La modestia de los grandes

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Rudersindo Rojas Leyva es de esos hombres imprescindibles. Las cosas que dijo y que siempre demostró con hechos son dignas del mayor elogio. Con 70 años aún no le había pasado por su mente la idea del retiro. Desde 1993 había recibido el título honorífico de Héroe del Trabajo de la República de Cuba y fue vanguardia nacional durante más de 20 años consecutivamente. El pasado fin de semana falleció.

Militante del Partido, sus últimas labores productivas las cumplió en la Empacadora El Tigre, en La Lisa, en esta capital, y aunque vivía en el Reparto Palatino, todos los días llegaba a su centro a las 5 y 30 de la mañana, hora y media antes que el resto de sus compañeros. Entonces se enfrascaba en la preparación de las máquinas y el salón, y como revolvedor de masa de croquetas. Pocas cosas allí se movían sin su criterio. A cada instante una consulta, un consejo.

A los seis años se inició en la guataquea de la caña, «con una guataca recortá» y luego en la construcción. En su Vueltas natal conoció de las luchas obreras de Jesús Menéndez y con orgullo decía que de ahí le venía la escuela de comunista.

«Además, mi padre era el secretario del Partido allá en Sagua la Chica, y esas cosas se me metieron bien adentro».

Parecería que el cansancio no tenía cabida en su nada robusta anatomía, pero siempre encontró razones para explicar que los secretos eran otros.

Machetero de 28 zafras, jefe de brigadas millonarias, este trabajador de la alimentación tenía muchas cosas de qué ufanarse. En dos ocasiones cortó más de 113 mil arrobas para normas técnicas en una zafra. Por su mocha pasaron en total más de un millón de arrobas, y aunque difícil sea creerle, decía sentir un placer enorme cuando cortaba caña. «Aunque a decir verdad, yo no conozco el trabajo que no me guste. La cuestión es que no acepto ser segundo de nadie, y donde yo esté, trato de ser el mejor».

Su mayor riqueza fue, precisamente, no haber aspirado nunca a ninguna de ellas. Un día le pregunté si se sentía un hombre realizado, y con la humildad de la que sólo son capaces los grandes, me respondió que no, que aún le faltaban cosas para sentirse realizado.

 

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