La obra de un gran maestro

La obra de un gran maestro

“Te vemos con tus tesis por las fábricas,

las minas, y los puertos y los campos

como un viejo maestro de palabra sencilla

y pensamiento claro,

Haciéndote entender con tu mirada,

con el dibujo de tus manos,

con aquella voz enronquecida

de primeros de mayo,

de huelgas, de protestas, de clamores,

de convencer, paciente, a tus hermanos”.

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Vista de la sesión final del XIII Congreso. Por primera vez se realizaron “congresos” en cada centro de trabajo para analizar y debatir las tesis.

Así, en versos, plasmó el Indio Naborí el secreto del arraigo de Lázaro Peña entre los suyos, y así lo vieron también las masas laboriosas en aquel 1973, en que el veterano dirigente pareció multiplicarse en todas partes para compartir su sabiduría de tantos años de bregar. Ello lo convirtió en alma de un acontecimiento que hace cuatro décadas marcó un hito en la historia del sindicalismo cubano: el XIII Congreso de la CTC, efectuado del 11 al 15 de noviembre de ese año.

Fueron su experiencia y consagración en los meses que antecedieron a la cita y en su celebración misma, las que hicieron realidad el llamado de Fidel a reconstruir el movimiento sindical, —debilitado seriamente en aquellos años por una mala interpretación de su papel en el socialismo—, y revitalizar su quehacer y autoridad para que la organización de masas más importante de la Revolución tomara parte activa en el avance del país.

El viejo maestro dio numerosas lecciones a lo largo del proceso que culminó en la celebración del cónclave. La primera de ellas fue la necesidad de que los dirigentes sindicales estén preparados para guiar a los trabajadores en la materialización de las tareas reclamadas por la coyuntura histórica de la nación. Y esa enseñanza la impartió Lázaro como siempre lo hizo: con su propio ejemplo.

Fungía entonces como jefe de atención a las organizaciones de masas en el Comité Central del Partido. Los integrantes de la Comisión Organizadora del Congreso habían acumulado un gran volumen de información para elaborar las tesis; sin embargo, Lázaro, tan pronto se incorporó a ella, demostró su experiencia organizativa y su conocimiento del quehacer sindical y de la realidad laboral al sintetizar con rapidez en un solo documento las ideas fundamentales a tratar, que después le sirvió de base las tesis. Los que lo acompañaron en aquellas jornadas previas lo recuerdan redactándolas, durante horas y días, con su letra menuda, en blocks de papel gaceta, con un lenguaje sencillo, claro y asequible, hasta transformarlas en un verdadero programa de acción.

Otra gran lección del capitán indiscutible de los trabajadores, una vez retomado el mando sindical, fue de democracia. “Por muy grande que sea un congreso desde el punto de vista de los asistentes —dijo— no es representativo si no ha habido una discusión de la que participen miles en la base,” y con esa premisa se inauguró la práctica de que cada colectivo laboral tuviera su momento de análisis. Se realizaron así más de 40 mil reuniones con una cifra de trabajadores que rebasó el millón y medio.

Cada uno de estos “congresos” fue una clase de vinculación con las masas, de cómo el dirigente debía defender las posiciones de la Revolución convenciendo con argumentos sólidos, escuchando los criterios de todos para después hacer valer la opinión de la mayoría, y no imponiéndose desde su posición de conductor de la asamblea. Y una muestra de que en ellas todo el que lo quiso pudo expresarse libremente fue la duración promedio de siete horas de estos intercambios de base. Fueron encuentros complejos, en no pocos casos difíciles por la índole de los asuntos a tratar. Así los recordó Blas Roca, veterano dirigente comunista y compañero de luchas de Lázaro: “Muchísimas asambleas las comenzó con todo el mundo en contra y cuando terminaba era aclamado por todos”.

En sus propias palabras

No es posible ya escuchar las palabras esclarecedoras del líder indiscutible de los trabajadores cubanos, pronunciadas con esa voz enronquecida y del modo tan peculiar y convincente de exponer las ideas, retratados por el poeta. Pero hoy los dirigentes sindicales tienen la oportunidad de conocer una buena parte de sus intervenciones.

