Los “inocentes” alarmados

220px-Europe_satellite_globeLa crisis que azota a Europa ha dejado sus marcas más visibles en naciones  como Grecia, España y Portugal, hasta el punto de provocar multitudinarias manifestaciones de rechazo frente a las  medidas de austeridad decretadas por los Gobiernos, pero el desbarajuste económico va más allá y toca en mayor o menor medida a los 27 miembros de la Unión Europea (UE), e incluso a países    del Viejo Mundo que no pertenecen a  esta comunidad ni están regidos por la circulación del euro.

Las medidas aplicadas por instituciones como el Banco Central Europeo, alentadas por Alemania en su condición de economía más vigorosa de la UE, con el supuesto propósito de contribuir a una ejecución más efectiva que permita el salvamento de los Estados donde son más notorios los efectos de la crisis, no han conseguido el impacto esperado, y según la evaluación de no pocos entendidos, el desastre económico continuará su curso.

No en balde el Partido Socialista Europeo —una estructura política    continental que sin ser modelo de ejecutoria democrática aprecia los peligros a que está sujeta la estabilidad de la más antigua comunidad de naciones y la suya propia—, reunió en Lisboa hace apenas unos días a representantes de una decena de países afiliados a esta tendencia, con el objetivo    de analizar posibles salidas al cada vez más acentuado desempleo y el deterioro social existente.

Durante el encuentro hubo referencias a la llamada Revolución de los Claveles, el levantamiento militar del 25 de abril de 1974 en Portugal, que puso término al Gobierno de Oliveira Salazar. Al conmemorarse el aniversario 39 de aquellos sucesos, decenas de miles de lusitanos se lanzaron a las calles y escenificaron una de las mayores revueltas de los últimos dos años, en la que pidieron  la renuncia del primer ministro, Pedro Passos Coelho, la disolución del Ejecutivo socialdemócrata y la convocatoria a elecciones.

Dos años atrás, el equipo gobernante del Partido Socialista (PS) se había visto obligado a renunciar tras haber recibido un préstamo de 78 mil millones de euros con abusivas condiciones de pago, que no pudo solventar. En medio de tal coyuntura fue necesario convocar a elecciones anticipadas y, por supuesto, ganó la derecha, encabezada por Passos.

Ahora se repite la historia. Después    de una visita de expertos del    Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el Banco Central    Europeo (Troika), para evaluar las condiciones de la ayuda a Portugal, el actual gobernante había presentado    un nuevo programa de recortes ascendente a más de 800 millones de euros, lesivo a la seguridad salarial  de unos 600 mil empleados estatales y con incremento de dos años en la edad    de jubilación, además de impuestos que gravan el fondo de pensiones y  reducción de los subsidios por paro y enfermedad.

Portugal sufre la peor crisis en cuatro décadas, vive el tercer año de recesión y los índices de desocupación han crecido en cinco años de 7,6 % a 17,6 por ciento.

Ante estas realidades, al iniciarse el debate de los socialistas, supuestos salvadores de la agónica estabilidad económica de la UE, el máximo dirigente del PS luso, Antonio José Seguro, aludió a la necesidad de un pacto por el empleo entre las fuerzas políticas y sociales, con un Gobierno bajo su mandato, todo sujeto al fundamento de priorizar la economía del conocimiento con base tecnológica y a favor del medio ambiente.

Como colofón, los asistentes a la cita de Lisboa clamaron por el    cambio de la política europea que “camina en contra de los ideales de la solidaridad”. En lenguaje duro se tildó de dictadura a la estrategia de austeridad “causante de profundas    desigualdades”; se llamó asimismo a desarrollar un proyecto europeo común y a considerar la necesidad de renegociar los planes de rescate    a países como Grecia, Irlanda y el propio Portugal.

Aunque no hubo reflexiones a fondo acerca de los verdaderos orígenes de la crisis global, surgida de la propia naturaleza del sistema capitalista, de la fuga de capitales y de los ajustes financieros que caen sobre los hombros de los trabajadores sin lesionar en lo más mínimo a quienes detentan la riqueza de las naciones, los socialistas proclamaron en voz alta su alarma sobre las posibilidades de que estalle la rebeldía en toda Europa. De todos modos, ellos no son tan inocentes.

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