Echemendía: “El folclor requiere  de atención especializada”

Echemendía: “El folclor requiere de atención especializada”

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“Llevar la realidad mágico-religiosa a las tablas, tal y como es, ocasiona confusión, incoherencia y monotonía...”, afirmó Reinaldo Echemendía. Foto: René Pérez Massola
“Llevar la realidad mágico-religiosa a las tablas, tal y como es, ocasiona confusión, incoherencia y monotonía…”, afirmó Reinaldo Echemendía. Foto: René Pérez Massola

El Ballet Folclórico de Camagüey (BFC), que dirige el maestro Reinaldo Echemendía Estrada (Camagüey, 1956) realizará el fin de semana (jueves 12 al sábado 14 de junio), en el Teatro Principal de esa ciudad, el estreno mundial de Sab, pieza recreada en la novela homónima de la poetisa y escritora precursora del romanticismo hispanoamericano, Gertrudis Gómez de Avellaneda (Camagüey, 1814-Madrid,1873)[1], con motivo del bicentenario de su natalicio.

Tal acontecimiento sobre una de las obras más conocidas de Tula[2], nos instó a viajar hacia aquella vetusta urbe, actualmente en fascinante proceso de renovación de su patrimonio arquitectónico en ocasión del medio milenio de su fundación. En lo que fue uno de los cines más elegantes del pasado siglo, el Alcázar, hoy prácticamente convertido en ruinas y sede del BFC, encontramos a su director, sobresaliente figura de la cultura camagüeyana, asimismo reconocido por su notable carrera como clarinetista y por sus laureadas coreografías y composiciones musicales, muchas de ellas inspiradas en tradiciones campesinas y afrocubanas.

La multifacética trayectoria artística de este ingenioso y amigable mulato, hijo de Changó y Oru Argayú e incansable investigador del folclor, trasciende en la puesta en escena de Sab, en la que es responsable, amén de la dirección artística y general de la compañía, del diseño de la banda sonora y de sus arreglos musicales. A Reinaldo además se deben la dramaturgia y el guion de lo que, a juzgar por quienes han asistido a los ensayos, constituirá histórico suceso de la cultura nacional, no solo por la rítmica y enjundiosa concepción de las coreografías, sino además por la calidad interpretativa de los bailarines, cantantes y músicos del BFC.

Echemendía, graduado en la Escuela Nacional de Arte y del Instituto Superior de Arte —en clarinete—, ha dedicado más de 30 años de su vida al estudio, promoción y escenificación del folclor. En el aniversario 40 de su vida artística, asumió el difícil reto de representar el relato escrito en 1841 por la Avellaneda, el cual trata sobre la situación de los cautivos y las mujeres del siglo XIX cubano[3], a partir de la historia del esclavo Sab, y su peligrosa relación con Carlota, la hija de su amo.

Para el también fundador de la Banda de Música de la Policía Nacional Revolucionaria en Camagüey, los grupos que cultivan el folclor “deben de estar mejor atendidos y mejor representados”. Es un género, afirmó, cuyas músicas y coreografías “no pueden quedarse en la superficie. Por eso es importante que sus integrantes tengan profundos conocimientos de lo que están haciendo, y es muy bueno que provengan de barrios con fuertes raíces folclóricas”.

Durante nuestro diálogo en el devastado lobby del Alcázar, el director general del BFC afirmó que “el folclor requiere de atención especializada, de expertos capaces de examinar y dirigir proyectos encaminados a preservar las expresiones musicales y los bailes, así como que rescaten aquellos que no se conocen y forman parte del patrimonio local”. Y puso de ejemplo que en Camagüey existen diferentes tipos de congas, mientras el zapateo es distinto en cada municipio.

“Esa es una de las razones por las que estoy luchando, junto a un grupo de compañeros, entre ellos reconocidas figuras como Manolo Micler, director del Conjunto Folclórico Nacional; Juan García, asesor del Grupo JJ; y Antonio Pérez, director del grupo Cocoyé, por crear una Asociación Nacional de Artistas Folclóricos encargada de una real y seria protección de nuestra identidad y que ponga fin a las barbaridades que se ven en algunos espectáculos, sobre todo en los destinados al turismo. En el orden profesional, nos debemos organizar y velar porque las compañías dedicadas a cultivar el folclor cumplan los preceptos histórico-culturales que caracterizan a este tipo de escenificación”, precisó.

Echemendía recalcó que una cosa es el portador natural y otra el espectáculo artístico, el cual, para ser llevado al público, debe respetar códigos bien definidos. “Hay que basarse en los principios de la ‘teatralización del folclor’, expuestos por Ramiro Guerra. Debe de existir un orden escénico y una proyección corporal que sobresalga por la calidad del lenguaje técnico, en concordancia con una investigación previa que sostenga la puesta en escena”, dijo.

Afirmó que “las diferentes manifestaciones puras de la santería yoruba, el espiritismo, el vudú y otras, están en los barrios, en las comunidades, como sucesos oriundos de sus culturas; pero cuando son recreados artísticamente hay que regirse por preceptos precisos, pasar por el tamiz del lenguaje escénico, pensado desde la creación teatral. Llevar la realidad mágico-religiosa a las tablas, tal y como es, ocasiona confusión, incoherencia y monotonía, en tanto es imposible alcanzar una dramaturgia que interese al espectador”.

Entre las obras más aplaudidas del BFC, fundado por Echemendía hace 23 años, se encuentran Kimbambulo (Reunión de Congos), con argumento extraído de la tradición de un cabildo congo de Camagüey; Iku lobi Ocha (La muerte parió el Santo), basado en el nacimiento, vida y muerte de un santero; Cordoneros, sobre los centros espiritistas de Camagüey; De Pascua a San Juan, recreado en las festividades carnavalescas de esa ciudad; y Suite de bailes cubanos, donde se entremezclan todos los géneros musicales nacionales, como la chancleta, el son, el mambo, el pilón, el pa´cá, el chachachá, el dengue, el mozambique, el changüí y la rumba.

Asimismo, el BFC, que ha ganado palmas en diferentes países de todos los continentes, cada año convoca al Festival Olorum, evento con carácter folclórico, único de su tipo en el país.

Inmerso en los ensayos de Sab, dejamos a Echemendía con sus bailarines, cantantes y músicos en el deteriorado Alcázar. En este nuevo proyecto de algún modo también están presentes sus imborrables recuerdos de la infancia, cuando en el Reparto Cristo aprehendía, entre bailes y toques de la santería yoruba, las profundas raíces que conforman su identidad, la de todos los cubanos, bajo la amorosa compañía de su primer gran maestro de clarinete, su padre, de profesión carpintero y prestigioso músico de la Banda Municipal de Camagüey, en la que el director general del BFC igualmente inició su carrera artística.

[1] La Avellaneda falleció en Madrid, pero se encuentra sepultada en Sevilla, según pidió en su segundo y último testamento.

[2] Gertrudis Gómez de Avellaneda era coloquialmente llamada Tula.

[3] Cuando la Avellaneda escribió Sab, en Cuba había unos 400 mil negros esclavos.

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