la representación de las minorías. A pesar de tales limitaciones al voto popular, las expectativas ante aquella reunión eran inmensas.

De los 31 delegados electos, 13 eran mayores generales del Ejército Libertador, además de coroneles que habían servido en ese cuerpo o que habían recibido una homologación por sus servicios en otras esferas. Esto evidencia el arraigo de los independentistas en la población en general. En aquel grupo, por otra parte, 22 eran profesionales, lo que mostraba la unión del capital simbólico del mambisado con el capital social en las preferencias del voto. La excepción más evidente en la composición fue el ex autonomista Eliseo Giberga, quien estaba por la minoría. En general, la absoluta mayoría procedía de las filas del independentismo, aunque con diversos grados y escenarios de participación, así como de tendencias en cuanto a qué tipo de nación aspiraban.

Acerca de lo que se esperaba de aquel cónclave, pudiera tomarse como índice la encuesta de septiembre de 1900 publicada por el semanario ilustrado El Fígaro. Entre las personalidades incluidas, fundamentalmente delegados o suplentes, se aprecian pocas definiciones claras de lo que debía resultar de aquellas discusiones; la mayor coincidencia radicó en el objetivo de hacer la República libre e independiente, con referencias a los anhelos de libertad del pueblo cubano. Muchos de los encuestados se remitían a la Resolución Conjunta del Congreso estadounidense de abril de 1898, lo que puede verse como un recordatorio del compromiso que aquella establecía con la libertad e independencia del pueblo cubano, mientras hubo quienes reiteraban expresiones de gratitud a Estados Unidos. Algunos fueron más específicos, como Martín Morúa Delgado, quien afirmó su confianza en el “sentido práctico” sobre el “idealismo insustancial”, o Joaquín Quílez que planteaba su ideal de república moderna: “Unir la libertad con el orden y el progreso debe ser nuestra suprema aspiración. Sólo así construiremos Patria.”[1] En sentido general, la aspiración de mayor coincidencia fue la de la república independiente sin mayores precisiones de contenido; solo Enrique Villuendas fue un poco más allá al decir que aquella Convención “consagrará la libertad política de Cuba”, a lo que añadió que era necesario también consagrar su independencia económica. Por tanto, en las perspectivas de los delegados y los suplentes se prefiguraba el objetivo que resultaba más común: la independencia; pero no se perfilaba qué tipo de república se aspiraba a delinear en la Constitución, qué nivel de inclusión o exclusión, qué elementos de subversión del orden colonial podrían incorporarse o no. No se explicitaba lo que podía ser un programa revolucionario, aunque fuera mínimo; tampoco las condiciones eran propicias para esclarecer mucho, por cuanto la circunstancia de país ocupado pesaba de manera extraordinaria.

Las sesiones de la Constituyente se iniciaron el 5 de noviembre de 1900 y es de significar que en todas las intervenciones se mantuvo como aspiración común la independencia. Sin embargo, en las actas de las sesiones se aprecia un alto ambiente de incertidumbre, desacuerdos y recelos en muchas direcciones, tanto al interior de los miembros de la Asamblea, como hacia lo que el poder externo podría exigir. Este ambiente se manifestó desde la discusión inicial del Reglamento que debía regir aquella reunión hasta el cierre de la convención.

A propuesta de José Braulio Alemán, se adoptó interinamente el reglamento de La Yaya, lo que fue aplaudido y aprobado por unanimidad. En su presentación, Alemán afirmó que “esta Convención no es más que una continuación del ideal de la Revolución”;[2] sin embargo no se encuentra una definición del alcance de aquella revolución, sino que generalmente se asume como sinónimo de la guerra.

Eliseo Giberga fue quien, proclamando su carácter conservador, definió lo que podía ser una aspiración revolucionaria en la Constituyente para negar su pertinencia. En ocasión del debate en torno a las actas de La Habana, el 16 de noviembre, el ex autonomista y ahora miembro del Partido Unión Democrática, se ufanó de representar al conservadurismo y afirmó:

Yo entiendo que la Revolución separatista no fué (sic) más que un movimiento político que tenía un fin único: el de hacer nuestra independencia poniendo término á (sic) la soberanía de España en Cuba.

