Humo negro y blanco, la historia de un esfuerzo

Humo negro y blanco, la historia de un esfuerzo

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foto 1 tabacoEl olor inconfundible anuncia su cercanía. Muchos desconocen su existencia, pero allí en San Ramón, una de las más conocidas calles agramontinas, se encuentra la fábrica de tabacos El Surco, una de las tres con que cuenta la provincia.

En el interior de la industria más de 90 torcedores, chaveta en mano, dan la bienvenida a los visitantes. A pesar del calor -los arreglos tras las afectaciones redujeron la ventilación-, y de no contar con un lector de tabaquería, los trabajadores sonríen con el orgullo de laborar en un lugar lleno de tradición y de alcanzar calidad con pocos recursos.

Y es que aunque no se crea, en Camagüey el arte de torcer hojas se realiza  desde hace varios años. Además, junto con el desarrollo de estas producciones, creció el gusto por parte de la población, que se convirtió en consumidora experta del puro y hoy lo cuestiona.

Vicisitudes y…

Las malas condiciones en la instalación solo son una de las tantas problemáticas a la hora de producir. La materia prima constituye botón de alerta encendido desde hace tiempo. Lisvet Díaz Rodríguez, especialista principal de calidad, comenta una inquietante realidad: “Al ser producción nacional nos dan desechos”.

Noel Silva, administrador de la entidad, ofrece otros detalles reveladores: “El producto viene de Bayamo y lo distribuye el grupo empresarial Tabacuba, por lo que llega sellado y nosotros no tenemos la oportunidad de escoger y revisar antes.

“Las picaduras vienen en cajas, que dicen que no alcanzan, por lo que en una echan más de lo que le toca y con exceso de humedad, algo que no debería ser así. Por otro lado, las capas, que deben venir más húmedas, llegan secas en sus sacos. Esto afecta el rendimiento, la calidad y las normas de consumo”.

El tabaco está formado por picadura, fortaleza, capote y capa y, para que prenda más tarde en las manos de su consumidor, necesita calidad proporcional en cada una de estas fases. “Aquí –explica Lisvet Díaz, otrora torcedora de puros– el tabaco que se hace es mediano y chico, con normas de consumo específicas. Pero el capote llega muy grande, pagamos un precio superior y al final debemos adecuarnos y, a veces, picarlo en dos”.

Frente a todas estas afectaciones y por amor a la profesión, los tabaqueros aún pretenden insertarse en la producción para la exportación,  pero reconocen que, primero, se deben mejorar las condiciones de la fábrica para que Tabacuba lo apruebe.

En busca de la santa solución

Apagones eventuales y problemas con la materia prima no son piedras que impidan el avance en el cumplimiento de los planes; pero, cuando comienzas a pagar demasiado, también por exceso de tara, peso adicional resultante del envase, por encima de lo informado, el ánimo puede decaer. Por suerte, lo tabaqueros camagüeyanos buscaron variantes.

Cuenta Lisvet Díaz que tras una inspección al almacén central y a los de las tres fábricas agramontinas se demostró que los bultos llegaban con tara no declarada, por lo que durante años pagaron materias primas inexistentes. ¿Será que las pérdidas económicas causadas por esta situación no importan?

“No mucho, según acota Lisvet, nunca hemos visto solución y no es por falta de quejas, porque siempre lo hacemos, pero sobre las taras no nos dan una respuesta definitiva. Por eso adoptamos medidas; por ejemplo, durante el despalillo de la capa quedan bandas y esa media hoja no da para el tabaco, pero  se puede utilizar como fortaleza y así, al usar un residuo de nosotros mismos, consumimos menos, lo mismo de fortaleza que de picadura”.

De esta forma compran menos kilogramos de productos y contrarrestan el excesivo pago de tara. “Eso es lo que nos ayuda – señala  Lisvet –, pero nos puede crear un problema porque ese residuo hay que venderlo y pueden cuestionarnos”.

Para Noel Silva, reproducir y reutilizar los desperdicios “significa ahorro de materias primas, por eso es que estamos sobreviviendo al no provocar muchas pérdidas”.

Pero, ¿esto no afecta la calidad? Alexánder León Rodríguez, torcedor durante 23 años, es consciente de que la producción del tabaco ha cambiado y perdido mucho, pero más por el propio desconocimiento de las personas que lo realizan, que por las malas materias primas.

Hace años la preparación de los expertos de calidad incluía conocimientos de todas las áreas de la elaboración del puro, pero como lamenta Lisvet ya no es así. Claro, en El Surco ese no es un problema pues ella y sus muchachas velan por la eficiencia de su producto. Además, una investigación sobre las quejas reportadas en épocas pasadas sobre algunas expendedoras demostró que los tabacos criticados no procedían de esa fábrica, aún cuando portaban el sello identificativo.

También para contrarrestar posibles ineficiencias se realizan cursos dentro de la entidad, para preparar a futuros torcedores de hojas. Y así, en medio de aventuras cotidianas, un grupo, en el cual predominan las mujeres y descendientes de familias tabaqueras, aun sin la añorada voz del lector, se enfrenta día a día a la falta de calidad en las materias primas, al calor… pero con el deseo de que en boca del fumador arda y brote un humo con sabor al esfuerzo de El Surco.

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