El Generalísimo en la capital: la fuerza de un símbolo

El Generalísimo en la capital: la fuerza de un símbolo

El 24 de febrero de 1899, el General en Jefe, el Generalísimo, el Chino Viejo, como indistintamente se le denominaba, entró en la capital cubana. Era el último de los grandes libertadores del siglo XIX americano que culminaba un importante itinerario desde su campamento al término de la guerra que, al mismo tiempo, servía de evidencia de los sentimientos del pueblo cubano. El recibimiento fue apoteósico. Los cubanos reconocían en él al símbolo vivo del independentismo y así lo expresaban en aquella multitudinaria demostración.

Máximo Gómez había servido a Cuba con entrega extraordinaria durante la Guerra de los Diez Años, luego había partido a la emigración pues no podía vivir en la tierra dominada por quienes había combatido con tanto denuedo. En su estancia por otros países americanos, en especial en su natal Santo Domingo, había estado siempre en disposición de continuar aquella lucha. En 1895 había llegado a Cuba en su condición de General en Jefe del Ejército Libertador, electo por mayoría “rayana en unanimidad” por los militares graduados en la guerra anterior, como diría José Martí. Ahora, entraba por primera vez en la capital cubana, pero en condiciones muy inciertas para el país al que había servido como propio.

Para entender el estado de ánimo y el propósito con que el General en Jefe llegó por primera vez a La Habana, es necesario recordar algunas de sus apreciaciones acerca de la situación que se había creado en Cuba con la intervención norteamericana en la guerra hispano-cubana y su desenlace, lo que plasmó en algunos pocos documentos personales y en el más personal aún Diario de Campaña. El 20 de diciembre de 1898, cuando ya se había firmado el Tratado de París por el cual España había renunciado su soberanía sobre Cuba y esta pasaba a ser ocupada militarmente por la potencia que había emergido vencedora en aquella contienda, Gómez respondía a Edmond S. Meamy, en Washington, acerca de la posible escritura de esa historia, con la consideración de que sería arduo hacerlo “sin lastimar intereses de la República Americana”. Esto lo decía por “la conducta dudosa y poco humana de los hombres del Norte”, debido a que habían contemplado indiferentes el sacrificio del pueblo cubano, primero, y después intervinieron y lo cobraban “con la humillante ocupación militar de la Tierra sin motivo racionalmente justificado.” Por eso afirmaba que había desaparecido la soberanía de España, pero “no es aún libre el cubano ni independiente la Tierra después de tanta sangre derramada.”[1] Evidentemente, el Chino veía con mucha desconfianza la presencia estadounidense en Cuba.

Habría que preguntarse, ¿cómo definió Gómez el objetivo fundamental a lograr en aquellas circunstancias? La respuesta permite entender su conducta en aquellos primeros y dudosos momentos. Las anotaciones en su Diario de Campaña pueden auxiliar en este propósito. El 8 de enero escribió, en ocasión de su entrada en Remedios y Caibarién:

(…) Hubo verdadera fusión entre todos los elementos de estos pueblos; política que me prometo acentuar, para salvar a este País, lo más pronto, de la tutela que se nos ha impuesto.

Los americanos están cobrando demasiado caro con la ocupación militar del País, su expontánea (sic) intervención, en la guerra (…)

Yo soñaba con la Paz con España, yo esperaba despedir con respeto a los valientes soldados españoles (…). Pero los americanos han amargado con su tutela impuesta por la fuerza, la alegría de los cubanos vencedores; y no supieron endulzar la pena de los vencidos.

(…) el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía.[2]

Esta apreciación es absolutamente coherente con la carta que había enviado a la Comisión Ejecutiva de la Asamblea de Representantes, radicada entonces en Marianao, en la que calificaba el momento de “trascendentalmente grave para el porvenir de la República” y exhortaba a que ese cuerpo pasara a “determinar a seguidas la constitución de la República de Cuba.” Gómez veía en esa acción “el único medio de concluir la labor y despedir al poder extranjero –para mi injustificable y que a la larga constituye un peligro para Cuba– que ejerce en esta Tierra.” Entendía que si había motivos que impedían alcanzar la plena soberanía, “orillemos aquellos hasta conjurarlos, y no levantemos manos de la obra hasta tanto dejarla terminada.”[3]

Gómez hacía las consideraciones referidas en documentos particulares, pero en los que daba a la publicidad tenía más cautela, sin dejar de fijar posición. Así puede verse en la conocida “Proclama del Narcisa”, dirigida desde ese central al pueblo cubano el 29 de diciembre de 1898, cuando estaba a punto de terminar la transición entre el poder español y el norteamericano, y Cuba “ni libre ni independiente todavía” pasaría a ser gobernada por Estados Unidos. Entonces, decía al pueblo:

La cesación en la Isla del poder extranjero, la desocupación militar no puede suceder entretanto no se constituya el gobierno propio del país, y a esa labor es necesario que nos dediquemos inmediatamente para dar cumplimiento a las causas determinantes de la intervención y poner término a ésta en el más breve tiempo posible.[4]

Como puede apreciarse, Máximo Gómez estaba siguiendo un patrón de conducta con propósitos definidos en aquellos primeros momentos de tanta incertidumbre. No es casual que el gobierno de Estados Unidos decidiera acercarse al viejo general para tratar de eliminar sus aprensiones, de ahí la llegada de Robert P. Porter, como enviado personal del presidente McKinley, acompañado de un hombre que podía ser de confianza para el experimentado mambí como Gonzalo de Quesada, quienes lo visitaron en su campamento en Yaguajay en febrero de 1899.

