Secretos de un buen quehacer

Secretos de un buen quehacer

La ocasión fue propicia para el recuento: el homenaje del Sindicato Nacional de la Salud, en vísperas del Primero de Mayo, a los hombres y mujeres que han hecho historia en el movimiento sindical dentro del sector.

María Rodríguez Pedroso está entre ellos. Sonriente, va revelando en sus respuestas los secretos de un buen trabajo sindical, del que ella, a la altura de la sexta década de su vida, puede dar fe con una sólida experiencia. Comenzó en esta labor a los 19 , en el hospital William Soler, del que llegó a ser secretaria general del buró del centro; integró el comité municipal de la salud del municipio Boyeros, después fue miembro no profesional del secretariado provincial y formó parte del comité provincial de la CTC y del comité nacional de la Salud, hasta llegar a ser miembro del secretariado del sindicato como cuadro profesional durante 9 años.

“Me liberaron honrosamente –precisa con un marcado tono de satisfacción- pero no para dejar el trabajo sindical, porque ahora soy la secretaria general del Centro municipal de Higiene de 10 de Octubre, donde trabajo, como Licenciada en Bioquímica, en el área de diagnóstico de las infecciones de trasmisión sexual.”

Sus más intensos recuerdos datan de su estancia en el William Soler donde laboró por más de tres décadas: “Al dirigente sindical debe gustarle serlo, si no es así, aunque tenga preparación y lo asuma como una tarea necesaria, no logra arrastrar a las masas.

“Algo bueno de mi mandato en el hospital fue que me mantuve por 7 años con el mismo buró y los mismos secretarios generales de áreas. Esa permanencia la considero importante porque propicia la unidad de acción. Y estamos hablando de dirigentes sindicales de las más diversas ocupaciones: cardiólogos, enfermeras, trabajadores simples…

“Un requisito indispensable del sindicalista es estar cerca de sus trabajadores, de sus preocupaciones, en los conflictos laborales actuar con justicia y defenderlos ante una mala decisión. En los inicios pasé por una experiencia aleccionadora: en una reunión administrativa alcé mi mano a favor de la separación del centro de un trabajador, los argumentos expuestos me convencieron, sin embargo, después el implicado se me acercó, me dio su versión de los hechos y aprecié contradicciones, solicité que se mantuviera sin efecto la sanción hasta averiguar bien y al final ganó el trabajador. A partir de ese momento no se discutió una medida disciplinaria sin que me comunicaran antes la situación para que el sindicato pudiera desempeñar su papel.

“Como sindicato impulsamos en la institución los comités de calidad como los concibió el Che, que involucró a todos los trabajadores en el mejoramiento de los resultados del centro. No es que no existiera ese movimiento en el hospital, sino solo abarcaba a los profesionales y técnicos, y nosotros consideramos que se podían incorporar a los que laboraban en la cocina, la lavandería, el mantenimiento… “

Otra iniciativa de María fue organizar un concurso para que todos los trabajadores conocieran la vida del mártir que le da nombre al centro, William Soler. El objetivo de conocer la historia y con ello contribuir a la formación de valores en el colectivo, se cumplió.

“También promovimos actividades culturales y recreativas con artistas ‘del patio’, como le decíamos a nuestros propios talentos.

“En ese tiempo el sindicato se hizo sentir en el hospital de las más disímiles maneras, y siempre conté con el apoyo de la dirección y la administración.”

Cuando fue promovida como cuadro profesional del Sindicato Nacional de la Salud, le correspondió encarar una responsabilidad nueva y difícil: ocuparse de los asuntos económicos. Tuvo entonces que “sumergirse” en el contenido de las leyes y resoluciones del sector para estar en condiciones de defender a los trabajadores y de aportar criterios en el Ministerio sobre su concepción o puesta en práctica. Y su dedicación a esa tarea enriqueció su prestigio.

Y todo esto lo ha simultaneado María con cargos en la UJC, y después en el Partido. Con la crianza de una hija propia y otra de su esposo, que hoy tienen 25 y 36 años, respectivamente; la primera, enfermera del hospital Miguel Enríquez y la segunda, bailarina, y con la contribución al cuidado de una nietecita de cuatro años.

El paso del tiempo y las muchas responsabilidades apenas han dejado huellas en esta mujer alegre que derrocha simpatía, desenvuelta y emprendedora, quien considera que el dirigente sindical debe ser ejemplo para convencer, que y el trabajo no puede ser solo del secretario general sino una labor colectiva: “yo le decía a mi ejecutivo que me habían elegido para que los dirigiera y que no quería a nadie dormido, ni nominal en el trabajo”.

Para concluir nuestro diálogo me insistió en que incluyera una idea de inspiración leninista: “Periodista, no deje de escribir ahí que la escuela fundamental de un cuadro es ser dirigente sindical.”

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