Una compañía para que todos se sientan libres

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Foto: Yuris Nórido

En Guantánamo todo el mundo baila. La gente camina con una elegancia singular,    con indudable prestancia. A lo  mejor son ideas que uno se hace, pero  tal parece que aquí la cadencia es otra. Lo que sí es innegable es la gran fuerza  del movimiento danzario en la ciudad,  en la provincia. Pocas regiones del    país tienen tantas compañías relevantes, sustentadas ahora con una escuela    de nivel medio que forma a los futuros    bailarines.

Compartimos varios días con los integrantes de Danza Libre, una agrupación    insignia de la cultura guantanamera. Esta es la compañía que fundó la mítica bailarina norteamericana Elfriede  Mahler, alma máter del entramado  de la danza en la región.

“Elfriede encontró aquí una tradición  folclórica muy fuerte: danzas campesinas, franco-haitianas, manifestaciones  afrocubanas —dice Alfredo Velázquez, director del conjunto. En contacto con toda esa riqueza se dedicó a desarrollar la vertiente escénica, teatralizada,    de esas manifestaciones, en dos líneas: la danza contemporánea y    la folclórica”.

De hecho, Danza Libre sigue cultivando esos dos caminos; en ese sentido  es una compañía singular dentro del panorama nacional. Quizás el nombre    tenga que ver precisamente con esa voluntad    de trascender esquemas. Lo cierto es que la agrupación ha estado en la vanguardia del desarrollo del arte coreográfico en la ciudad: “Siempre estamos    trabajando, proponiendo, sugiriendo    nuevos rumbos —acota Velázquez—;  nos interesa particularmente la forma  en que la gente se apropia de la danza,    discutimos mucho los fenómenos de la disciplina, los retos y los riesgos. No    hay que olvidar que Danza Libre es la    decana de este movimiento en Guantánamo. Siempre nos estamos renovando, pero sin perder las esencias”.

Foto: Yuris Nórido

Eso de que se renuevan constantemente es obvio, al menos si uno mira el    elenco de bailarines y músicos. Junto a figuras establecidas hay siempre gente    muy joven, muchachos recién salidos de    las escuelas de arte, con muchas ganas de bailar.

Pero en el repertorio activo también    hay evidencias de renovación. Además del director, otros bailarines incursionan en la coreografía, con propuestas    que van desde miradas convencionales    a planteamientos muy experimentales.

“¿Quién soy yo para aplastar el    sueño de alguien? —se pregunta Velázquez—. Aquí todos tienen espacio para    expresarse, para explorar su potencial.    No te digo que sea fácil, pasamos trabajo    para garantizar las producciones,    hay que inventar mucho. Pero en la experimentación,    en ese deseo de probarse    está el comienzo de todo. Yo pudiera imponerme como coreógrafo único,    pero eso no tiene sentido. Abrimos las    puertas, si sale bien, felicidades; si no,    se sigue intentando”.

La lejanía de La Habana, que sin duda es el principal centro cultural del país, no parece preocuparle mucho a Alfredo. “Yo no creo en el fatalismo geográfico. Yo no me siento apartado, marginado. Esos conceptos muchas veces solo están en la mente. De espaldas    al mundo puede estar una compañía en Guantánamo, pero también una en La Habana. Lo que hay que hacer es dialogar, establecer vías de comunicación,  trabajar, romper muros. Estoy en    Guantánamo porque quiero, porque    este es mi contexto. Desde aquí hemos    llegado hasta la Opera Royal House de    Londres. Todo está en el talento y el    empeño”.

La sede principal de la compañía está en reparaciones. Eso afecta un poco el trabajo, por lo menos desde el punto de vista de la estabilidad. “Ese    espacio es vital para nosotros, es nuestra    dimensión ideal, nuestro lugar de    encuentro con el público habitual. Es,    de hecho, mi casa. Esperemos que esté    listo este año”.    ¿Qué le ofrece Alfredo Velázquez a    un bailarín que comienza en Danza Libre?

“¿Qué puedo ofrecerle? Únicamente trabajo. Bailar, bailar y bailar. Que el bailarín se encuentre con su corazón    sobre el escenario. A mí eso siempre me    bastó. Yo soy una persona extraordinariamente feliz. Siempre he disfrutado lo que he hecho. Miro a mi alrededor y me    siento satisfecho. Hemos hecho mucho por el desarrollo artístico en Guantánamo.  Queda por hacer, claro. Eso nos    inspira a seguir trabajando. Pero cada    cosa que hacemos es un acto de plena    felicidad”.

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