Un Salvador que salva

Un Salvador que salva

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Su esposa, Yolanda Pujol, le sirve de lazarillo ocasional. Llevan 66 años de casados. | foto: René Pérez Massola
Su esposa, Yolanda Pujol, le sirve de lazarillo ocasional. Llevan 66 años de casados. | foto: René Pérez Massola

Entre los rostros memorables de la televisión y el cine cubanos sobresale el de Salvador Wood, respetado actor que inició su vida laboral en la radio y que desde muy temprano mostró sus dotes de líder sindical.

Actualmente le cuesta andar, pero con la mente viaja en el tiempo. De ochenta y cuatro largos años es el camino que recorre de adelante hacia atrás, y viceversa, para regodearse hasta el detalle en los momentos más intensos o placenteros. Su esposa, Yolanda Pujol, le sirve de lazarillo ocasional: “Lo que se me olvida, ella lo recuerda”, reconoce y la mira con ternura y complicidad. Llevan 66 años de casados y han construido una hermosa familia a orillas del mar.

“Yo creo que ya no podría alejarme de este olor a mar”, confiesa como en un susurro y esa certeza es coherente con la historia de un hombre que nació el 24 de noviembre de 1928 en una ciudad costera como Santiago de Cuba y 26 años después echó anclas en el marinero poblado de Cojímar donde aún vive.

“Mi vida ha sido modesta, sencilla —dice con esa voz inconfundible que le nace de muy hondo— pero no está completa, a pesar de que en mayo de 1999 Fidel me colocó en el pecho la medalla de Héroe del Trabajo de la República de Cuba”.

Muy cerca de él, justo en la cabecera de su cama, un grabado le recuerda la fachada del edificio donde con apenas 14 años se inició como líder sindical. Allí participó de la fundación de la Asociación de Artistas de Oriente, que años después se fusionó con agrupaciones similares de otras provincias para crear la Asociación Cubana de Artistas.

“Los artistas jamás tuvimos vacaciones hasta que triunfó la Revolución —explica—, era riesgoso pues el que entraba a ocupar tu plaza se quedaba con ella, pero eso ni siquiera estaba en nuestros reclamos. Las luchas de entonces eran por el trabajo mismo y por salarios más justos.

“En ese momento estábamos fragmentados y esa fue una de las razones por la que nos inscribimos en la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC) sin ser sindicato. Éramos una Asociación y a diferencia de los torcedores, los azucareros o los electricistas que estaban mejor organizados, nosotros estábamos desunidos.

“Una de las acciones más brillantes de esa época fue la protesta por el cierre del Canal 2 que ocurrió durante el Gobierno de Fulgencio Batista. Esa vez sacamos los camiones para la calle y tuvimos el apoyo de otros sectores. Fue un momento tenso pues cuando los esbirros veían que la protesta era lidereada por los estudiantes o por los movimientos obreros, se ponían nerviosos y nos arrinconaban, nos cerraban el paso.

“Los dirigentes sindicales de hoy viven tiempos muy difíciles pero han adquirido una experiencia y un temple en la dirección que les permite prever las trampas del enemigo y defender la unidad que nos faltaba a nosotros”.

Este hombre, que delante de las cámaras ha sido científico, pescador, campesino…, es sobre todo un inspirador. Cuando ya no pudo disfrutar de la lectura, donó todos sus libros a la biblioteca de la escuela local. Recientemente decidió compartir con sus coterráneos parte de sus glorias, entregó al Museo de la Imagen de Santiago de Cuba sus medallas y la Réplica del machete mambí del Generalísimo Máximo Gómez. A su casa llegan, de vez en vez, los sindicalistas de hoy para alimentarse con su ejemplo, beber de su savia y crecer con el optimismo de un Salvador que salva.

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