Una selección de ellas están contenidas en el libro Lázaro en el XIII Congreso, recién publicado por Ediciones David, de la autoría de la estudiosa de su vida y obra, Lucinda Miranda Fernández.

El texto recoge, entre otros muchos temas, la forma en que Lázaro logró el acuerdo de derogar la Ley 270, un asunto muy espinoso, porque se trataba de convencer a los trabajadores de renunciar a un beneficio concebido para premiar a quienes habían realizado esfuerzos y sacrificios extraordinarios, lo cual en la práctica fue desvirtuándose.

Lo abordó en una de esas reuniones en los siguientes términos: “(…) tenemos ya medio millón de obreros con la 270, y si hubiéramos celebrado las asambleas que nos faltan por celebrar ya teníamos 750 000 obreros con la 270. ¿Eso qué quiere decir? Quiere decir que crecen más los gastos de Seguridad Social que la producción en el país, que la productividad del trabajo en el país; quiere decir que nos estamos comiendo lo que tenemos que invertir, quiere decir que vamos por un camino que no se puede pagar”.

Y aclaró: (…) “Parece como si renunciáramos a algo que fuera normal, muy normal, a algo que disfrutan los trabajadores en cualquier otro lugar del mundo y que nosotros por un sacrificio especial renunciamos a ello. Yo quiero decirles que no. Nuestra Resolución 270, que jubila a los trabajadores con el ciento por ciento del salario (…) Eso no existe en ningún país del mundo, ni socialista ni capitalista”.

Y otra gran batalla en la que conquistó el mayoritario consenso de los trabajadores fue el acuerdo de eliminar gradualmente, sin perjudicar ningún interés legítimo, el denominado salario histórico, para que rigiera el principio de que cada cual recibiera según la cantidad y calidad de su trabajo.

En estos análisis, Lázaro les habló a los trabajadores con palabras que tienen plena vigencia en nuestros días, como lo hizo en el capitalino hospital Calixto García, donde señaló que la voluntad de hacer de la dirección revolucionaria era infinita pero no se trataba solamente de voluntad, sino de sudor, de esfuerzo de los trabajadores, de su superación cultural y técnica, de abaratar los costos, de aprovechar todo el material de que se dispusiera en cada lugar, de cuidarlo todo, gastar menos; “ver en la economía del hospital, la economía del propio hogar”, les dijo a los allí reunidos, lo que tiene validez para cualquier colectivo y es el punto de partida de las soluciones a nivel de toda la sociedad.

Y para que la organización sindical pudiera llevar a los trabajadores a la acción común, recalcó, el sindicato tenía que ser de todos: “(…) Si se parte del concepto de que el sindicato es únicamente de los buenos, de los convencidos, de los abnegados, de los sacrificados, de los que siempre ponen los intereses personales por debajo de los intereses de la sociedad; si esto es así, entonces eso quiere decir que no es de los otros, y si no es de los otros, quiere decir que el sindicato ha renunciado a reeducar a los otros; a ganar a los otros, a sumar a los otros; pero supongamos que abnegados, convencidos, resueltos, sacrificados, suman en esta sección sindical, con el conjunto de las secciones sindicales, un 70 % un 80 % de nuestra clase obrera, bueno, pues faltan un 30 % o un 20 % por ganar”. Y subrayó: “Lo primero que hay que meterse en la cabeza es que, con el 70 % o con el 80 % de la clase obrera no hacemos el socialismo; lo que necesitamos es el 100% de la clase obrera”.

He ahí uno de los grandes retos de entonces, que sigue vigente en el empeño de la organización sindical por atraer a todos los trabajadores a las tareas de la actualización del modelo económico cubano.

El XX Congreso de la CTC rendirá homenaje a aquel en que brilló el magisterio de Lázaro, porque sentó pautas en un camino valedero para estos tiempos: rectificar lo que deba ser rectificado, ajustar la labor de los sindicatos a la coyuntura de la construcción del socialismo, lograr que los dirigentes sindicales se preparen para colocarse a la altura de lo que de ellos esperan los afiliados y sean capaces de ejercer en sus relaciones con la administración, el papel de contrapartida ante lo mal hecho y de apoyo a las tareas de la Revolución que le corresponda impulsar al colectivo.

Así se harán realidad, en el día a día, las enseñanzas del gran maestro.

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