(…) La fórmula de independencia fué (sic) su sola bandera. Ni anunció ni tuvo el propósito de traer una revolución en la esfera religiosa, de producir una subversión del orden social que existía, de reformar nuestras instituciones jurídicas fundamentales, de alterar las condiciones históricas en que se desenvolvió nuestra vida colectiva: no quiso, en una palabra, trastornar y trastocar esta sociedad (…).[3]

Giberga estaba definiendo lo que sería contenido de una revolución para negar su existencia como objetivo en el período de guerra y, sobre todo, para negar su presencia en los debates constitucionales, argumentando que extender la revolución en esa dirección subversiva del orden establecido era “insensato, perturbador y suicida”. Lo curioso del asunto es que no fue ripostado por ninguno de los delegados en ese punto; solo Manuel Sanguily lo hizo, pero para rechazar la comparación de conservadores y jacobinos y defender el criterio de la responsabilidad de la Revolución Cubana “y su interés en mantener en la Isla de Cuba el orden y la justicia, por lo que he pensado de ella que es la única fuerza real, positiva y sinceramente conservadora del país.”[4]

En aquellos debates preliminares también aparece la primera alusión a José Martí, pero de manera ocasional, cuando Eudaldo Tamayo hizo referencia a la sede de la Convención: “(…) La Intervención tomó este teatro, y antes de saber lo que pensaron acordar los Delegados, manifestó que las sesiones de la Convención se celebrarían en el teatro Irijoa, mejor dicho, en el teatro Martí, en el teatro de aquél que fué (sic) el alma de nuestra Revolución, que preside nuestras sesiones con su mirada inteligente y penetradora, y aun más que con su mirada, con todo su amor, para infundirnos la fe que animaba su espíritu excelso en los altos y gloriosos destinos de la patria (…).”[5] Martí fue referencia circunstancial para exaltar su amor y sacrificio, pero no para establecer el contenido de su proyecto revolucionario.

Entre los temas más debatidos en la asamblea sobre los contenidos de la Constitución tenemos: si se discutían primero o no las relaciones bilaterales, lo que se acompañaba de las expresiones de duda acerca de si se alcanzaría la plena soberanía; la invocación a Dios; la separación de la Iglesia del Estado; la creación de un estado centralista o federalista cuyo debate fue bastante dilatado; pero sin duda el principio del sufragio universal concitó las más prolongadas discusiones ya que se extendieron a la forma de elección del Presidente, el Vicepresidente y los Senadores y durante el debate y aprobación de la Ley Electoral. En todo momento, sin embargo, había una constante recurrencia al poder interventor, lo que este permitiría o no, por lo que ese fue el asunto que con mayor frecuencia se repitió a lo largo de las sesiones.

El discurso inaugural de Leonard Wood había introducido una variante, cuando expresó que la fórmula de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos “será completamente distinta de la redacción de la Constitución Cubana”, lo que fue aplaudido por los asistentes.[6] El cambio se había incorporado en una nueva orden, la No. 455. A pesar de tal variante, el asunto estaba continuamente en las intervenciones de los delegados sobre distintos temas, en lo que se sucedían expresiones de incertidumbre, de necesaria gratitud, de realizar acuerdos de amistad, hasta la afirmación de que no se podían hacer concesiones inaceptables para el pueblo cubano.

Los debates de la Asamblea Constituyente entre 1900 y 1901 fueron seguidos por los ciudadanos con posibilidad de hacerlo, mediante la lectura de la prensa o mediante su presencia en las sesiones públicas. Se esperaba la definición para entrar en el camino del estado nacional cubano.

En las sesiones preponderó la discordia, el enfrentamiento, en muchos momentos la incertidumbre y la confusión entre los delegados; pero lo que no estuvo presente fue un proyecto revolucionario coherente, de carácter anticolonial, popular, por parte del independentismo representado allí de manera mayoritaria. Finalmente, se aprobó una Constitución liberal que se movió dentro de presupuestos generalmente conservadores. Quedaría pendiente el debate sobre las relaciones con Estados Unidos, lo que sería otro tema a considerar. El asunto de total coincidencia en la Asamblea Constituyente de 1900-1901 fue la definición republicana y la defensa de la independencia y la soberanía. Estos eran asuntos fuera de toda discusión o duda.

[1] Todas las respuestas en El Fígaro, 23 de septiembre de 1900. A XVI, No. 35, pp. 422-429

[2] Todas las citas de las discusiones y acuerdos de la Asamblea Constituyente están tomadas de Diario de Sesiones de la Convención Constituyente de la Isla de Cuba, Imprenta El Fígaro, La Habana, 1900-1901

[3] Ibíd., p. 46 (se ha respetado en todos los casos la ortografía de la época plasmada en el texto del Diario de Sesiones)

[4] Ibíd., p. 52

[5] Ibíd., p. 95

[6] Ibíd., p. 2

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