Alicia, maravilla diferente

Alicia, maravilla diferente

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Era tanto su llanto que parecía que Alicita moriría. Había roto las relaciones con Ángel —su novio desde que con 13 años descubriera las bondades del amor— y lloró sin consuelo. “Que vaya para La Habana, seguro se le quita la lloradera”, dijo el padre. Y así se hizo. Por entonces, Alicia apenas frisaba las dos décadas de vida. Llegó a la capital desde Cayo Mambí, un lugar de la actual provincia de Holguín, adonde había ido la familia al ser nombrado su papá administrador del central Tánamo, de la United Fruit Company.

Foto: Roberto Carlos Medina

 

Había nacido el 7 de junio de 1913 en cuna de linaje en predios del central Preston, y de pronto Alicia Natalia Bistlemunda Imperatori Grave de Peralta —biznieta del Mayor General del Ejército Libertador que armó la casta familiar legada a la joven por vía materna— se enredaba en el mundo bullicioso y sorprendente de La Habana de los años 30 del pasado siglo.

Dejó de llorar, pero por momentos los recuerdos le apretujaban el corazón, “como aquella vez en que casualmente lo vi en una calle habanera y él se hizo como si no me hubiera visto”, recuerda hoy.

Para 1939 inició su vida laboral en la Asociación Nacional de Auxilio a Refugiados y Emigrantes, entidad dirigida desde Estados Unidos y que radicada en el Hotel Nacional de Cuba se ocupaba precisamente de esos afectados por la Segunda Guerra Mundial.

“Buscaban una secretaria que dominara el inglés —yo lo hablaba perfectamente desde que asistía a la escuelita de los americanos en el central—. Entré por un mes y estuve hasta 1948”, rememora.

Desde su más temprana edad fue una católica muy activa, al punto de que por su empeño juvenil se construyera la iglesia del pequeño central de Cayo Mambí en un local que poseía su padre. Y tras su trabajo en favor de los refugiados, y hasta principios de 1959, administró una tienda de efectos religiosos propiedad de unos

tíos suyos, dueños además del Banco Agrícola Industrial.

“Después del triunfo revolucionario continué asistiendo a la iglesia —como siempre—; comprobé que había semejanza entre lo que hacía Fidel y el cristianismo. Desde entonces yo soy fidelista, y aunque ya no voy a la iglesia, mantengo mi fe”, evoca.

Aún era la administradora de la tienda y tuvo una idea que la ha acompañado por toda su vida: “Hice unas estampillas con un santo que se llamaba San Fidel. ¡Mire usted las coincidencias, era un abogado de los pobres! Hice un cliché, con barba y todo, y las mandamos a muchas personas, y también al Comandante. Pero un día él me dijo que eso había sido un invento mío; pero no, es verdad lo de ese santo”, señala risueña.

Dejó la tienda. La llave, el dinero, todo se lo dejó al socio.

Entonces una prima la llevó a una oficina que había en la Casa de las Américas, donde estaban Haydée Santamaría y otras compañeras: Elena Gil, Clementina Serra… Se gestaban las proyecciones de lo que sería la Federación de Mujeres Cubana (FMC). “Me impresionaron mucho —asegura— las cosas que se discutían, las ideas sobre lo que sería la mujer en la Revolución.

Allí conocí a Vilma y cambió mi vida”.

Desde ese momento se dedicó en cuerpo y alma a su gran obra: el trabajo en la dirección nacional de la FMC, su único centro laboral luego del triunfo de 1959.

La jefa de despacho

Sería imposible rehacer en unas pocas cuartillas el quehacer laboral de Alicia, pero el intento no podría soslayar su empeño como administradora de la escuela de campesinas Ana Betancourt, que ocupó como aulas, espaciosos salones del refinado Hotel Nacional.

Desde que se creó la FMC, y hasta la muerte de Vilma, Alicia fue su jefa de despacho. Pero también simultaneaba como miembro del secretariado y cumplía además muy diversas tareas, incluso en el exterior. Era —por así decirlo— una jefa de despacho diferente.

Hoy, cuando tantos años aún no la vencen, participa en las máximas reuniones de la organización, y nadie osaría llamarla de otra manera. “Ya no tengo voto; pero cuentan conmigo”.

Diríase que es alma de la FMC, uno de los infaltables pétalos de la gran flor. Se ocupa de atender el despacho. Mueve las cosas de aquí para allá, de allá para acá —como le sugirió Eusebio, leal a su fibra de historiador— para mantenerlo vivo. Nadie lo ocupa, y allí clasifica cada nota de interés, revisa actas de reuniones ya lejanas, resguarda cada detalle. Y cuida de las flores, que son muchas en el jardín. “Allí voy a morir”, confiesa convencida.

Con 98 años, es la Heroína del Trabajo de la República de Cuba

con mayor edad. Sus hijos son los de Vilma, los de aquellas muchas mujeres que a lo largo de más de 50 años allí laboraron, y también los vecinos y muchachos del barrio, quienes la tienen por ejemplo mayor al verla partir cada día, bien temprano, rumbo a su trabajo. ¿Cómo podrá? se preguntarán. Solo ella tiene la respuesta.

El orgullo sobresale por sobre su modesta figura que lo llena todo. Y es cuando habla del día en que José Ramón Machado Ventura, primer vicepresidente cubano, puso en su pecho la Estrella de Heroína. Era el 1º de mayo del 2011.

Su amor de siempre

¿Y Ángel, lo volvió a ver?, pregunto. “Fue mi gran amor de toda la vida. Mi único novio. Nunca me casé. Se fue a Estados Unidos y hace unos años iba a venir; Vilma me dijo que íbamos a recibirlo. ¡Imagínese!, pero días antes de venir murió. No pude verlo”, dice.

La entrevista transcurre en una sala del hospital CIMEQ, donde se recupera de una fractura ósea por la zona de la cadera. “En toda mi vida —que ya es bien larga— es la segunda vez que ingreso. Estoy como loca por volver a mi trabajo”, subraya como recordándoles sus próximos pasos a quienes con extrema delicadeza cuidan de ella.

¿No habrá jubilación? “No, no la habrá”, asegura. Al despedirme solo lamento su coqueta negativa a ser fotografiada. “Por ahí debe haber alguna foto de cuando me hicieron Heroína”, concluye.

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