En enero, Gómez había escrito a María Escobar que si ella y él no aceptaban “ni aunque sea por un momento la tutela impuesta, así habrá mucho carácter libre y espíritu ilustrado que piense y sienta como nosotros (…).” Para esa fecha, ya había considerado que tendría que ir a La Habana y así lo dice en la carta, ya que “mi proclamita ha soliviantado los ánimos pues parece que gentes (sic) no sabían que Cuba no es libre y no hemos hecho más que cambiar de amo”; pero sabía que tenía que andar “en esta cuestión con pies de plomo”, ya que, decía, por el carácter de “nuestro pueblo puede enturbiar el agua, yéndose demasiado adelante o quedando atrás.”[5]

Los documentos del mes de enero, las cartas personales de Gómez dirigidas a combatientes independentistas insisten en la idea de que Cuba no era libre ni independiente todavía y en la necesidad de trabajar para que lo fuera, logrando la salida del poder interventor con la instauración de la República de Cuba. Era en extremo dolorosa esa situación y así lo dice al viejo luchador José Dolores Poyo, pues estaba ante la última prueba que no había esperado de “sufrir con paciencia la humillación más triste e injusta impuesta por la fuerza”, pues “aún somos extranjeros en nuestra propia tierra”, y para ilustrar esa situación le incluía una página de su Diario de Campaña en la que había volcado ese sentimiento, y su apreciación de que para los americanos era un gran negocio.[6]

En la línea que diseñó Gómez para acortar lo más posible la ocupación de Cuba debe situarse su entrada en la capital.

El 23 de febrero de 1899, el glorioso mambí entró por la Calzada Real (hoy avenida 51, en Marianao) y esperó al 24 de febrero para irrumpir en la ciudad. Se trataba de una fecha simbólica que por primera vez los cubanos podían celebrar públicamente y, sin duda, era importante mostrar el respeto y el apego a la misma. La presencia del gran libertador levantó entusiasmo extraordinario, lo que se expresó en la muchedumbre que acudió a darle el recibimiento, en la prensa y también en las canciones y poemas que se compusieron en tan significativa ocasión. “Canitel” compuso “Entrada en La Habana del Generalísimo Máximo Gómez General en Jefe del Ejército Libertador” donde decía que cantaba con el alma “al anciano que en la guerra/ sufrió rigores con calma” y afirmaba en esa ocasión los símbolos más preciados:

Tú, que llegas hoy aquí,

De Cuba el mayor guerrero;

En ti yo el alma venero

De aquel glorioso Martí.

Con ardiente frenesí

Hoy estrecharé tu mano,

Que á todo el pueblo cubano

Pusiste en Revolución,

Para dar la redención

Al suelo republicano.

Y terminaba afirmando: “Y esa estrella que engalana/ El triángulo bendito,/ Nos está pidiendo a grito/ La República Cubana.”[7] La prensa también recogió composiciones poéticas dedicadas al héroe como la de Martina Pierra viuda de Poo, “A nuestro invicto y querido General Máximo Gómez”, que terminaba:

¡Viva Gómez, el valiente

ídolo de mis hermanos!

¡Vivan los héroes cubanos!

¡Viva Cuba independiente![8]

La entrada de Máximo Gómez en La Habana el 24 de febrero de 1899, por tanto, tenía toda la fuerza de lo simbólico, en medio de una situación muy comprometida para el pueblo cubano. El viejo general que había dedicado su vida a la independencia de Cuba, realizaba así un acto que estaba dentro de la línea de acción que se había trazado: hacer todo lo que fuera posible para abreviar la presencia extranjera en Cuba, lograr la salida de las fuerzas de ocupación.

[1] En Yoel Cordoví: Máximo Gómez. Utopía y realidad de una República. Editora Política, La Habana, 2003, p. 187

[2] Máximo Gómez: Diario de campaña. Instituto del libro, La Habana, 1968, pp. 370-372

[3] En Cordoví. Ob. Cit., p. 188

[4] En Rafael Martínez Ortiz: Cuba. Los primeros años de independencia. Editorial “Le Livre Libre”, París, 1929, Primera parte, tercera edición, p. 33

[5] En Cordoví. Ob. Cit., p. 191

[6] Ibíd., pp. 193-195

[7] La nueva lira criolla. Guarachas, canciones, décimas, canciones de la guerra por un Vueltarribero. Habana, Imprenta y librería “La Moderna Poesía”, 1903, 5ta edición aumentada, p. 164-166

[8] El Fígaro, 2 de abril de 1899, A XV, No.13, p 80

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