Estruendosas lágrimas en el Bertolt Brecht

Estruendosas lágrimas en el Bertolt Brecht

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En su afán por rememorar a la excelsa cantante, esta  es la segunda ocasión en que Monse la interpreta.  Hace pocos años igualmente hizo una notable  actuación en la Sala Llauradó en el monólogo La  Lupe, de Roberto Pérez León, bajo la dirección  de Bárbara Rivero Sánchez. En la foto, la actriz  en Las lágrimas... Foto: Lesther Pinal León.
En su afán por rememorar a la excelsa cantante, esta es la segunda ocasión en que Monse la interpreta. Hace pocos años igualmente hizo una notable actuación en la Sala Llauradó en el monólogo La Lupe, de Roberto Pérez León, bajo la dirección de Bárbara Rivero Sánchez. En la foto, la actriz en Las lágrimas… Foto: Lesther Pinal León.

Férvido homenaje al actor, dramaturgo y director de teatro Alberto Pedro Torriente (La Habana, 1954-2005), deviene cada una de las representaciones de su último e inconcluso texto Las lágrimas no hacen ruido al caer (2003), llevado al Bertolt Brecht por la actriz Monse Duany bajo la dirección de Miguel Abreu, quienes al concluir cada función reciben la ovación del público, de pie y efusivo.

En este monólogo estrenado el pasado 12 de septiembre en el Museo Nacional de Bellas Artes, el prestigioso autor tempranamente fallecido da continuidad a su insistente interés por reflejar en su producción teatral temas relacionados con la vida insular de la contemporaneidad, tratados con absoluta crudeza y libertad expresiva, desde una altura respetuosa, inteligente y audaz (Manteca, Weekend en Bahía, Delirios y Desamparados).

Las lágrimas… es una suerte de farsa en la que el espectador es absorbido por las argumentaciones, divergentes o apasionadas, de un triunvirato de mujeres (Osiris, La Lupe y Monse) que liderean la escena, creíbles y enérgicas. Desde la fantasía del discurso —irónico, pasional, satírico— ellas examinan asuntos inherentes a la sociedad cubana de entre milenios, tales como la emigración, la religión, la intolerancia y la discriminación de géneros.

Alberto Pedro adjudicó a esta, su última obra, agudos valores de cubanía, ahora subrayados a través del histrionismo escénico de la Monse, una actriz en veloz ascenso, quien establece un paralelismo (Osiris-La Lupe) de sentimientos y aptitudes, en los que las transiciones entre uno y otro personaje transcurren con gran facilidad actoral, amén de una cuidadosa dirección artística que marca las sicologías y caracteres individuales de cada una de estas mujeres mediante un diálogo sostenido —en ocasiones, demasiado estridente en los primeros minutos de la puesta— que permite fácilmente identificarse con cada una de ellas.

Se trata de un drama musical pensado por su autor para que Monse asumiera el papel de Osiris, una mulata de hoy, madura, nacida en el barrio santiaguero de San Pedrito, el mismo donde muchos años antes, en 1939, vino al mundo Guadalupe Victoria Yolí Raymond, La Lupe, célebre y controvertida cantante también conocida como La Yiyiyi, perecida en 1992 en Nueva York, cuyos influjos espirituales la perturban.

Alegre y sandunguera, Osiris narra su historia desde la gélida y lejana Lituania, donde sobre una alfombra devenida estera debe de cumplir los ritos de iniciación, como iyawo, en la santería. Hace una década, ese presupuesto resultó válido para el dramaturgo —y ahora retomado por Monse y Abreu— con el fin de incitar a la reflexión en torno al desatinado oficio de esta religión, cuyas bases nos llegaron a través de los hombres y mujeres del pueblo Yoruba (Nigeria y Benin) que fueron traídos aquí como esclavos. Por el sincretismo religioso que posteriormente la caracterizó1, la santería, como sistema mágico religioso, es acentuadamente cubana.

Osiris, ida al norte de Europa casada con Alexander Petrovich —un lituano a quien nunca amó pero le facilitó su salida de Cuba—, se encuentra inmersa en lúgubres contradicciones existenciales, aprisionada en un lugar que nada tiene que ver con su cultura e idiosincrasia. Sin calefacción y en una fría habitación cerca del álgido mar Báltico, donde es absolutamente desconocida la religión Yoruba —el 80 % de los habitantes allí son Cristianos Católicos Romanos— rememora su pasado en San Pedrito, su candente barrio próximo a las calientes aguas del Caribe… y al que tampoco desea retornar.

Sola, incrédula y abrumada por las voces de La Lupe2, debe purificarse —poco convencida— y sintonizarse con su ángel de la guardia, para poder hacerse Santo. Tiempo de meditación que igualmente le permite comprender que la intolerancia, el machismo y el racismo son inherentes a todas las sociedades. Finalmente, decide partir de nuevo, en busca de otros horizontes…

La escenificación concede a Monse, además, la oportunidad de exhibir sus calibres como cantante y bailadora de salsa y rumba. Con la asesoría de la maestra de canto Carmen Rosa López, interpreta, con frescura y dominio vocal, cerca de 10 números que realzan el ritmo de la puesta. En ello vale reconocer el trabajo de dirección musical a cargo de Alexis Bosch, así como el de la banda sonora, especialmente realizada para esta ocasión por los músicos Hiroshi Iwasaky (saxo alto), Toshi Iwasaky (piano), Lino Pikero (piano) y Sergio Jiménez (drums).

Sin embargo, la puesta demanda un mejor trabajo con las luces —de vital apoyatura mediante cambios tonales durante los disímiles ambientes y estados de ánimo que sugiere la obra—; en tanto vale reconocer los sugerentes diseños de vestuario y escenografía, respectivamente a cargo de Miriam Lezcano y Gisela González.

Lástima que este excepcional monólogo solamente esté programado de martes a jueves, en el complicadísimo horario de las 7:00 p.m., lo cual dificulta la concurrencia al Brecht de muchas personas que en ese momento acaban de llegar —o aún no lo han hecho— a sus hogares luego de una fatigosa jornada laboral. No obstante, cada función logra el lleno total de la sala.

Alabada sea esta excepcional pieza del inolvidable Alberto Pedro. Ashé para el virtuosismo teatral de Monse y Abreu.

1 Los amos prohibían la celebración de ceremonias yorubas, consideradas como brujerías, por eso los esclavos veneraban los santos católicos y a través de ellos llamaban a sus orishas yorubas. Así fue como esta religión llegó a ser conocida como Santería, término que se hizo popular. De ahí, también nació el sincretismo.

2 En la religión Yoruba el muerto pare al santo (ikú lobi ocha).

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